Ay Don Pepe…! Mi Don Pepe, Nuestro Don Pepe…!

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Daniel Baldizón-Chaverri, Periodista.

¡No…, dígale al camarada Mao que está equivocado…! Un silencio gélido y sepulcral, reinó por segundos que parecían siglos. El traductor abrió desmesuradamente los ojos, balbuceo una frase ininteligible y quedó mudo; al fondo, como poniéndole música, solo se escuchaba el monótono y siempre igual ruido del tren personal del Presidente Mao Zedong, líder indiscutible de la República Popular China, la nación más poblada del planeta. Idiay –insistió Don Pepe—, dígale que esos campos no son de sorgo: es maíz. El traductor, tieso como palo mayor de un velero preso de la peor de las desventuras, masculló, casi de manera imperceptible: Don José yo no le puedo decir al Presidente Mao que está equivocado… Pues dígaselo ya, insistió Don Pepe Acto seguido, Mao Zedong –susceceptible como era—, con un gruñido manifestó su impaciencia ante la falta de fluidez de la conversación, por lo que, el traductor no tuvo mas opciones y –presa del más honesto terror— tradujo  lo dicho por Don Pepe en esa gira por los campos agrícolas cercanos a Beijing. Luego de varios segundos, el Presidente Mao rompió en carcajadas y dijo: Sí, es verdad, es maíz. Y la conversación siguió su curso.

Con esa anécdota, Don Pepe, recibió a la comitiva del Vicepresidente de la Federación de la Juventud de China, el joven Li-Gang, una soleada y ventosa mañana de 1983, en La Lucha.

A la sazón, estaba yo a cargo de la Secretaría de Prensa y Comunicación Política de la juventud del partido liberación nacional y por ello me tocó en suerte atender a la primera delegación de Jóvenes Comunistas Chinos que —en plena guerra fría— visitaban Costa Rica y al Partido Liberación Nacional.

Mi corazón palpitaba rápidamente al presentir el encuentro que en un rato más se llevaría a cabo como parte del programa que le preparamos a la Delegación del Lejano Oriente. El Caudillo nos pudo atender y, aunque no era ni la primera ni, gracias a Dios, la última vez que tenía el gusto de oír a Don Pepe, escucharlo fue una novedad, nutrida de los más variopintos personajes, desde el ya mencionado Mao Zedong de la anécdota que acababa de contar, hasta John Kennedy pasando por  Haya de la Torre, Juan Bosch, Carlos Andrés Pérez y su “compa”, el más humilde peón de su finca “Santiaguito” con quién lo unió por siempre la mas hermosa amistad.

Llegamos a La Lucha y Don Pepe, sin protocolo, nos recibió en compañía de su administrador en una bodega atiborrada de sacos de yute, primer producto de la finca, que mostró ahí, con su rugosa mano. Hicimos un recorrido por  la reciente historia de la finca, comprada en una aventura agro-industrial de Don Pepe. Abordó también  su tema favorito: Costa Rica, su desarrollo y cómo llevar más a los que menos tienen. Habló también de la revolución del 48, gesta que tiñó de honor a su más visible cabeza y que marcó para siempre el futuro de Costa Rica, país pequeño, pobre y, desde que yo me acuerdo, en vías de desarrollo.  Don Pepe,  ensamblado en España, nació un buen 25 de setiembre del lejano 1906,  en San Ramón de Alajuela, para paz y bien de todas las generaciones por venir de Costa Rica.

Hablar de Don Pepe, hincha el corazón. De orgullo. A cualquier costarricense. Era más bien bajito de estatura y de profundos ojos azules; supo interpretar el signo del cambio de los tiempos y —al menos en mi conocimiento—,  como ningún otro  general triunfador, tuvo  el valor de abolir el ejército que le sirvió para conquistar el poder político y, además, reinstalar en la cabeza del ejecutivo a quién legítimamente había ganado las elecciones, a Don Otilio Ulate Blanco.

Don Pepe, espartano en sus costumbres de vida, vivió con gran modestia: despreciaba los signos “chabacanos” de riqueza y tuvo la firmeza de marcar con su pensar y praxis, al amor de sus amores, a Costa Rica. El sello de Don Pepe lo llevan infinidad de organizaciones del estado y, yo mismo, hijo de una costurera y de un zapatero, de no haber crecido en un estado paternal,  solidario y  socialdemócrata, —que usó la riqueza del país para distribuirla en casas, salud universal y educación accesible—, muy probablemente, tendría hoy otra realidad, pues difícilmente  hubiéramos podido romper la cadena de pobreza, persistente –aún— en tantos países de la región.

Presentamos pues este libro, fruto de muchas voces, afinadas todas con el diapasón del sentir de un hombre que marcó a Costa Rica con lo mejor de él. Por ello, en ésta relación dialéctica entre los jóvenes periodistas—entrevistadores  y los entrevistados, algunos de ellos con muchos años de juventud acumulada,  surge, briosa y contemplativa, la figura de un Don Pepe que, visto  desde todos esos ángulos, comparte como factor común, con los unos: el sagrado privilegio de haber vivido pedacitos de sus vidas con Don Pepe, y  con los otros: acceder en carruaje de lujo los fragmentos de la vida del Caudillo que, de ninguna otra forma, jamás podrían haber sabido con tanta precisión de él.   La voz y presencia de todos los entrevistados, dan carácter y firmeza a un libro que aspira a quedarse en el colectivo patriótico de  Costa Rica y  de los costarricenses.

Las actuales generaciones crecen y piensan que todo ha estado siempre ahí: internet, teléfonos inteligentes, cable, mega supermercados y tantas y tantas cosas que hoy hacen la vida más cómoda. Pero todo costó, y mucho. Lejanos están los días en que lo máximo era tener, casi con adoración en la casa, una lata de frutas en conserva, fruto del contrabando hormiga con Panamá, acompañada, ojalá, de unos chocolates gringos y, en el éxtasis del consumo, unas tenis  marca “Bracos”. Esos procesos de apertura. Esa generación de bienestar para “los que menos tienen”, fueron sembradas, abonadas y cuidadas por José Figueres Ferrer y muchos otros buenos costarricenses que le siguieron. Don Pepe, prohombre fundador de la segunda república de Costa Rica, bajito, menudo, de carácter férreo y voluntad incólume; humano y, por sobre todo, costarricense: a él, en honor a su vida y obra, le presentamos hoy este libro, tributo a sus quehaceres de hombre, estadista y ser humano.

Gracias, Don Pepe…

 


Este artículo forma parte del libro: «Don Pepe: crónicas al pie del hombre», editado por Daniel Baldizón-Chaverri  y Froilán Escobar González, fruto de muchas voces, afinadas todas con el diapasón del sentir de un hombre que marcó a Costa Rica con lo mejor de él. Aquí Don Pepe, sueña, vive, lucha, es papá, político, organizador, amigo, hombreenamorado, es decir, hombre de su tiempo, y del nuestro, por supuesto.

 

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