Arabella Salaverry: Tres puertas, de “Infidelicias”

Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Tres puertas

Un paseo. ¿Una convención? o tal vez un encuentro que no logro definir. Ese recuerdo desleído que dejan los sueños, ya sabe de qué hablo. Esa podría ser la razón de mi presencia en el lugar. Porque definitivamente mi casa no era, y nada, ningún elemento en el entorno, familiar.

La habitación en la que nos hospedábamos (y uso “nos” por costumbre, no recuerdo compañía) más bien pequeña: ambiente gris, paredes grises, pero un gris luminoso, con una luz tenue que entra por la ventana de cristales esmerilados y crea una sensación de fin de mundo, de hielo o de niebla. No percibo con claridad los objetos que viven allí́. Pero sí podría decir que la principal congoja eran las puertas. Tres puertas.

Recuerdo con certeza las puertas: una, de la habitación. Pesada, de un gris perlado. Otra la del baño. Y digo la del baño porque estaba cubierta de azulejos blancos, nevados, dispuestos en rectángulos, una geometría horizontal perfecta con resabios nacarinos. La tercera, que no logré definir muy bien a dónde conducía, si es que conducía a alguna parte, ni para qué servía, qué cerraba o qué abría, de metal también gris.

Pero lo curioso de esas puertas es que ninguna funcionaba para lo que había sido creada. Es decir, no res- guardaban ni aislaban nada correctamente.

Primero intenté cerrar la puerta de la habitación. Me desasosegaba estar expuesta. Y no es que fuera especialmente miedosa, no. Pero una habitación en un sitio desconocido, en un país incierto, con puerta abierta no significaba tranquilidad. No, de ninguna manera. Y para incomodidades otra más: en el pasillo lateral un grupo alrededor de una mesa, sus integrantes absortos en un trabajo intelectual en apariencia muy intenso. Revolvían papeles, discutían, sus voces se acercaban en ráfagas para luego perderse. No alcancé a escuchar con claridad las palabras. Pero sí tuve la impresión de una discusión profunda y, sobre todo, apasionada. La puerta abierta inoportuna para la intimidad del grupo y para la mía. Podrían pensar que intentaba escuchar su discusión. Yo, por mi parte, aún en pijamas, unos pijamas cansados, con el cabello oloroso a sueño, sin una bata apropiada, emergiendo de las cobijas. Y el grupo de la discusión casi al alcance de la mano irrumpiendo en mi momento tan personal como lo es la salida del sueño. Despertarse y aún ligosa de noche, escuchar olas de frases que llegan sin sentido. Volver los ojos y el grupo tan cercano, bastaría un leve desvió de su atención para que se percataran de mi presencia. Mejor cerrar la puerta. Rebusqué en el suelo algo para calzarme, pero no encontré́ nada. Tampoco una bata, o cualquier cosa que me cubriera.

Como quien no quiere la cosa, con aire ausente para des apercibirme me dirigí a la puerta. Llegué a su lado. Alta y rotunda. Como ya dije, gris, un gris amable, casi blanco, un gris perlado que daban ganas de traspasar. Abría hacia adentro. Comencé́ a tirar de ella con suavidad para no llamar la atención, cedió́ unos centímetros, pero se atascó. Pretendía una operación lo más silenciosa posible. Mis deseos no se transformaron en realidades. La puerta no quería seguir avanzando, por más que usara todas mis fuerzas; empantanada, sin moverse y yo cada vez más, ahora intentándolo con todo el cuerpo, hasta que al fin cedió, pero de una manera insólita: se había desprendido de uno de sus goznes, se bamboleaba en un delicado equilibrio sostenida por una única bisagra a punto de derrumbarse.

El ruido y mi grito fueron suficientes para alertar a las personas del pasillo. Nunca me he sentido tan desnuda. Traté de crear complicidad a través de las miradas, en una de esas alguno se ofrecía a ayudar, ¿por qué no? En trances difíciles la gente se solidariza… pero recibí́ a cambio algunas sonrisas burlonas, otras asombradas, pero nada de empatía.

Expuesta, desgreñada, cubierta por el desaliento, por un pijama insulso, desconcertada, y la puerta bamboleándose a punto de caer abatida por su propio peso. Retrocedí́ asustada sin saber muy bien qué hacer, tratando sí de escapar de las miradas acosadoras. Decidí́ entrar al baño. Un posible refugio.

Como todas las mañanas malamente encendí un cigarrillo. Su olor asqueroso, pero no pude inhibirme de aspirarlo. El baño y el cigarrillo. Vi su punta encendida, en las brasas vibraban efímeros castillos de luz y ceniza que con un pequeño soplo desaparecerían. No quise ponerme filosófica, pero pensé́ es una buena alegoría de lo pasajero de la vida. Y la punta ya consumida me recordaba antiguas ciu- dades bombardeadas por la estupidez de los hombres, ciudades que alguna vez fueron y que después se transforman en un montón de escombros grises, de polvo inacabado, de vida destruida. Hasta vislumbré en la temblorosa estructura de la ceniza rostros de niños, de mujeres, cubiertos por el mismo polvo blanquecino, sus ríos de lágrimas paralelas surcando las mejillas, ojos desmesurados, ojos sin medida de tanto horror presenciado.

Cuidadosamente tomé el cigarrillo y lo coloqué sobre el pequeño parapeto que separaba el área de la ducha del resto de la habitación. Puse a un lado, sobre una mesita lateral que estaba en el sitio la toalla, un jabón envuelto en un pañuelo desechable ajado, una botellita con champú́ de un dudoso color verde y otra con un acondicionador de color también verde pero más amigable. Lista para la ceremonia de la limpieza. Tal vez bajo el agua espantaría los pensamientos amargos. Las imágenes terribles.

Me dirigí a la puerta. La segunda. Monumental, de azulejos de un gris clarísimo que antes se me había antojado blanco, pero ahora descubría que no. Era gris. De nácar. Mejor cerrarla. El baño es el último y recóndito jardín de la intimidad. Aun estando solos, acostumbramos cerrar la puerta. Su peso se oponía al mío con fiereza. Por más intentos no hubo caso. No quería ceder. Seguí́ tratando hasta que al fin. Hasta que al fin sucedió algo, una vez más no lo esperado. La puerta se desprendió́ de su soporte, se movió hacia un lado, hasta quedar sujeta, prensada únicamente por el marco. Una angustia de cuerpo entero comenzó a llenarme, a subir desde los pies hacia arriba hasta la altura del pecho en donde desacompasó el corazón transformándolo en ráfagas de latidos disonantes. El cigarrillo me veía con su minúsculo ojo de luz, yo miraba la puerta a punto de desplomarse y las personas en el pasillo miraban hacia adentro sorprendidas una vez más por la situación. Me percaté de que es- taba medio desnuda que el aire entraba como por su casa y que las miradas ajenas también invadían. Pensé en lo relativo de lo que sucedía. Al otro lado del baño la brasa del cigarrillo continuaba avanzando, construyendo ciudades devastadas en miniatura para remitirme de nuevo a la fragilidad de la vida. Un recordatorio de que basta un leve soplo para que no estemos más.

La puerta viva. Su soporte, un leve apoyo en el din- tel. Comenzó a batirse sin llegar a caer. Me preocupé por su peso. Si caía habría un accidente terrible. Terminaría aplastando a las personas del pasillo, ellas ya de regreso a su discusión metafísica y por completo ajenas al peligro.

Traté de buscar algo para cubrirme, algo amparado por la tercera puerta. Cerrada y gris, pero de una tonalidad más fuerte, más adusta. Fría con el frio del acero o de algún metal rotundo. En realidad, una esperanza vaga la de encontrar algo útil detrás de la puerta, no sé en qué estaba pensando, qué buscaba.

Recordé la manía de la infancia: cada mañana dirigirme al enorme ropero verde que tenía mi madre en su cuarto y minuciosamente examinar el contenido de la larga gaveta que estaba en su parte inferior. Algunos álbumes de fotografías ya antiguas, una caja de galletas de metal –parte importante del repertorio de tesoros de antaño–, cartas amarillas que no podía leer, pañuelos bordados con encajes hechos a mano, frivolité le decían al bordado y me encantaba esa palabra. Yo sabía de antemano que no habría sorpresas. El inventario se había realizado mucho tiempo antes y se repetía cada mañana sin ningún cambio sin nada inusual que alterara su rutina. Pero la ceremonia matutina volvía inexorable: buscar, rebuscar y nunca encontrar la sorpresa que iluminara el día. Tal vez de eso se trata la infancia. Y la vida. Tener el tesón para no desistir, creer en la magia, aunque la realidad te ofrezca lo contrario, insistir, machacar y podría ser, algún día… pero esas divagaciones a nada conducen. Estoy a merced de miradas ajenas, las puertas se han transformado en enemigas y la infancia que- dó muy pero muy lejos.

El asunto es que la tercera puerta está ante mis ojos, monumental, resguardando algo que no sabía qué podría ser. Tal vez una bata, tal vez un espacio vacío para llenarlo a mi antojo; tal vez un camino hacia otro mundo. De nuevo me vi desde afuera, con la insistencia de locos u obsesivos –ajena a contratiempos y a obstáculos–, comencé́ a buscar una posible cerradura en esa extensión gris e impersonal. Ni una hendidura, ni resquicio por donde introducir una llave. Tal vez algún mecanismo digital con un ojo de luz que reconociera datos del usuario o un sistema táctil para resucitar el famoso ábrete sésamo, pero no, nada sucedía. Solo la extensión gris. Tal vez empujándola. Otra posibilidad que por obvia muchas veces se descarta. Siempre intentamos caminos adversos, triquiñuelas, acertijos. Y muchas veces el camino más directo es el más simple. Nos lo burlamos por un afán de complicar las cosas. Así́ que me senté en el suelo a descansar por un momento con la enorme puerta –ominosa–, al frente mío alzándose como la entrada a la tumba de un faraón. Tomé impulso, me incorporé y comencé́ a empujarla con todas mis fuerzas. La puerta se movió́ lenta, muy lentamente. Detrás luz. Una luz intensa que se colaba hasta el cuarto y que conforme despejaba el espacio entre la puerta y la pared se intensificaba. Me sentí contenta, bañándome en aquella luz como si un sol del mediodía se paseara por la habitación y se hiciera cargo también de iluminarme por dentro y por fuera.

La puerta se atascó no me fue posible continuar abriéndola. No cedía para ningún lado ni hacia dentro ni hacia fuera, el afuera que era el cuarto y el adentro que aún no lograba distinguir muy bien qué era, cegada por el resplandor. Hice un último esfuerzo, volví a empujar. La puerta cedió, pero no para abrirse sino para derrumbarse con gran estrepito hacia dentro como un transatlántico cuando es echado al mar.

La luz se intensificó de tal manera, llenó los espacios, se metió hasta el último rincón, debajo de la cama, salió por la ventana que daba al exterior, era tanta y tan fuerte que me fue imposible distinguir lo que seguía después del vano de la puerta y más allá́.

Las personas en el pasillo ajenas a la situación. De vez en cuando me miraban y yo en el cuarto con las tres puertas desvencijadas caídas a mis pies aún con el olor a noche cubriéndome y el cigarrillo produciendo la brasa inconforme que me llevaba a un campo de escombros producido por un bombardeo inhumano.

Pero ahora ya estaba tranquila. Me cubría y me salvaba la luz.


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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