Bernal Herrera Montero.

En las pasadas tres Miscelánea comenté los grandes retos que suponen el deterioro de los sistemas ecológicos planetarios, la desigualdad en el acceso a bienes y servicios, y la injusticia de que quienes menos consumen sufran las peores consecuencias del deterioro ecológico. Retos cuya única solución parece ser pasar del paradigma centrado en el crecimiento económico, a uno basado en el decrecimiento.

Aunque como paradigma el decrecionismo es reciente, sus raíces son hondas. Al interior de la tradición occidental, algunas de sus ideas básicas aparecen ya en la concepción clásica de la llamada Edad de Oro, luego resumida por don Quijote de la Mancha en el capítulo XI de dicha novela. También aparece en movimientos medievales que buscaron la renovación del cristianismo, como las prédicas de la humildad y el respeto de la naturaleza de San Francisco de Asís, y en algunas de las utopías elaboradas a partir del siglo XVI. Esta larga tradición nos recuerda que la aspiración auna vida sencilla y tranquila ha sido un deseo constante de la humanidad.

Pero tal vez el documento fundante del decrecionismo lo sea el informe Los límites del crecimiento, emitido por el Club de Roma en 1972, cuya conclusión general es cada vez más evidente: un planeta limitado con recursos limitados no permite un crecimiento económico ilimitado.

Y si bien la evidencia histórica y fáctica de esta afirmación es tan abrumadora que, una vez formulada, debiera haber orientado la marcha de la humanidad, lo cierto es que, con actitud suicida, hemos mantenido en pie un sistema económico que la contradice frontalmente.

De las diversas razones para tan irracional conducta, me interesa aquí una: hemos sido entrenados para identificar el bienestar, e incluso la felicidad, con el consumo, en especial el material. Lo cual nos ha llevado a creer que decrecimiento y empobrecimiento son lo mismo. A asumir, contra mucha evidencia, que solo el crecimiento económico posibilita el desarrollo colectivo y el bienestar individual.

Este economicismo iguala la riqueza económica con el bienestar, pero el hecho es que existen diversos tipos de abundancia y de riqueza. Hasta hace poco, cuando se hablaba de la riqueza de un país solo se hablaba de su economía. Otras formas de riqueza nacional, como la histórica, la cultural o la natural, eran invisibilizadas. Hoy día esto empieza a ser superado, y también se toman en cuenta variables como el acceso a la educación y la salud. Así, Costa Rica tiene un Índice de Desarrollo Humano más alto que lo que una medición puramente económica le hubiera asignado. Pero nada de esto ha llevado a cambiar las estructuras culturales y económicas básicas del sistema capitalista vigente.

Los estudios más serios sobre la satisfacción personal indican que factores como el pertenecer a redes familiares y de amistades, realizar actividades que nos agraden, y tener tiempo libre, son mucho más importantes que la riqueza económica para ser felices. Una vez alcanzado cierto bienestar material, cualquier riqueza económica adicional suma poco o nada a la satisfacción personal. De hecho, a pesar del incesante bombardeo que nos alienta a consumir sin freno, la mayoría de las personas no centran sus vidas en enriquecerse al máximo. Muchas preferirían, en abstracto, tener más recursos económicos, pero logrado un cierto bienestar, prefieren dedicar su tiempo libre a actividades que les agradan. Esto da pie a algún optimismo, en tanto indica que el ser humano no posee ningún deseo natural de consumir y acumular sin límite, sino que este es alimentado por todo un entrenamiento social.

Vivimos en un sistema irracional, cuyo sistema productivo no está orientado a la satisfacción de necesidades, sino a la búsqueda insaciable de ganancias y acumulación de capital, fines explícitos del capitalismo. Ejemplos sobran. Así, pudiéndose fabricar artículos duraderos, el sistema prefiere producir y vender millones de artículos desechables o semi-desechables, que consumen abundantes recursos en su producción, y una vez desechados contaminan el planeta. Además, producto de la acumulación de capital, surge un consumo puramente suntuario, que no llena ninguna necesidad, reducido a ese escaso 20% de la población que consume el 85% de los recursos.

Mientras la economía esté al servicio de la ganancia y la acumulación de capital, y no de la satisfacción de las necesidades humanas, no hay posibilidades de resolver los retos que enfrenta la humanidad. Solo un cambio de paradigma permitirá atender las necesidades básicas insatisfechas de una muy amplia población, y al mismo tiempo recuperar y preservar los sistemas ecológicos. La idea central del decrecionismo, el decrecimiento económico, no equivale, entonces, a un empobrecimiento. Se trata de vivir mejor consumiendo menos, de llevar una vida más tranquila y frugal. Una vida como aquella a la que, según muchas evidencias, ya aspira una gran parte, acaso la mayoría, de la población.

Se impone aquí la pregunta: ¿es el decrecionismo una simple utopía más? Podría parecer que sí. Pero una vida más tranquila, con más tiempo dedicado a actividades placenteras que a enriquecerse, es la que ya lleva una gran parte de la población. No se requiere, entonces, cambiar al ser humano, sino al sistema económico.

Además, ¿cuál es la alternativa? Salvo que usted crea que un planeta con recursos limitados puede sostener una crecimiento ilimitado, la respuesta es clara: un planeta agotado, en una crisis sistémica, que acabará obligando, a la brava y mediante cataclismos sociales difíciles de imaginar, a limitar el consumo o a sacrificar a numerosas poblaciones. La verdadera pregunta, entonces, parece ser: ¿emprenderá la humanidad un decrecimiento controlado y pacífico, que permita formas sostenibles de bienestar y preserve el planeta? ¿O preferimos agotarlo y dirigirnos hacia un conflicto generalizado por los cada vez más escasos recursos disponibles?

 

 

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Bernal Herrera

Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.