Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Por dónde empezar? Se suele decir que se debe empezar por el principio. Pero en el caso del que nos ocuparemos hay tantos “principios” y tan diversos, que se nos arma un verdadero enredo.

Me refiero a la situación de quienes hemos apostado, por vocación, por necesidad intrínseca o por circunstancias de diversa índole, a trabajar en el campo del arte y la cultura. Poque esos somos: trabajadores de la cultura.

Partiré diciendo que como profesionales hacemos agua por todos los fondos, por los frentes y los costados. Las muestran abundan. Me refiero a la susbsitencia económica. Cada día nos condenan a la precarización de nuestra actividad. Muchos de quienes trabajan en la música, por ejemplo, han seguido una carrera universitaria, lo mismo las personas de las artes escénicas, de las artes plásticas. Significa que han pasado al menos cinco años en las aulas universitarias. Y aparece entonces, por ejemplo,  el ministerio de Hacienda llamando a los músicos a participar en una actividad. Cuando se pregunta por honorarios, la respuesta es que “los honorarios son el transporte y la comida” Es decir, ¡volvemos a la época de los juglares! No imagino que soliciten los servicios de un médico, de un arquitecto, de un abogado, de un contador y le ofrezcan a cambio un sanguchito y el pasaje del bus.

Aparece ahora el diputado Eliécer Feinzaig (PLP) y el diputado Leslye Bojorges (PUSC) proponiendo proyecto de ley (23.702) para eliminar el pago de derechos patrimoniales de compositores y autores musicales en bares-restaurantes, ferias, carnavales, turnos, festejos y otros.. Uno de los exiguos ingresos que pueden tener los músicos. Y que les aseguro, no hará más pobres a los “pobres” empresarios. Como muestra un botón:  Lo que paga un restaurante con 80 sillas son ¢16.300 mensuales por el uso de la música en su local.. ¿ “cobro abusivo” en relación con los ingresos que obtiene utilizando música?

lprecariedad nos asalta por todo lado. El otro es el famoso sicop. Sistema de Compras públicas. O mejor, el coco. Para poder presentar una oferta de servicios profesionales ante el estado (porque ahora ya no hay patronos  puesto que todos somos nuestros propios patronos), debemos estar afiliados a SICOP, la plataforma más poco amigable del planeta, contar con firma digital, que también debemos pagar, y por ser nosotros nuestros propios patronos obligados por ejemplo, a cotizar ante la caja como trabajdores independientes, recibamos o no honorarios (porque ya no se puede hablar de salario), estemos o no pensionados, a contratar un contador pues hay que declarar todos los meses, tengamos o no ingresos. Además del pago ante el INS del seguro de riesgos profesionales. En muchas oportunidades podemos pasar meses sin recibir ni medio peso, pero debemos igual asumir esos gastos!!! ¿Cómo cubrirlos? He ahí la gran incógnita! Porque si de comer se trata, mejor seguir el ejemplo de Ghandi. Y no quiero mencionar a quienes están en el campo, por ejemplo de la artesanía, produciendo desde la precariedad. Sencillamente quedará excluido por la parafernalia  que significa acceder a la famosa SICOP para poder ofrecer servicios y productos. Otro grana tema es que las fuentes de trabajo sistemáticamente se cierran o se constriñen. Ahora los estudiantes tampoco reciben clase de música, cuando el espectro del acceso a las artes se debería estar abriendo, es decir, impartir clase de teatro, de música, de dibujo. ¿para qué?, pues para algo tan simple como para formar mejores ciudadanos y ciudadanas, mejores seres humanos. Cada vez se nos precariza, más, se nos arrincona más. ¿Es que tan incómodos somos como sector?

Sabían ustedes que ahora hasta los músicos de la Sinfónica Nacional deben pasar por Sicop y aspirar a un salario de  375 900 por un tiempo completo? Si son buenos en matemáticas rebajen a ese monto los gastos que les conté!  Ese es un salario para los máximos representantes del país en el campo de la música!!!!Y los de la Orquesta de la Sinfónica de la Universidad de Costa Rica reciben aún menos, pues les pagan por concierto y no todos los meses se da la oportunidad de que haya uno.

La Compañía Nacional de Teatro por su parte, se ha desdibujado hasta casi desaparecer. Sin personal, sin presupuesto, es un cascarón que realiza algunas producciones concertadas, que por más buenas que sean no responden a los lineamientos para los cuales fue creada: ser un referente del gran teatro universal, nacional e hispanoamericano. Es decir, el Estado, desde hace ya varios gobiernos, se ha dado a  la tarea ingrata de no asumir su responsabilidad en y para el arte. Porque justamente es tarea del Estado hacer la inversión en ese campo, propiciar el desarrollo de las artes, y el respeto a quienes  producen.

Pedimos eso: fuentes de empleo, y un mínimo respeto…no es mucho pedir!

Y ni qué decir del perjuicio para la Caja Costarricense del Seguro Social. El Estado, cuando solicita los servicio de los trabajadores de la cultura,  se sacude graciosamente su función de patrono. Por ende, no asume ninguna responsabilidad laboral. La Caja deja de percibir el aporte patronal, lo cual redunda a su vez en un serio menoscabo económico para la institución.

Y lo más serio es que nadie se refiere al tema. Lo más serio es que el palo, y seguido, lo llevamos estos extraños seres a quienes nos  ha dado por  esta loca manía de trabajar en el campo cultural, aportando a la economía del país.

Y como ahora le creemos a internet, antes que a las reflexiones personales, me permito un par de citas, aunque abundan:

“más allá de ser un transmisor de mensajes o canal de expresión, el arte, como actividad creativa, tiene un efecto liberador, curativo, y de desarrollo personal. Además, el arte sensibiliza, y los artistas, al ser seres sensibles, crean una mejor sociedad”

“Favorece el desarrollo de habilidades artísticas y cualidades como la sensibilidad o la tolerancia. Contribuye potencialmente al desarrollo de valores ciudadanos, el aporte a la igualdad de género y la valoración de la diversidad”.

Y para quienes les gustan los números y los porcentajes, que muchas veces se nos escapan a quienes trabajamos por la cultura, quiero cerrar esta reflexión mencionando que, además, aportamos al país en términos económicos más del 2 % del PIB, más de lo que aporta el sector salud, por ejemplo.