Bernal Herrera Montero.

En memoria de Aaron Bushnell

En 1963, en Vietnam del Sur, un monje budista, Thich Quang Durc, se auto-inmola como protesta contra la situación de ese país durante la guerra de Vietnam. La protesta asombró al mundo, y la dramática imagen del monje, sentado y sin mover un músculo mientras ardía, tuvo una enorme difusión. Su ejemplo fue seguido en los Estados Unidos, como protesta contra la guerra de Vietnam. Solo en 1965, Alice Herz, una mujer judía de 82 años que había huido del régimen nazi, se prendió fuego en Detroit; y Norman Morrison, un cuáquero de 31 años, lo hizo frente al edificio del Pentágono. Estos y otros actos similares tuvieron menos difusión.

En agosto de 1968, la extinta Unión Soviética invadió la hoy también desaparecida Checoeslovaquia y suprimió la “Primavera de Praga”, un intento de democratizar el régimen dando mayores libertades a sus ciudadanos, para crear un “socialismo con rostro humano”. El movimiento pudo haber revitalizado el llamado “socialismo real”, pero fue aplastado. En enero de 1969 Jan Palach, un estudiante checo de 20 años se auto-inmoló en Praga como protesta contra la invasión. La noticia tuvo una enorme difusión en Occidente, no así otras inmolaciones ocurridas allí durante esos trágicos meses.

La auto-inmolación es un acto extremo. Provoca una muerte dolorosa o una vida marcada por terribles quemaduras. La atávica presencia del fuego lo convierte en acto sacrificial por excelencia; una forma radical de protesta no-violenta, pues no pone en riesgo a nadie más. Teniendo algo de suicidio, se diferencia de la mayoría de estos en que la muerte, libremente aceptada y públicamente ejecutada, busca mejorar la vida de otras personas. Esta dimensión de solidaridad colectiva explica los monumentos hechos a personas como Palach y Thich Quan Durc, y su impronta en la memoria colectiva de sus países.

Tomando en cuenta su carácter extremo, hay más casos de auto-inmolación de los esperados. En casi todos ellos, el ejemplo del monje budista vietnamita marcó una pauta para quienes lo siguieron, pues a partir de 1963, la gran mayoría protestaban contra un crimen o injusticia cometida contra otras personas, raras veces parte del círculo inmediato quien se inmola. Solo en casos aislados se denunciaba una afectación personal. En cuanto a los hechos contra los cuales se protesta, la gama es más amplia. A veces se trata de situaciones locales, como el estudiante que se prendió fuego en la India en el 2010, protestando contra la falta de autonomía de su provincia, alcanzada cuatro años después, en el 2014. Otras veces se trata de situaciones particulares pero parte de otras mayores, como el obrero chileno Sebastián Acevedo, auto-inmolado en 1983 protestando contra la negada detención de un hijo y una hija por parte de la temida Central Nacional de Informaciones, principal órgano represivo de la dictadura de Pinochet. Días después la dictadura se vio obligada a reconocer su detención y a liberarlos.

La mayoría de las inmolaciones no trascienden en los medios internacionales ni parecen generar reacciones colectivas apreciables, caso de las del Tibet, el país donde más abundan, como protesta contra el régimen chino. Pero en otros casos las repercusiones son inmensas. Uno de ellos es el de Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante tunecino quien tras sufrir reiterados abusos por parte de la policía, se auto-inmoló en el 2010, desencadenando la llamada Primavera Árabe, masivas protestas en varios países del mundo musulmán que provocaron el derrocamiento de los gobiernos tunecino, egipcio y yemení, y cuyos logros, lamentablemente, han sido bastante revertidos.

Muchos factores parecen influir en la enorme disparidad de la cobertura mediática a estas inmolaciones. Contra lo esperable, la ubicación geográfica no parece determinante, pues la del monje budista y la de Bouazizi han estado entre las más comentadas en los medios occidentales. En Costa Rica, ninguna de las ocurridas en países de América Latina tuvieron difusión por acá, como sí la tuvieron la de Jan Palach y Bouazizi.

El factor crucial parece ser el contexto. Las inmolaciones en protesta contra un régimen autoritario, o una guerra, invasión o conflicto militar con repercusiones geopolíticas de peso o involucrando a las grandes potencias, reciben más cobertura. Esto ayudaría a explicar la repercusión de la de Thich Quang Durc, cuyo contexto es la Guerra de Vietnam, y de Jan Palach en Checoeslovaquia, en el contexto de la Guerra Fría.

Pero no siempre es así. Pensemos en las de Tibet, o en el muy reciente caso de Aaron Bushnell, miembro activo de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, auto-inmolado el pasado 25 de febrero frente a la Embajada de Israel para protestar contra el apoyo de Estados Unidos a los crímenes de guerra cometidos en Gaza por Israel, ya catalogables como genocidio por la hambruna colosal y las inhumanas condiciones de vida provocadas voluntariamente por los impedimentos israelíes a la entrada de ayuda humanitaria básica. La auto-inmolación de Bushnell reunía los requisitos para merecer una amplia difusión, pero no fue así. Otra auto-inmolación anterior y por las misma causas, efectuada ante el consulado de Israel en Atlanta el 2 de diciembre, fue aun menos difundida.

Resulta inevitable pensar en una decisión de los medios occidentales de invisibilizar tan dramáticas protestas contra las acciones de Israel y los Estados Unidos relativas a Gaza. Ciertamente pueden haber otros factores, como la saturación de hechos y noticias sobre este y otros conflictos. Pero me pregunto: ¿cuál hubiera sido la cobertura si la inmolación la hubiera realizado un soldado ruso en la Plaza Roja, como protesta contra la invasión de Ucrania? Lo invito a hacerse la misma pregunta.

 

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Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.