Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Obstáculos

El piso de la habitación extenso y rojizo cubierto de polvo. Una apariencia extraña. Ya habían terminado las remodelaciones y en su lugar el piso hecho un desastre, la cama abandonada con unas sábanas perdidas cubriéndola y algo parecido a la desolación. No me apetecía quedarme allí.

El señor que había cortado el césped estaba en la puerta, expectante, y recordé que debía pagarle. No encontraba los treinta mil colones que habías dejado para cubrir su tarifa. Busqué sin mucha convicción pues en el caos jamás encontraría el dinero. Recordé que tenía unos dólares en un cajón de una cómoda inexistente. Fui por ellos y efectivamente, allí estaban. ¡Pero deberíamos cambiarlos! Le expliqué la situación al jardinero y muy amable, señora venga, yo la llevo al banco, aquí está mi moto. Y sí… ¿por qué no? Pero el otro ayudante también necesitaba transporte. Entonces nos acomodamos en la moto, el jardinero, vos, el operario que recién terminaba la remodelación y yo.

Cuando llegamos cerca del banco vos te quedaste para hacer la operación de cambio. Yo seguí con el operario y el jardinero. Las condiciones habían cambiado: tendríamos que regresar de pie sobre el estrecho sillín de la moto. Además, equilibrarnos sostenidos por los cables que conducían electricidad. No tuve más remedio que aceptar sus requisitos. Nos acomodamos como mejor pudimos y mis recomendaciones fueron insistentes: manejar despacio para no caernos. La brisa me pegaba con fuerza en la cara. El viaje se hizo largo, larguísimo. El viento nos batía pero seguíamos aferrados con algo de desesperación. No llegamos a destino alguno y de camino mis acompañantes perdían el equilibrio y caían, primero uno, al rato el otro. Yo, incólume. Así que no tuve más remedio. Tomé el manubrio.

Ahora sola yo sola manejaba la moto mientras subía por un sendero boscoso parecido al de la china que se per- dió en un bosque. Abedules, araucarias, cipreses en un entorno de verdes profundos. Pese a que no había camino como tal yo lo iba construyendo en tanto avanzaba. Llegué a una casona de troncos, especie de museo encantado o tienda de tejidos riquísimos. Telas con los colores de la tierra, prendas bordadas con flores oscuras, cueros y lanas en re da dos para crear elementos en donde primaban los ocres, cafés, colores de la tierra con algunas pinceladas vivas. Vi tu reflejo, hijo, desde un espejo que como una mirada indiscreta reflejaba el interior así que me apresuré a entrar. ¡Qué alegría, encontrarte en medio de tanta desolación! Y mejor aún después del agotamiento y la tensión del viaje absurdo. Olías a humo de cigarro y estabas más bien hosco. ¿Salimos? Te lo pedí con amabilidad. No respondiste. Pero me seguiste, dócil. En el camino ibas tomando unos ceniceros granate, de cristal granate acomodados en las altas repisas que bordeaban el pasillo. Casi al llegar a la puerta, detrás de una mampara, vislumbré a la dueña. Nos despedimos, ella con cordialidad y yo con pena.

El asunto de los ceniceros granate me incomodaba. Y mucho. Tuve que contenerme porque detrás de tu acción vislumbré tu intenso deseo de apartarme. Obstáculos, vos siempre poniendo obstáculos. Las relaciones entre padres e hijos están repletas de obstáculos. Reales o inventados. Afuera, obstruyendo el paso, y obligando a quienes recorrieran el sendero a caminar por un costado con gran dificultad una enorme escultura china de piedra caliza más bien gris. La señora que marchaba delante de mí comentó esto es además de innecesario, molesto, la verdad no entiendo para qué el obstáculo.

Y sí, le contesté. La vida está llena de obstáculos.


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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Arabella Salaverry

Por Arabella Salaverry

Arabella Salaverry es una escritora, actriz y gestora cultural costarricense. En el año 2019 lanzó su publicación «Infidelicias». Estudió Filología, Artes Dramáticas, Lengua y Literatura Inglesa, Lengua y Literatura Hispanoamericana en universidades y escuelas de México, Venezuela, Costa Rica y Guatemala. Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría Premio Nacional de Cultura Magón por parte del Ministerio de Cultura y Juventud.