Bernal Herrera: «La conversación como arte – 1» en Miscelánea

Hablar y conversar no son lo mismo. Para que una conversación sea posible, deben reunirse ciertos requisitos previos, varios de los cuales se han ido volviendo más difíciles de cumplir en el mundo contemporáneo. En esta Miscelánea exploramos algunos de ellos.

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Bernal Herrera Montero.

Thomas de Quincey, excéntrico escritor inglés cuyas Confesiones de un opiómano inglés, publicadas en 1822, donde nos cuenta su adicción, lo habían vuelto famoso, publicó en 1827 un ensayo que de inmediato se volvió célebre. Titulado Del asesinato considerado como una de las bellas artes, el texto se presenta como una conferencia cuyo expositor, usando entre sus ejemplos unos siniestros crímenes ocurridos en Londres algunos años antes, propone que el asesinato sea considerado no solo en sus aspectos legales y sociales, sino también estéticos. Propone, en suma, una valoración estética del asesinato. Tal vez no es casualidad que, veinte años, después Edgar Allan Poe empiece a publicar cuentos como “Los asesinatos de la calle Morgue” y “El misterio de Marie Roget”, con los cuáles inaugura la literatura policial o detectivesca, que dará nacimiento a personajes como Sherlock Holmes, y a una inmensa producción literaria y fílmica. Tal y como había planteado de Quincey, el asesinato había adquirido prestigio estético.  Algunos, siguiendo la pista de Quincey, se basaron en asesinatos reales para escribir literatura, caso de Truman Capote en su célebre A sangre fría.

Si de Quincey propuso valorar estéticamente el asesinato, tal vez no resulte descabellado proponer hacer lo mismo con la conversación, viéndola como un arte. Empecemos recordando que el significado de la noción de “arte” ha variado mucho a través de la historia. El término nace cuando ya existía una amplia producción cultural que luego, de forma retrospectiva, ha sido catalogada y descrita como artística, pero cuyos creadores fueron concebidos en su época de forma afín a lo que hoy día llamaríamos artesanos o técnicos. Tampoco es casual la cercanía de los términos artista y artesano, arte y artesanía, pues no será sino con el renacimiento que las nociones de arte y artista surjan y empiecen a adquirir su sentido actual. En resumen, que la histórica polisemia de la noción de arte nos permite intentar aplicarla a la conversación.

Ahora bien, ¿porqué hacerlo? Porque de ser aceptado ello nos daría una mayor conciencia de que, como ocurre con las demás artes, la conversación no es algo que se de siempre de forma espontánea, sino una actividad que requiere ser cultivada. Para la conversación, como para la pintura o la música, una persona puede traer un gusto y talento innatos, pero sin algún aprendizaje y una práctica constante, ellos no se desarrollan.

Aquí se impone una distinción importante: una cosa es hablar y otra, relacionada pero distinta, es conversar. De hecho, la mayoría de las veces que hablamos no conversamos. Intercambiamos información, recibimos o damos instrucciones, damos y recibimos opiniones, y un largo etcétera. Pero en tales ocasiones no conversamos. Hablar, comunicarnos, es un requisito de cualquier conversación, pero no alcanza. Hace falta reunir otras condiciones.

Empecemos por las más circunstanciales. El básico es una cierta dosis de tranquilidad, empezando por condiciones acústicas adecuadas. Resulta imposible conversar en medio de un escándalo, y cuando este llega a ciertos niveles, ni siquiera se puede hablar. Y aquí empiezan los problemas. Vivimos tiempos en los que un relativo silencio o un bajo nivel de sonido es cada vez más difícil de encontrar en espacios públicos, aquellos donde se desarrollan o desarrollaban buena parte de las conversaciones. Cada día es más difícil encontrar espacios silenciosos propicios a la conversación. Usted va a almorzar con alguna amistad, con la idea de conversar tranquilamente un rato, y a menudo la música de fondo está a un volumen tal que lo impide. Por suerte, conforme muchos sitios van siendo invadidos por el ruido, han ido apareciendo en nuestro país diversos cafés donde se valora el silencio y la conversación. Muchos de ellos están muy cerca de vías públicas que por momentos los llenan de ruido, pero es cada vez más factible encontrar alguno donde se pueda conversar adecuadamente.

El segundo requisito circunstancial es la ausencia o escasez de distracciones. ¿Cómo conversar si las personas que tratan de hacerlo deben responder órdenes o responsabilidades inaplazables?  ¿Cómo concentrarse en medio de gran cantidad de pantallas transmitiendo, en silencio o a todo volumen, todo tipo de programas? Distracciones ambientales como estas abundan cada vez más, pero muchas veces no son las principales. Con frecuencia las personas nos distraemos a nosotros mismos, donde quiera que vayamos, mediante nuestros dispositivos móviles. ¿Cómo conversar, si constantemente atendemos llamadas y chateos? Está uno en lo  mejor de la conversación, cuando el aparato anuncia la entrada de una llamada o una notificación de una de tantas redes sociales, y la persona, pidiendo o no disculpas, se dispone a revisarlas, y a menudo también a contestarlas. No hablo aquí de mensajes importantes que justifican una atención inmediata, del tipo que, por suerte, la inmensa mayoría de los mortales rara vez recibimos, sino de esos innumerables chateos o llamadas que bien podríamos atender en otro momento.

Así, entre la proliferación de los altos niveles de sonido, de las pantallas fijas en los establecimientos, y de los móviles de cada quien, se va volviendo cada vez más infrecuente encontrar y mantener la tranquilidad necesaria para experimentar uno de los grandes placeres permitidos por la condición humana: una agradable conversación.

Disfrutar de un ambiente propicio para ello está lejos de garantizar que la conversación fluya. Tal ambiente es, como ya dije, un requisito ineludible, pero está lejos de ser suficiente. La razón es sencilla: la conversación requiere una forma de comunicación que no siempre se logra. Un tema al que volveré en una próxima Miscelánea.

Aclaro que no hablaré de Europa como tal, pues sus límites han sido muy variables, y siguen sin estar del todo claros. Una razón para ello es geográfica: Europa no es un continente sino una península de Asia, y como tal carece de límites tan definidos como los de América o África. Además de una realidad geográfica, el nombre Europa suele denotar una realidad sociocultural, que ha sido muy variablemente concebida. A veces llegó a incluir a Rusia, por el carácter blanco y cristiano de esta. Pero ha sido más frecuente que aluda a Europa Occidental, con exclusión de Europa del Este. Incluso era muy popular el dicho de que “África empieza en los Pirineos”, lo cual excluía a España y Portugal por la influencia que allí tuvieron las culturas musulmana y judía. Por motivos similares muchos italianos del norte siguen creyendo que el sur del país no es del todo europeo. Y la visualización de algunos países balcánicos como europeos está lejos de ser unánime. ¿Cuántas personas, por ejemplo, en Europa y fuera de ella, consideran a Albania un país europeo? Por todo ello, me referiré aquí a la Unión Europea, a sabiendas de que esto excluye a países tan arquetípicamente europeos como Inglaterra, Noruega y Suiza. ¿Cuáles son, entonces, algunos rasgos de su actual coyuntura?

El primero, al que no volveré, es la ya comentada derechización de muchos de sus miembros. El segundo es el debilitamiento de sus estructuras comunitarias, e incluso de su proyecto socio-histórico, debilitamiento producido en buena medida por la acelerada incorporación de nuevos miembros de Europa del Este, cuya trayectoria histórica y cultura política difiere de la de Europa Occidental. En la Unión Europea las decisiones más importantes deben ser tomadas por unanimidad, y el aumento tanto del número de sus miembros como de las diferencias entre estos, le dificulta mucho tomar decisiones de fondo. Una cosa era poner de acuerdo a una docena de miembros con una historia relativamente compartida, aun desde el conflicto, y otra es hacerlo con veintisiete países con intereses y trayectorias muy distintas. Así, mientras los miembros más antiguos tienden a una cultura más laica, algunos de los nuevos son ultra-católicos, como Polonia, o tienen una gran población musulmana, como Bosnia y Herzegovina. Diferencias similares reaparecen un factores tan cruciales hoy día como la relación con Rusia. Esta dificultad de alcanzar consensos económicos, jurídicos, diplomáticos y militares, ha debilitado la fuerza y cohesión de la Unión Europea, una debilidad agudizada por la salida del Reino Unido, en un mundo que ya de por sí avanzaba hacia la bipolaridad China – Estados Unidos.

 

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