Arabella Salaverry: Voces al viento – Palabras viajeras

Poemas de: Jeanette Amit, Lucía Alfaro Ani Brenes, Julieta Dobles, Nidia Marina González Vásquez, Milena Chaves Matamoros, Olga Goldenberg Guevara, María Pérez Yglesias, Marianella Sáenz Mora, Valeria Varas, Carla Pravisani y Arabella Salaverry.

Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural costarricense. En el año 2019 lanzó su publicación «Infidelicias» (Uruk Editores, Costa Rica). Estudió Filología, Artes Dramáticas, Lengua y Literatura Inglesa, Lengua y Literatura Hispanoamericana en universidades y escuelas de México, Venezuela, Costa Rica y Guatemala. Es miembro de honor de la Compañía Nacional de Teatro (CNT) de Costa Rica. Recibió el Premio Nacional de Literatura 2016 por su obra de cuento Impúdicas1​ y en el 2019 por su libro de poesía Búscame en la palabra2​.

Don Eugenio Herrera, quien generosamente ha abierto las puertas de La Revista a las voces de las poetas que integran el libro Mujeres poetas de Costa Rica, Antología Bilingüe 1980-2020 -el cual recoge la voz de cincuenta mujeres poetas traducidas al inglés, y que marca un hito histórico en la literatura nacional- nos invita a celebrar el Día Internacional de la Mujer con presencia adicional en La Revista, ya sea mediante un artículo, un ensayo. Nos quedó sonando su propuesta, con muchísimo placer y agradecimiento, pero pensamos que el mejor camino para hablar de esta celebración era trayendo hasta aquí las voces de las mismas poetas, y así paliar en algo la terrible invisibilización a la cual ha estado sometida la creación literaria de las mujeres.

El signo “mujer” se ha ido construyendo en múltiples civilizaciones -nos atreveríamos a afirmar prácticamente en todas las occidentales- desde el silencio. No es de extrañar por ello el ostracismo al que han sido sometidas las mujeres creadoras. Ya es sabido, justamente la palabra, su uso, ha estado vedado por siglos a la mujer. Nacemos y se nos confina al ámbito del hogar, sin acceso a la palabra, es decir, al pensamiento. Pese a ello las mujeres hemos construido nuestro propio camino. Hemos ido abriendo espacios, permitiéndonos la expresión, y en literatura tal vez más insistentemente a través de la poesía. Las razones pueden ser muchas: la posibilidad de la inmediatez propia de la creación poética, el poco tiempo disponible, el carácter más “doméstico” que puede adquirir su escritura. Podríamos hacer un análisis minucioso de las razones, pero en este momento no lo pretendemos, y la reflexión al respecto cabría mejor en el ámbito sociológico.

Por ello y con muchísimo gusto les presentamos doce de las cincuenta voces poéticas que integran la antología, y en este caso puntual, con poesía atinente a su condición de mujer. Esperamos que la disfruten y que la escuchen, no solo desde la dimensión poética, sino desde la humana, como el grito que suele entrañar lo que las mujeres escribimos.

*La antología mencionada estará disponible desde mediados de marzo a través del correo arabella.salverry@gmail.com

 


 

Jeanette Amit.
Nació en Israel pero creció costarricense. Su formación es multidisciplinaria en Psicología, Literatura y Estudios sobre la Sociedad y la Cultura. Su obra reúne ensayos académicos, un libro didáctico y tres poemarios: Testigos del vértigo, Asedios de la luz (que obtuvo el Premio de la Editorial de la Universidad de Costa Rica) y La lucidez del cuerpo.

 

Penélope no espera más

No esperaré ya más. Me voy.

Cruzaré el mar

haciendo de mi espalda otro navío

tejido por los hilos que me ataban a él.

 

¡Lo olvidaré! –lo olvido–,

aunque me cueste el sitio preciso de mi cuerpo.

 

Quemo mi piel

y el año de la espera me abandona.

Pongo mis brazos sobre el canto del agua

deslizando mi altura

a lo largo del negro perfil que hace la noche.

 

¡Hacia Troya! –grito–,

aunque nadie me escucha después de la marea.

Desato las amarras

y hundo el pecho entre las velas del aire.

¡Hacia Troya! –gritaré de nuevo–,

armada hasta el delirio de mi boca,

afilada la sangre como lanza de fuego.

 

Porque también sostengo mis batallas.

Yo que soy esa bestia innecesaria de las horas.

También celo mi trono de silencios

y calzo soledades en los ojos

triturando más hilos que la muerte.

 

Me hundo en el mar.

Desnuda como han de desnudarse

las mujeres para entrar a las aguas.

 

Me lanzo sin barcos de madera,

sin muchedumbres, dioses ni caballos,

a través de las islas que rompen la distancia.

 

Entonces me dirán “Penélope la sabia”,

la marinera sola de su furia,

estratega de incendios,

vencedora con todos los conjuros

que se empozan clavados a la boca.

Y cantarán mi nombre

cuando se reúnan en el centro del fuego,

escribiendo mi historia con cuchillos de oro:

 

“Penélope no regresará más,

ya no puede esperar sobre sus huesos,

no hay tejido tal para la ausencia

y Troya es el destino de su cuerpo”.

Zigzagueo entre el tráfico y su colmena anfibia.

Me desplomo en las esquinas

y salto en las azoteas.

Una mujer hecha de rascacielos y de abismos.

Coronada sin joyas ni vergüenzas.

No hay trono que detenga mis ejércitos.

Ni príncipe que hinque mi sonrisa.

 

El poder me asiste,

lo uso con fiera precisión.

Ni castigo ni venganza.

Solo quiero conquistar la noche,

su laberinto de párpados,

su embriaguez de reinas que caminan

sin miedo, sin silencio,

haciendo de las sombras su castillo.

 

Lucía Alfaro.
Presidente de la Fundación Jorge Debravo, poeta y gestora cultural, filóloga graduada de la Universidad de Costa Rica, con estudios de maestra en Literatura Latinoamericana, ha publicado 7 poemarios y participado en 6 antologías.

 

 

Pretérito imperfecto

Con estos dientes rompí el cordón umbilical

y me ha sangrado el vientre.

Salí del trance rota

pero borré el rastro con mis manos

y pude escapar de la matrix,

de la colonia díscola,

de esa perversa sociedad

que algunos siguen inventando.

 

Comprendí que ya no necesito

la aprobación de nadie

para sentir la intensidad del mar

como un profeta azul de rima ambivalente,

para mojarme completa con su sal

y todos sus naufragios

disfrazados de historias y de besos.

 

Me identifico total y cotidiana

con este pretérito imperfecto que me nombra,

con esta piel de tigre cultivada en la urbe

y con esta utopía que sostiene mis huesos.

 

No necesito un cable que me ate a tu pantalla

y no aceptaré etiquetas.

Hoy recobré la fuerza

para mirar de frente los fantasmas

que traes en los ojos.

 

Ani Brenes.
Escritora alajuelense de cuentos, poesías y canciones para niños de todas las edades. Con más de 30 obras publicadas, recibió el Premio Carmen Lyra de la Editorial Costa Rica en 1997. Sus trabajos se encuentran en diversas antologías, en poesía y narrativa. Comparte la palabra en charlas, cuentacuentos y talleres para niños, estudiantes y docentes, dentro y fuera del país.

 

El privilegio de ser mujer

No es por casualidad que fui creada,

no es por casualidad que soy mujer,

soy parte de un Amor maravilloso

que vibra en cada espacio de mi ser.

 

Fui hecha suavemente, poco a poco

moldeada por las manos del Creador,

el soplo de la vida en mí fue un beso;

fue mi primer sonido una canción.

 

Conjugo en mí la fuerza del tornado

con la ternura de un amanecer

soy mezcla de caricia y de trabajo,

imagen de la vida y de la f .

 

Estoy aquí, con los brazos abiertos

como la Tierra, ansiosa de ofrecer

calor de madre, fraternal abrazo,

verbo oportuno, alma de mujer

 

No es por casualidad que fui creada,

¡Yo fui creada para florecer!

 

Julieta Dobles
(San José, 1943). Tiene un profesorado en Ciencias Biológicas (UCR, 1965) y una maestría en Literatura Hispanoamericana (Stony Brook, Nueva York,1986). Catedrática jubilada de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado 18 poemarios, un libro de divulgación científica y varias antologías de su obra. Premio Editorial Costa Rica (1975)  Cinco veces ganadora del Premio Nacional de Poesía de su país, de un accésit del Adonais en Madrid (1981) y Premio Nacional de Cultura Magón (2013).

 

Desde la cárcel

Cuando los primeros obreros

entraron a demoler algunos muros

de aquella vieja cárcel,

más prisión inhumana que castillo,

más arca de sufrimientos que encierro,

para transmutarla en un moderno museo

donde los niños aprendieran jugando,

encontraron leyendas en las viejas paredes,

inscripciones grabadas a cuchilla,

torpes letreros de desesperación y hastío,

oraciones,” aquiestuvos” y obscenidades

de todos los colores.

El ser humano necesita hacer de su dolor

una punta de buril o de tinta

que sobreviva más allá del lamento.

 

De todas ellas,

¿ cuál fue la frase repetida más veces

en aquella piedras testigo,

piedras expiación?

¿Allí donde el dolor se hizo

bandera avergonzada

de tantos hombre recios?

“Amor de madre” en las cancelas,

en las paredes y su piedra desnuda,

en el silencio agonizante

de las puertas tapiadas:

“amor de madre”, “amor de madre”.

 

Ella es la que no falla,

no olvida, ni aborrece.

Ella, aquí, en la desgracia.

Ella sola en las horas de visita.

Ella trayendo vida a tantas horas muertas

y bocados caseros contra el hambre

y  la infame cocina  del presidio.

 

Ella no falla, ni olvida, ni aborrece.

“Amor de madre”… ¡Amor de madre!

 

Del libro POEMAS DEL ESPLENDOR (EUNED, 2016, Costa Rica)

 

 Nidia Marina González Vásquez.
Ha publicado: “Cuando nace el Grito” 1985, “Brújula extendida”, 2013, “Seres apócrifos”2015, “Objetos perdidos” 2015, “Bitácora de escritorio y otros viajes” 2016, “La estática del fuego” 2019. “Árbol de papel” 2020.

 

 

Liberar a Penélope (inédito)

 

                     1

Penélope en mí es un borrón.

Destejo su mortaja y la convierto en bandada de aves,

en humillo suave para dibujarme.

Penélope en mi cuerpo no espera más a Ulises

porque aprendí temprano que el compañero

es solo eso:  un paso a mi lado,

un destello para marcar posibles caminos.

                      2

Me piden mis abuelas que la mire de frente,

que aprenda la sumisión de su ejemplo.

La astilla herida en su tejido

que la grabe en mi regazo.

Tengo en mis manos el espejo roto donde acaso se miró ella.

Me atreví a terminar su mortaja en una noche,

le puse todos los colores que conozco

y no se la entregué a ningún hombre.

                       3

Discúlpame, Penélope,

es mi deber intentar devolverte la alegría.

Me toca al menos notificarte

que paralizarse por alguien

es perdernos para siempre, nosotras todas.

Y que ya basta,

son muchas las que te han seguido

y el rastro de su dolor llenó la copa.

Te la devuelvo.

Eres en mí un borrón

un humillo suave para dibujarme distinta.

Tu mortaja vuela como una bandera imparable

hemos recuperado

casi todo lo que perdiste.

Recoge tu libertad

escribamos nuevas historias.

 

 Milena Chaves Matamoros.
Costa Rica, 1988. Poeta y gestora cultural ramonense. Entre otros, ha sido codirectora del Encuentro Internacional Tierra de Poetas. Ha participado en eventos literarios en Costa Rica, Guatemala, México y República Dominicana. Poemas suyos han sido traducidos al inglés. Cuenta con publicaciones en medios impresos y digitales nacionales e internacionales. milenachavesm@gmail.com

 

Agua Luna

 

No es para cuerpos tímidos

la voluptuosidad de estas llamas.

  1. Cavafis, “Candelabro”

 

Ella desordena la casa.

No limpia las paredes, el piso,

ni tiende la cama con su vaho tibio

de ostra abierta.

 

Sabe que algunos días

cede a sus encantos

y le acompaña sin reproche

el primigenio caos con que fluye

la líquida espiral del universo.

 

Acaso al principio

determinaba alguien la disposición

de las palabras en el agua,

el rumbo que tomaban

las primeras criaturas

que surgieron espontáneamente

por tanta intensidad

con que azotaba la luna

las cavidades donde arremetían

las mareas.

 

Ella tiene un dejo de aquellas

antiquísimas alucinaciones,

de los ritmos milenarios

con que se pobló el mundo,

un poco de aquella violencia

de la explosión originaria

que impregnó el infinito

de interminables danzas,

de cuerpos esplendentes

que se contraen impávidos

retrasando el clímax

hasta el punto impostergable

que deriva en las

pequeñas muertes cósmicas.

 

Porque acaso hay mayor éxtasis

que el de las estrellas,

tras millones de años

en los misterios del fuego.

 

Ella se sabe heredera,

sabe que el mundo se formó

por el deseo ancestral

de las lunas y el agua,

que bastó la palabra

y el sueño de la diosa

para nacerlo todo.

 

Sabe que el solo sonido del agua

revuelve las propias corrientes,

que la luz filtrada

por los agujeros del mundo

atraviesa la frágil epidermis,

agota la postura de agua serena

en cada ciclo de la luna.

 

Ella desordena la casa

con su vaho tibio de ostra abierta.

 

Olga Goldenberg Guevara
San José, 1941 Licenciada en Pedagogía, Universidad Nacional, donde labora hasta jubilarse. Primer lugar en Concurso de Poesía 2013, EUCR, ¨Itinerarios al margen”, selección de poemas de amor romántico juvenil. “Sombra que soy”, Editorial Germinal, 2016, referencia poética a procesos de auto-construcción identitaria femenina, tanto desde la introspección, como desde figuras femeninas míticas o reales de importancia en su vida.

 

Fallida

 

Hay un giro de tuerca

alguna vez en el amanecer.

 

Hay un fugaz destello

y lo divino acontece en un soplo.

 

La vida en agonía

entonces nos deslumbra

y somos la Única,

la Diosa.

 

Después del singular y también antes,

somos todas terrenas,

indistintas.

 

Mujeres, en plural.

 

Gatas de la curiosidad incontenible.

Reas, bajo condena

de arder con avidez por los saberes,

por la ciencia vedada y suculenta.

 

Tentadas por el mal.

 

Excluidas del Edén que profanó nuestro deseo,

proscrito desde entonces.

 

Todas bajo sospecha.

 

Cada una afiliada a su propio pecado.

Cada una incompleta.

Cada una insolvente.

Cada una parte de lo oscuro, lo prohibido,

de las que ofrecen zalamero el fruto,

las que plantaron sin recato el árbol.

 

Yo pertenezco a las vociferantes.

Al frente voy con las desaforadas,

insignia pertinaz de la iracundia,

culpables y culposas

del prodigio del cuerpo que perdimos.

 

Represento a las locas, las adictas,

las insomnes hijastras del fracaso,

las bastardas que paren sus bastardos,

las de hipnóticos ojos, lengua bífida,

las de vuelo rapaz y feroz garra,

capaces de vender su propia sombra,

de llevar a sus hijas a la hoguera,

malograr las primicias de su seno

y estrangular el grito,

infanticidas.

 

Nadie sabe en qué fondo de qué charco

se apagó mi fanal, se ahogó mi chispa

sumergida de gris,

de grieta sequedad,

de suelo enjuto.

 

Yo fallida.

 

María Pérez Yglesias
(10-4-49) Madre, abuela, Doctora en Comunicación y catedrática universitaria, se interesa por la investigación, la critica, la gestión cultural y la promoción de lectura. Forma parte de los talleres Poiesis y Noche de Letras. Tiene 16 libros de cuentos, poesía y literatura infantil publicados y  participa de recitales y antologías diversas. E-mail: mariaperez.yglesias@gmail.com

 

Intempestiva,

una hoja orillera

cae al agua

y, excitada,

se revuelca entre las piedras

que le cantan al río.

Irrumpe en el mar

y estornuda,

ansiosa,

al chupar la ola

que la hunde

en la espuma del éxtasis.

 

Pescadora hambrienta,

te imagino pez hoja,

dorado por el fuego.

________________

Sólidas,

sometidas al surco

ansioso de semillas.

Ligadas a la vida

inciertas,

dadivosas

de canciones de cuna.

Unidas al árbol caído

por los escarabajos cantores,

que destruyen la muerte.

La tierra y la hoja

compactan el tiempo…

 

La leche corre

por mis pechos de hoja frágil,

para alimentar

el milagro de tres vidas

que se multiplican

en parejas solidarias.

________________

Verde,

pequeña,

inmadura aún

para romper su ombligo

con la historia del árbol,

observa desde arriba

gotas deformes

que resbalan sobre un vientre abultado.

Mira unas manos tan niñas como ella

y, sudorosa,

se lanza al vacío

para acompañar

la incertidumbre.

 

La adolescente,

la toma entre sus dedos

y la acuna en su pecho.

________________

Una hoja

solitaria de árbol

busca calor de   hogar.

Engaña a la escoba con el viento

y penetra,

furtiva,

en la cocina humilde

olorosa a limpio.

En el atardecer,

suda indiferencia y

se encoge,

triste,

frente el desamor.

 

La joven mujer

vacía,

la guarda en su libro de recetas,

y la acaricia,

cada noche,

en la soledad del silencio.

 

De El susurro de las hojas cómplices, EUCR 2021

 

 

Marianella Sáenz Mora.
Turistóloga. Ha publicado tres poemarios y recibido algunos reconocimientos. Su obra aparece en varias antologías y revistas digitales e impresas, no sólo en español sino también en otros idiomas.

 

Plantas bajo el agua

parecen tocar con sus ondulantes brazos verdes

un arpa escondida e invisible en la corriente inquieta.

 

Sólo existe luz donde ella mira

en sus ojos hay rescoldos de sal

y en su pecho

germinan flores de hielo y fiebre.

 

No quiere cantar más desde su jaula

no quiere luz de velas

que simulen la mañana,

no quiere el color prisionero en los vitrales

ni el perfume de la rosa, atrapado en frascos

y costosos cristales.

Ella quiere alas

que sus ojos se deshabitúen a la noche.

 

Quiere recordar la brisa,

dejar de ser un fantasma

una fracción anónima de la estadística.

Ella sabe que es un sueño circunstancial

como el de las otras.

Ya murió en la superficie

su realidad es otra.

Su cuerpo es un joyero roto,

roto desde la infancia,

deseado siempre por la jauría

que la acosa y la aguarda.

Plantas bajo el agua

la abstraen un instante de su desgracia

al tener siempre que disociarse.

 

 

Nació templo

imponente y hermosa

ahora

ahora, sólo es una argolla más

en la cadena del miedo,

un calabozo perenne de la esperanza.

 

Tomado del poemario Transgredir(se) Torremozas 2019

 

Valeria Varas.
Antropóloga y diseñadora gráfica, chilena – costarricense. Pertenece a la Asociación Costarricense de Escritoras y de la Sociedad de Escritores de Chile. Ha publicado poemarios, obras de teatro y cuentos.

 

 

Génesis

 

Había una vez serpiente

bajo tormentos despojada de su piel.

 

La violencia

se apodera de ella.

trozo a trozo.

 

Lanzada es

a la deriva del tiempo.

 

Sola se queda,

sola

recomponiendo sus anillos.

 

Cuando abre los ojos,

la víbora

se mira en un río

y ve mis pupilas.

 

Desde ese día me arrastro

buscando caminos

para descansar la piel.

 

Poema del libro “Ofidia”, Editorial Lunes.

 

Carla Pravisani.
Es escritora y consultora en estrategia y creatividad. Realizó el Master en Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra, y el posgrado en Literatura Digital en la Universidad de Barcelona. Dirige los proyectos Escuela de la Nada y Casa de Escritura y da talleres de escritura creativa en el Centro Cultural San José.  Ha publicado 8 libros, entre ellos, La piel no miente (Premio Nacional Aquileo Echeverría 2012) y la novela Mierda (Premio Nacional Aquileo Echeverría, Uruk 2018).

 

El lado oscuro del corazón a Rodolfo W.

 

Ayer me dijiste “feliz día”

y hablamos de la vida pasada,

de los hijos transcurridos

y del recuerdo borracho de tiempo.

 

Hablamos también de la soledad

y vos con un surco de nostalgia

me dijiste: “todavía busco a la mujer

que sepa volar”.

Yo, defendiéndolas a todas,

te respondí: ¡Las mujeres NO vuelan!

 

Y ahora a la sombra

de la luz y la realidad

me pongo a dudar.

 

Pienso en este vuelo tímido

Con el que las mujeres

atravesamos el cielo

todos los días

como una bandada

de golondrinas invisibles.

 

Arabella Salaverry.
Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2016 rama cuento y 2019 rama poesía. Estudia Artes Dramáticas y Filología (México, Venezuela, Guatemala y Costa Rica). Publica en editoriales nacionales y en España: El sitio de Ariadna y Rastro de sal, novelas; Impúdicas e Infidelicias, cuento; así como nueve poemarios. Su obra presente en periódicos, revistas, blogs literarios y antologías en Europa, Asia y América. Escenarios de varios países han albergado su voz en recitales personales. Traducida a múltiples idiomas. Ocupó la Presidencia y la Vicepresidencia de la ACE (Asociación Costarricense de Escritoras), dirige  el Grupo EL DUENDE . arabella.salaverry@gmail.com

El Vaso Colmado

 

No me contengo

vaso colmado

disparo en diagonal

y hago un círculo perfecto

hacia el delirio

 

No me contengo

tampoco alcanzo a colocar correctamente

los clavos para sostener estrellas

No me contengo

desaparezco en hostigada ruta

total incontinencia de mí misma

 

Violenta piel

 

No adivino no descubro

no sé si me derramo en dolor

o me derramo en gozo

 

No me contengo

vivo entre rasgaduras

lanzas y corona de espinas

irredenta violenta piel violento silencio

 

No me contengo

pájaro sin alas emplumado lagarto

herido animal oquedad inconclusa

desecho de desastre

violenta piel

 

Así me vivo

muriendo desde la vida

cotidianas muertes

y en ajena presencia de la mía

 

Del poemario Violenta Piel. URUK editores CR

 

 

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