Bernal Herrera: COVID-19, facetas sociológicas

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Bernal Herrera Montero, Filósofo y Literato (Ph.D)

Altamente contagiosa y con una tasa de mortalidad más alta que la gripe común, el COVID-19 es una enfermedad peligrosa, siendo necesario combatirla con energía. Igualmente necesario sería, y urge hacerlo, combatir las muchas enfermedades y problemas de salud que asolan el mundo, tales como la tuberculosis, que en el 2018 afectó a diez millones de personas y causó millón y medio de muertes. O las enfermedades diarreicas, que solo entre la población infantil menor de cinco años, afecta cada año a más de millón y medio de infantes, y mata a más de medio millón.

A diferencia de lo que ocurre con tales padecimientos, la reacción al COVID-19 ha generado medidas inéditas: países enteros semi-clausurados; cientos de millones de personas en cuasi-arresto domiciliario; escuelas, colegios, y negocios cerrados; y un largo etcétera. Sin duda opera el miedo a lo desconocido, pero eso no lo explica todo. Cada año hay olas de enfermedades respiratorias y la gripe causa, por sí sola, cientos de miles de muertos. Además, la actual pandemia no es del todo inesperada, pues hace años se viene advirtiendo la inminencia de algo así, y no solo en círculos especializados. La información circula incluso en Netflix, una de cuyas series, En pocas palabras (Explained), dedica un capítulo al tema, titulado Pandemia, tomando el SARS como ejemplo.

Solo el tiempo dirá cuán grave resulte epidemiológicamente el COVID-19, y hasta dónde y cuándo llegarán las medidas para combatirlo. Lo que sí es ya claro es que tales medidas implican la cesación o disminución de muchas actividades intrínsecas al mundo contemporáneo, y que inevitablemente tendrán consecuencias sociales de la máxima seriedad.  ¿A qué se debe que mientras el COVID-19 tiene a medio mundo aislado y semi-paralizado, los millones de muertos anuales por enfermedades tratables como la tuberculosis, la diarrea y el paludismo no logren movilizar recursos o generar medidas ni lejanamente parecidas?

De las muchas y complejas razones me interesa aquí una, de tipo social. Como el SARS y el MERS, también el COVID-19 se originó en Asia, pero mientras el MERS no salió de allí y el SARS se extendió muy poco, el COVID-19 se expandió rápidamente a muchas zonas, con especial fuerza (al día de hoy) en Europa y, aunque todavía en menor escala, en América del Norte. Siendo China la segunda potencia mundial, y Corea del Sur el otro país asiático más afectado, es claro que estamos ante una enfermedad que ha afectado principalmente a países económicamente poderosos, acostumbrados a ver de largo muchas de las numerosas enfermedades y problemas de salud (diarreas, desnutrición, paludismo, accidentes ofídicos y un largo etcétera) que asolan a tantos países tropicales empobrecidos o, como se decía antes, subdesarrollados.

No solo la pandemia se ha centrado en países económicamente poderosos, sino que dentro de ellos una parte del impacto inicial lo han sufrido personas privilegiadas, acostumbradas a viajar con frecuencia y a tener una intensa interacción social, que van de jerarcas de gobiernos, congresistas, diplomáticos y esposas de primeros ministros, a estrellas de cine y de los deportes. Figuras del mundo mediático que nos rodea, social y geopolíticamente ubicadas en las antípodas  de los anónimos africanos subsaharianos que constituyen más del 90% de las víctimas del paludismo, o de los cientos de miles, mediáticamente inexistentes,  que mueren cada año de tuberculosis, no por falta de tratamientos conocidos, caso del Covid-19, sino por simple y llana falta de asistencia médica.

Dice un personaje de El otoño del patriarca, novela de García Márquez, que “el día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.” Si a la fecha las víctimas del COVID-19 no son las usuales, conforme la pandemia avance es probable que sean los mismos grupos de siempre quienes, por sus condiciones de vida, acaben poniendo la mayoría de las muertes. Pues una cosa es aislarse o estar en cuarentena en una casa amplia y bien ventilada que no en espacios pequeños y hacinados, por no hablar de un tugurio o de las personas indigentes. Pero el costo más grande para estas poblaciones posiblemente será el socioeconómico, que afectará con especial fuerza a quienes ya tenían dificultades para salir adelante, en especial a personas ubicadas en estratos laborales bajos del sector privado, y a quienes día a día la pulsean en el sector informal. Si la crisis del 2008 se centró en el sector financiero, la que recién inicia afectará a la así llamada “economía real”, en la cual se ubica la mayoría de la fuerza laboral.

En Costa Rica la institucionalidad pública ha respondido a la altura del reto, y desde la CCSS hasta Correos de Costa Rica y el ICE pasando por FANAL, las instituciones que constituyen una parte crucial del Estado Social de Derecho construido por las políticas sociales desde los años 40 hasta la crisis de los 80s, han dado la cara y están haciendo lo posible por enfrentar la pandemia de la mejor manera posible. Pero no todo va en la misma dirección. Gobierno y Asamblea Legislativa anuncian y aprueban proyectos para salvar a las empresas, algunos de los cuales parecen justificados, pero otros no, y en los que a menudo el diablo estará en los detalles.

No se oye, en cambio, de proyectos similares para respaldar a las personas y familias que van a experimentar dificultades extremas. Se ha propuesto que las empresas cuyos ingresos se reduzcan en un 20% puedan recortar las jornadas laborales hasta en un 50%, lo que parece asumir que una empresa que pierde la quinta parte de sus ingresos no puede funcionar con normalidad, pero que quienes allí laboran y sus familias sí pueden hacerlo aun perdiendo la mitad del suyo. Las personas que queden sin ingresos, como los meseros de los clausurados bares, ¿recibirán alguna ayuda? Salvar empresas está bien pero, ¿y las personas concretas? Lo que opera detrás de este tipo de concepciones es tan profundo que toca al lenguaje mismo con el que percibimos el mundo. Así, el lenguaje jurídico nos ha acostumbrado a hablar de “personas jurídicas”, pese a que las únicas personas dignas de tal nombre son las de carne y hueso. ¿Habrá alguna ayuda para ellas, o se repetirá el obsceno espectáculo de la crisis del 2008, cuando muchos gobiernos rescataron a los bancos privados que la crearon, mientras abandonaban a su suerte a los miles de familias que perdieron sus empleos y hogares?

La actual pandemia nos permite, incluso nos obliga, a analizar y repensar algunos discursos que hemos venido oyendo. Se nos ha dicho y repetido que nuestro sector público es ineficiente, que hay que reducir su presupuesto, que quienes laboran en él son una carga, y muchas otras cosas por el estilo. Pero es este sector y son estas las personas que están dando el grueso de la batalla contra la epidemia. Comparemos, por ejemplo, lo que vemos aquí con la situación sanitaria en USA, cuyo sector salud es dominado por el sector lo privado, y en donde personas adineradas sin síntomas se hacen el test del COVID-19, mientras que los ciudadanos de a pie no acceden a él aun teniéndolos muy fuertes.

El tema es de fondo. Los mismos sectores y medios de comunicación que en nuestro país han estado exigiendo recortar a fondo el gasto estatal, alegando la impostergable necesidad de bajar el déficit fiscal, ahora apoyan con entusiasmo proyectos que obligan al estado a trasladar miles de millones de colones en ayudas al sector privado, sin que importe su posible impacto en dicho déficit. Los mismos que exigen rebajar a como de lugar el presupuesto del sector público, exigen trasladar ingentes recursos a la empresa privada. Ejemplo del cinismo de este discurso es el artículo “Si hay patadas, hay pa’todos” (Página 15, La Nación, 20/3/2020), en el que, contra lo que su título sugiere, se recomienda cerrar instituciones públicas, reducir salarios públicos a la mitad, dejar que la empresa privada se deje los impuestos que cobra y otras cosas por el estilo, y trasladar todos estos recursos como ayudas al sector privado. Un título más preciso hubiera sido: “Patadas para el sector público y caricias para el privado”.

Decía Antonio Machado algo así como: “Si siempre habrá pobres, tratad de que no sean siempre los mismos”. Sospecho que la pandemia le hará más caso a lo dicho por el personaje de García Márquez que al poeta español. Habrá que ver qué rumbo toman las repercusiones sociales y económicas de la presente pandemia, pero sospecho que serán más profundas y duraderas que las epidemiológicas. Vienen tiempos duros. Ojalá esta dura lección nos ayude a replantearnos de una vez por todas el rumbo de la sociedad contemporánea, cuestionando y abandonando la actual prioridad en la competencia y la búsqueda de la ganancia y del “desarrollo”, incluso a costa de la salud física, social y mental de la población, y encuentre formas de priorizar valores que, como la solidaridad, la pluralidad y la equidad, fomenten la calidad de vida de la humanidad en su conjunto, y como requisito indispensable de esta, la salud del planeta que habitamos.


Bernal Herrera Montero, Filósofo y Literato (Ph.D), ha sido Rector de Docencia de la Universidad de Costa Rica (UCR). Hizo sus estudios en la Universidad de Costa Rica, en donde obtuvo los grados de Licenciatura y Maestría en Filosofía. Posteriormente obtuvo los grados de Master of Arts y de Philosophy Doctor en el área de Lenguas y Literaturas Hispánicas, en Harvard University. Actualmente se dedica a escribir y a la docencia como catedrático de la UCR.  bernalhe@yahoo.com

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