Aventuras sin rumbo

0

Rodrigo Madrigal Montealegre.

Por fin nos sorprendió el verano. Antonio y yo decidimos encaminarnos hacia el sur, buscando un poco de sol, de alegría y de encanto mediterráneo. Tomamos el tren y llegamos a Barcelona, en donde encontramos a Diego, un viejo amigo que estudiaba en Salamanca, con quien nos fuimos a un cálido rincón de la Costa Brava, en donde gente joven, simpática y amistosa nos acogió con gran hospitalidad.

Nos aseveraron que Dalí tenía allí su residencia de verano y alguien nos indicó la casa en la que supuestamente Hemingway había es- crito algunas de sus obras. En las mañanas, antes de aventurarnos en el mar, paseábamos en bicicleta. En una ocasión, al ascender penosamente una colina por una curva empinada, tuvimos que precipitarnos en una cuneta profunda que bordeaba el camino, para evitar ser atropellados por dos coches enormes y lujosos conducidos velozmente por unos elegantes choferes con guantes, gorra y uniforme.

Lo que nos dejó atónitos fue descubrir que los pasajeros de aque- llos dos fastuosos coches no eran mariscales de campo, ni elevados dignatarios del Estado, ni tampoco unos acaudalados magnates de la industria catalana. Eran unos príncipes de la Iglesia, quienes nos lanzaron una mirada fría, arrogante y despectiva, mientras que, con los dedos en cruz y con el gesto indolente y mecánico de un reflejo condicionado, nos concedieron una bendición que no ha- bíamos solicitado y que casi equivalía a una extremaunción.

“¡Se convierten en sibaritas los anacoretas, cuando se alimentan con chuletas!” –exclamamos, cubiertos por la denigrante estela de polvo que habían levantado sus enormes y lujosos Mercedes Benz–. “Si con semejante devoción practican los votos de la pobre- za y la santidad, ¿cómo será que observan, estos reverendísimos apóstoles de la conmiseración, los sagrados juramentos de la con- tinencia, el celibato y la castidad?”.

Un buen día nos separamos. Antonio se marchó con Diego hacia Italia. Yo tomé, en barco, la ruta hacia Mallorca. Recorrí toda aque- lla hermosa isla y visité la Cartuja de Valldemossa donde Chopin, acompañado por su amante, Aurore Dupin, se refugió durante un invierno húmedo y frío en el que, por la falta de calefacción, co- menzó a sufrir la tisis que acabaría pronto con su vida, pero donde compuso, a vuelapluma, sus veinticuatro preludios, de los cuales se asevera que no se asemejan a la obra de ningún compositor, ni

a la suya propia y ni siquiera se parecen entre sí.

En Valencia me alojé en la pensión de una viuda hospitalaria quien, por la suma insignificante de medio dólar me ofreció una habita- ción con una cama de bronce y unas sábanas de retazos cosidos, así como un opíparo desayuno con huevos. Como no soporto el calor, yo insistía en tomar un par de baños todos los días, en una época en la que el agua era escasa y muy cara, y me preguntó con una delicada prudencia: “Dime, hijo, ¿padeces de alguna enferme- dad de la piel?”.

En Granada, aquella pequeña pero legendaria ciudad, se respiraba un aire perfumado, una espontánea alegría y la seductora sensua- lidad de Andalucía. Allí formé parte de una jocosa tropa de estu- diantes de diversas nacionalidades, quienes nos reuníamos en las noches a relatar historias y a entretenernos con los gitanos quie- nes, con sus guitarras y su gracia, cantaban y bailaban por unas monedas que les obsequiaban los escasos extranjeros quienes lle- gaban en aquella época.

Una noche se unió al grupo un poeta granadino quien, en voz baja y con una mirada furtiva, nos relató el atroz y absurdo asesinato de su amigo Federico García Lorca. Nos describió cómo –sin razón alguna, salvo la que esgrime con burda ostentación la estulticia humana– con ese crimen insensato se había privado al mundo de uno de sus mejores talentos, cercenando la vida de quien pudo haberle obsequiado aún a la humanidad lo mejor de esa exquisita creatividad con que describió la gracia y los encantos de su tierra.

“Fue asesinado vil y cobardemente” –nos dijo casi en silencio–, “pero es necesario que todo el mundo lo sepa”.  

Cuando una noche me despedí, para continuar al día siguiente hacia Málaga, un estudiante alicantino me propuso que viajáramos juntos en su diminuta motocicleta Vespa, para compartir los gastos del combustible. Impulsado por el afán de la aventura, el espíritu de solidaridad y la humana codicia que me aconsejó el ahorro de unos pocos maravedíes, cometí la insensatez de aceptar. Enton- ces, muy temprano partimos alegremente, en una esplendorosa mañana del mes de agosto, por el camino rudimentario de lastre y piedras que atravesaba la inhóspita Sierra Nevada, por la cual avanzábamos con gran lentitud, dando saltos y tumbos.

Cada vez que tropezábamos con una piedra o un hueco, sentía que se me desprendían dolorosamente los riñones y que se molían los recónditos confines ubicados en los suburbios meridionales o bajos fondos de la espalda. Además, sufríamos por el suplicio de un sol tan candente que nos derretíamos y nos transpiraban hasta las uñas, mientras el polvo del camino se nos adhería al cuerpo,

formando con el sudor una mugre pegajosa. Finalmente, terminó aquella ordalía, cuando llegamos a Málaga en el momento en que el sol agonizaba y ya no nos quedaban fuerzas ni para un lamento.

Allí nos relataron la historia de un alto dirigente de la República, quien había sido capturado por las tropas de Franco, al estallar la guerra civil en 1936, pero logró escapar. En vez de huir para salvar su vida, tuvo la ingeniosa y temeraria ocurrencia de regresar de noche y refugiarse subrepticiamente en el único sitio en donde sus enemigos jamás sospecharían que se ocultaría: en su propia casa.

Así permaneció durante la guerra civil y años más, escondido en el estrecho desván, sufriendo a causa del calor, el frío, la incomo- didad, la soledad y, sobre todo, el miedo cerval de ser capturado y ejecutado. Mientras tanto, su abnegada esposa viajaba sigilosa- mente a pueblos cercanos para comprar ropas y cigarrillos, para no despertar sospechas, hasta que una desventurada noche, ella cometió la torpe osadía de subir al desván… y de quedar delatadoramente embarazada.

Mi siguiente parada fue el puerto de Cádiz, en donde no lograba encontrar un sitio para pernoctar, mientras deambulaba errante y extraviado como un perro en medio de una procesión, hasta que, gracias a unas perras gordas que le di de propina a un galopín, este me consiguió posada en la calle de la Virgen de la Angustia. Allí pasé la noche en el hermético, incómodo y caluroso desván de aquella casa, sintiendo la presencia aterradora de ratas imagina- rias o de sedientos vampiros y la impresión de que compartía el destino fatal del pobre fugitivo malagueño.

Luego continué en tren hacia Sevilla y un buen hombre constató que yo no tenía comida. Con un gesto de hidalguía y generosidad muy ibérico, compartió conmigo las migas que traía en una bolsa de papel. No sé qué disfruté más –además del paisaje– si la mitad de un delicioso salchichón insertado en un sabroso bollo de pan y los exquisitos sorbos de un buen vino, con lo que rompí el ayuno de aquel día, o ese gesto noble de solidaridad humana que aún era respetada como una virtud suprema.

Al llegar, me alojé en el antiguo barrio de Santa Cruz, en donde tuve la suerte de encontrarme con otros estudiantes aventureros, por lo que alegremente recorrimos juntos el soberbio laberinto de Sevilla. Fue así como una noche paseábamos por las empedradas callejuelas de Jamerdana, Lope de Rueda, Mesón del Moro, Pimien- ta, Callejón del Agua y la que se nombró en honor de Miguel de Mañara, el célebre y disoluto seductor de Sevilla quien, al final de su vida, se convirtió en un filántropo penitente y cuyas aventuras amorosas sirvieron de inspiración a Zorrilla en su Don Juan Tenorio y a los burladores de Tirso de Molina, Mozart, Molière, Byron y Shaw.

Pasábamos frente al palacio llamado la Casa de Pilatos, una joya de la arquitectura renacentista construida por el marqués de Tarifa, cuando alguien recordó la historia de un gallego quien andaba borrachito por esos rincones al amanecer y se encontró con un andaluz
al que le preguntó: “Dígame, su merced, si ese disco luminoso, grandote y redondo que se ve allá a lo lejos es el sol o es la luna”. El otro miró hacia donde señalaba el gallego y con una gracia muy andaluza le contestó: “¡Disculpe usté, señó, pero es que yo no soy de aquí!”.

Otra noche bebíamos una sangría en El Rinconcillo, la taberna más antigua de Sevilla y alguno de aquella pintoresca tropa nos contó que una de las historias favoritas de Ortega y Gasset era la de un andaluz mal encaminado en lo que se refiere a sus obligaciones religiosas, a quien el cura amonestó severamente: “¡Además de que ya no asistes a la misa, estoy seguro de que ni siquiera te has aprendido los diez mandamientos, como te lo ordené!”. El otro, atinó a contestar: “Yo me los iba a aprendé, pero es que por ahí escuché el runrún de que los iban a cambiá!”.

Mientras saboreábamos toda aquellas anécdotas reveladoras del ingenio y la picardía de ese pueblo simpático, alegre y jovial que disfruta la vida con un delicioso grano de humor, alguien más contó la historia de otro cura severo que regañaba a un andaluz: “¡Es que tú, a tu hijo no le enseñas nada de religión. El otro día pude cons- tatar que ni siquiera sabe cómo murió nuestro señor Jesucristo!”. El amonestado, sin saber qué replicar y sin perder la compostura, le contestó: “¡Es que, como yo no sigo las noticias… no me había enterao! ¡Vaya! Entonces… nuestro señó… ¿ya se murió?”.

Al día siguiente, un sábado, fuimos a visitar la Iglesia de la Virgen de Triana, para contemplar un excelente cuadro de Zurbarán que nos habían recomendado. Pero lo que nos correspondió presenciar fue una espléndida boda, en la que la novia era una de esas doncellas ex- quisitamente bellas, delicadas y graciosas que forman el verdadero tesoro de Sevilla, cubierta con un esplendoroso vestido blanco y co- ronada con una fina diadema de perlas que ceñía su negra cabellera.

Tuvimos la buena fortuna de sentarnos a la par de un periodista del ABC, quien cubría la corrida de aquella tarde y quien tuvo la pa- ciencia de explicarnos algo sobre la ciencia, el arte y el ritual de la tauromaquia, ese valiente desafío a la fatalidad, ese duelo mortal en el que el instinto unido a la fuerza bruta se enfrenta a la inteli- gencia unida con la temeridad.

Así nos enteramos de que allí los nobles caballeros maestrantes, quienes se entrenaban en el arte de la equitación, toreaban y ma- taban los toros a caballo, hasta que los matadores de los barrios populares, como Costillares y Pedro Romero, introdujeron la inno- vación del toreo a pie. Algo logramos entender, además, de lo que es un farol, un garapullo, una media luna y un capotazo o lo que es gallear, capotear y acachear, mientras intentábamos comprender lo que hace el picador, el rejoneador, el varilarguero, el cachetero, el puntillero o el mozo de estoques.

Quiso la mala fortuna que un desafortunado capeador, en aquella faena, enfrentó torpemente a su rival. Cuando el enorme rumiante lo envestía, las verónicas del lidiador resultaron grotescas y sus pases de muleta revelaron poca destreza. En el rictus que se dibujaba en su rostro se reflejaba la inseguridad, el miedo y la vergüenza de constatar que esa tarde él no sabía, no podía, ni tenía ánimo de torear, pero que se imponía la sagrada obligación de enfrentar la muerte, porque su sentido del honor le impedía complacer el
más íntimo y apasionado de sus deseos: huir.

Sentí pesar, simpatía y un profundo respeto por aquel hombre quien, a pesar del miedo visceral que le asaltaba, lograba vencerlo con una dignidad varonil, que es la forma más elevada de la va- lentía. No lograba comprender por qué, en lugar de respetarlo, infundirle valor y solidarizarse con el torero, el público la empren- dió contra él y no le reconocía el extraordinario mérito de vencer el pánico que le inspiraba aquella enorme fiera que furiosamente arremetía instintivamente contra él, con el firme propósito de cla- varle sus cuernos puntiagudos y matarlo, en lugar de embestir el capote, como si se tratara de un toro daltónico.

Pero nos sorprendió que, a pesar de que en sus labios se había petrificado una sonrisa, los ojos casi ocultos tras los velos no irra- diaban esa alegría contagiosa que sienten todas las muchachas el día en que se encaminan jubilosas al altar, con la íntima ilusión de alcanzar la quimera del amor y de la felicidad conyugal. Aunque sonreía forzada y nerviosamente, sus negros ojos delataban una tristeza profunda y un amargo sentimiento de abnegada resigna- ción que nos conmovió profundamente.

Sin embargo, la duda se fue aclarando cuando la novia llegó al altar y se colocó a la par de un hombre pequeño, regordete, un poco calvo y avanzado en edad, pero vestido elegantemente con un traje negro, quien angustiosamente se enjugaba el sudor de su feo rostro con un pañuelo, mientras se regodeaba con aquella boda y la inminente luna de miel con aquel manjar. Entonces, una mujer delgada y morena, que parecía gitana, adivinó nuestro estupor y, en voz baja, nos reveló discretamente: “¡Es una boda triste… Pero es que ella es pobre y ese señó tiene mucho parné!”.

El domingo fuimos a la plaza de toros de la Maestranza, con su bella fachada barroca del siglo XVIII, en el antiguo barrio de El Arenal, a la orilla del río Guadalquivir, que había servido de puerto a las naves en las que partieron muchos de nuestros antepasados.

El más iracundo e indignado era un fanático, quien desde la gradería lanzaba las más duras ofensas al torero por su torpeza, recurriendo al más vasto arsenal de insultos taurinos, sin respetar siquiera el honor de la virtuosa progenitora quien había engendrado a aquel valiente torero que sentía miedo, pero lograba dominarlo varonil- mente. Cuando llegó lo que en la jerga taurina denominan “el mo- mento de la verdad”, cuando el pobre diablo debía matar a aquel mamífero cornudo, su temible e involuntario rival en aquel duelo mortal, esa avalancha de insultos alcanzó su punto culminante.

disfrutaba unas enormes albóndigas, por lo que pidió que le sir- vieran lo mismo. Pero el mesero le contestó que eso era imposible porque aquellas albóndigas eran escasas, ya que eran los testícu- los del toro que acababan de matar en la lidia, pero le prometió reservarle los de la siguiente corrida.

Con la puntualidad de don Juan Tenorio y don Luis Mejía, regresó el forastero, el domingo siguiente, y le pidió al mozo el plato prometi- do. Pero protestó al constatar que le sirvieron unas albóndigas dimi- nutas. El camarero, con mucho aplomo y una gracia muy andaluza, le respondió: “El señó debe comprendé que hay domingos en los que el toro pierde, pero también domingos en los que… el toro gana”.  

Pero, en lugar de clavarle la espada en la cerviz, levantándose de puntillas y espigando su cuerpo con elegancia, él le propinaba tor- pemente unas dolorosas estocadas en el lomo, como si intentara pinchar al pobre animal, el cual también despertó en mí una solida- ria simpatía. Sentí que yo zozobraba en un mar de tenebrosas con- fusiones e insensatas contradicciones en aquel conflicto de lealtad, pues ya no sabía a cuál bando debía apoyar, ni con cuál de aquellos dos seres de carne y hueso debía identificarme. Tampoco lograba comprender por qué aquellos rivales no podían concluir amistosa- mente aquel duelo absurdo y mortal, estrechándose la mano en fraternal camaradería, pues ambos esgrimían grandes méritos y ninguno de los dos merecía morir.

Habiendo agotado todo su inconmensurable repertorio de filípi- cas, catilinarias, anatemas y epítetos taurinos, y aprovechando el silencio glacial en el que la banda taurina dejó de tocar La Virgen de la Macarena para emprender las primeras estrofas de Sangre espa- ñola, aquel torómano decidió propinarle el golpe de gracia a aque- lla víctima, en el paroxismo de su santa ira. Entonces, con una voz estentórea que atravesó toda la plaza de toros de Sevilla, en plena dictadura franquista, aquel fanático le lanzó la estocada mortal: “¡Rojo!” – “¡Bolchevique!” – “¡Ateo!”– “¡Comunista!”.

Al salir de la plaza de toros, una compañera comentó que se había enterado de que cerca de allí, entre el Paseo de Cristóbal Colón y las calles Arfe, Díaz y Santander, había un magnífico restaurante en donde, en una ocasión, un forastero notó que su vecino de mesa disfrutaba unas enormes albóndigas, por lo que pidió que le sirvieran lo mismo. Pero el mesero le contestó que eso era imposible porque aquellas albóndigas eran escasas, ya que eran los testículos del toro que acababan de matar en la lidia, pero le prometió reservarle los de la siguiente corrida.

Con la puntualidad de don Juan Tenorio y don Luis Mejía, regresó el forastero, el domingo siguiente, y le pidió al mozo el plato prometido. Pero protestó al constatar que le sirvieron unas albóndigas diminutas. El camarero, con mucho aplomo y una gracia muy andaluza, le respondió: “El señó debe comprendé que hay domingos en los que el toro pierde, pero también domingos en los que… el toro gana”.

Rodrigo Madrigal Montealgre
Académico, Politólogo, Ex Viceministro de Cultura

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

Comentarios

Cargando...