Arabella Salaverry: Carretera al Caribe

¿Qué pasa con la ruta 32? ¿Qué maldición pesa sobre el ansiado acceso al Caribe?

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Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Regreso de Cahuita. Es decir, regreso del paraíso. Hago el camino inverso: recorro limbo, purgatorio e infierno. O mejor, un viacrucis. La primera parada del viacrucis se da en un pequeño y primoroso pueblo llamado Venecia, al cual de manera cotidiana y hasta dos veces al día rocían con tóxicos destinados a proteger a los bananos de las fincas aledañas. ¡Todo un contrasentido! Herbicidas, insecticidas para acabar con las plagas y de paso y por qué no, con los habitantes de Venecia.

Allí en Venecia encuentro al primer grupo de trabajadores (intuyo que lo son por sus cascos, sus chalecos reflectivos y su indolencia) Son ocho. Alrededor de una mesa y bajo un toldo. Supongo que es horario de almuerzo. En todos los kilómetros anteriores no vi ni un alma, ni un espíritu y mucho menos un cuerpo ocupándose de trabajar en la prometida, en la esperada, la ansiada, el santo grial de las carreteras, nuestra nueva carretera al Caribe, la ampliación de la famosa 32. Los primero ocho que se ocupan, presumo, cuando no descansan, de la construcción de nuestra nueva carretera.

Continué recorriendo kilómetros, ansiosa, esperando otra cuadrilla, otro grupo, al menos alguna maquinaria en movimiento. No. Solo los dinosaurios amarillo-caterpillar disfrazados de excavadoras, grúas, aplanadoras, aparcados a los lados del camino, como mudos representantes del abandono. Una vez más me pregunté hasta cuándo.

Hasta cuándo el Caribe será la zona marginada, donde no importa, no, nada importa;  la que se recuerda para vestirnos con camisas afro y jugar a que es importante, esto y con suerte en el mes de agosto de cada año, mientras las autoridades se desplazan en aviones, en helicópteros, y renuncian al polvo que hay que tragar, a las cinco  o más horas que se deben invertir para transitar doscientos míseros kilómetros (distancia exacta medida entre Sabanilla y Playa Negra en Cahuita), al olor a freno quemado, a humo contaminando el ambiente, el desperdicio de gasolina y diésel, a los veinte trailers que conté en menos de un kilómetro, hasta que me cansé del ejercicio y dejé de hacerlo. A todos esos contenedores que bien podrían ir en tren pero ya nos negaron el tren, que podrían ir en un carril especial, al menos por algunos kilómetros para dar respiro al resto de los cristianos ( o musulmanes, budistas o lo que la puñeta seamos, nosotros, los mártires del camino) que nos vemos obligados en nuestra búsqueda del paraíso a soportarlos.

¿Más trabajadores? Recién en la cercanía de Guápiles otro escaso grupo de seis conversaban y miraban algún plano cubierto de polvo. Ese fue el intenso movimiento que observé durante el recorrido en un día miércoles, tan miércoles como cualquiera de cualquier mes, entre las 10am y las casi 4pm cuando llegué finalmente a mi destino.

Me pregunto qué pasa. Qué nos pasa. Nadie indaga, no se pregunta, nos acomodamos al desastre. Porque esto es un patético desastre. ¿Cuántos años de retraso? Ni el mínimo par de kilómetros, prometidos ya hace dos años, se ha cumplido. Además de un desastre, es una tomadura de pelo, y una estafa para nosotros, la gente del Caribe. ¿Qué pasa con la ruta 32? ¿Qué maldición pesa sobre el ansiado acceso al Caribe?

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