Benjamín Sevilla: Los sueños frustrados de una juventud en la desesperanza

El tema es que hay sectores que se benefician teniendo los colectivos de jóvenes sometidos a la ignorancia y la superficialidad, pero le rehúyen a aquellos que tienen criterio propio y que, además, analizan con profundidad los problemas sociales.

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Benjamín Sevilla García
, Abogado, Secretario de Juventud ANEP

Este 12 de agosto, Día Internacional de la Juventud, las personas jóvenes no queremos escuchar las tradicionales adulaciones de quienes nos han visto como simples objetos electorales. Por el contrario, nos gustaría escuchar que las juventudes estamos preparadas para aportar en la construcción de un plan estratégico que genere respuestas certeras a los problemas comunes, que incluya pluralidad de pensamiento; y, que, nos permitan participar oportunamente en los diversos espacios de toma de decisiones.

Una declaración de esta naturaleza, indudablemente, lleva consigo la idea de la responsabilidad que tenemos las personas jóvenes para asumir, con valor, una posición crítica y propositiva. No se trata de invocaciones o muletillas, sino de una actitud patriótica de denuncia y de propuesta, de razón y no de populismo.

La falta de capacidad en la clase política para determinar y atender prioridades, cansa, lo mismo que la actitud cómplice de quienes hacen silencio. Pero, cansa aún más el ruido ineficaz de quienes sólo persiguen culpables, la actitud de aquellos individuos que maximizan errores y señalan debilidades, sin tener la decencia de proponer algo que sirva y que sea diferente.

Los sueños de nuestras juventudes se ven frustrados por las desigualdades, la pobreza, el desempleo, la precarización y flexibilización del empleo, las indiferencias y la falta de oportunidades. Esto nadie lo duda, porque abundan las estadísticas, pero la desesperanza se fortalece por la falta de acciones concretas y radica, precisamente, en la inexistencia de una ruta estratégica que dé resultados.

Otro factor que frustra los sueños de nuestras juventudes es la carencia de una adecuada formación democrática. Nos imponen que el único camino para incidir en las transformaciones sociales es el que nos ofrecen los partidos políticos. Así, se ignora la cohesión social, la responsabilidad de otros actores que operan a partir de una conciencia de identidad propia. Y se rechaza, además, toda forma de organización social fuera de las estructuras políticas.  Todo esto atenta contra los valores y principios democráticos, en cuanto a la lógica de pesos y contrapesos, participación ciudadana, libertad de expresión, tolerancia, justicia, solidaridad, otros.

Los grandes temas relacionados con el “caos climático”, las nuevas actividades productivas, el trabajo del futuro y la transición justa, que deberían ser debatidos principalmente en atención a las personas jóvenes y el futuro de las nuevas generaciones, se maneja mayoritariamente desde la experiencia política y no en armonía con el conocimiento técnico-científico. El mal manejo de esta temática también genera incertidumbre en la población joven, pues la falta de interés por garantizar un futuro prometedor, se traduce como indiferencia hacia las juventudes y crea una barrera que interrumpe el encuentro intergeneracional.

La crisis que enfrentamos las personas jóvenes es mayor si se toma en cuenta el populismo y la superficialidad del “pseudoprogresismo” que, al amparo del cambio social y la evolución de los derechos humanos, se inventan nuevos principios o nuevos términos con los que pretenden explicar “lo actual” y desplazar lo que suelen llamar “conceptos retrógrados”.  La idea de evolución e innovación se debe comprender como un avance intelectual y no como un retroceso o entorpecimiento colectivo. El tema es que hay sectores que se benefician teniendo los colectivos de jóvenes sometidos a la ignorancia y la superficialidad, pero le rehúyen a aquellos que tienen criterio propio y que, además, analizan con profundidad los problemas sociales. Por eso es más fácil encontrar jóvenes con carteles y consignas, que jóvenes debatiendo los problemas nacionales.

Finalmente, nos llena de alegría que en nuestros países existen jóvenes que han cultivado adecuadamente el pensamiento, que tienen sentido crítico. Los encontramos, aunque muy pocos, en los partidos políticos; en las organizaciones sindicales; en la academia; en los comités cantonales; en las iglesias; y, así, en todos los grupos organizados de la sociedad civil. Por otra parte, vemos como un pequeño rayo de esperanza la conducta de algunos colectivos jóvenes que están cuestionando las estructuras de poder, están buscando nuevos liderazgos y están actuando en contra de la manipulación informativa.

 

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