Arabella Salaverry: «Higiene extrema»

Una historia en pandemia

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Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Nunca pensó que llegaría ese día. Siempre se preció de su prolijidad, de su extrema higiene, de su compulsión por la pulcritud, de su afán por mantener su entorno impoluto. Pero las costumbres a veces se ponen patas para arriba, y lo que es blanco se vuelve negro, lo amarillo azul, y lo limpio…

Bueno, el asunto es que en ese su universo de cloro y desinfectantes cotidiano un buen día se le ocurrió aparecer un virus. De nombre extraño. Aludía a la realeza, al sufrimiento de Cristo. Corona de oro, corona de espinas; pero su esencia una corona de lípidos: coronavirus. El único remedio en la lucha sin cuartel que se estableció entre humanos y virus fue la limpieza.

Así que quintuplicó la cantidad de cloro, añadió desinfectante con grado hospitalario, alcohol en gel y del otro color de cielo, se armó de guantes quirúrgicos y comenzó: manijas, apagadores, baños, espejos, pisos, lámparas, sillones, puertas, cristales, cielorrasos, paredes. Nada se libró. Nada apaciguó su accionar vandálico contra el intruso.

Las horas del primer día pasaron casi sin hacer ruido y cuando se percató ya dormía  el crepúsculo y ¡ella no se había bañado! El sol apenas una línea de luz en el horizonte. Ya la tarde noche se había enfriado. Igual se decidió por la ducha.

El amanecer la despertó con un golpe de brillo en la vidriera. La noche anterior se lo habían reiterado los noticieros. Ninguno falló. Se orquestaron y clamaron. ¡Lavado de manos y lavado de almas!

Malamente se cubrió con un jeans viejo y una camiseta y corrió al super. El cloro agotado en su casa y de él dependía la vida, el futuro y la paz mundial, según declaraciones de la prensa escrita, la televisión y  la radio. Llegó, irrumpió y se acercó al anaquel casi vacío. A punto de asir la última garrafa del preciado líquido, una mano intrusa se la arrebató. Después de la mano un brazo, luego un hombro, un cuello y una cabeza iracunda de cuya boca emanaba un grito de guerra: ¡ES MÍA! Trató de forcejear, pero la furia envuelta en bata de dormir medio raída ganó. Regresó a la casa con el ánimo y el orgullo maltrechos.  Preocupada, sin el líquido salvador tendría que duplicar esfuerzos.

Igual dedicó sus afanes al aseo. Lavó cada rincón de la casa, la terraza cayó bajo su embestida, las ventanas, los vidrios con alcohol y los marcos con agua oxigenada. Cuando tomó conciencia del tiempo eran las once de la noche y ella nada. Sin bañarse. Un tanto avergonzada por el descuido y bueno, será mañana.

Así pasaron dos, diez quince hasta extraviar los días, las duchas y la desinfección personal. Se juntaron días con noches, mañanas con tardes, semanas con meses y perdió  la cuenta de cuándo se había bañado y cuándo no.  Ganaron los cuándo no. Incontables. Ella un amasijo de sudores, costras y parásitos pero su casa refulgía. El virus no había logrado coronarla. Su casa a salvo.

Pero ella…

En el quirófano no consiguieron vencer la corteza de mugre que la ahogaba.

 

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