Bernal Herrera Montero.

En las dos Misceláneas anteriores comenté algunos de los factores que obstaculizan o favorecen el poder sostener conversaciones personales significativas. La conclusión general fue que, si bien conversar es algo mucho menos automático y espontáneo de lo que a veces se piensa, tampoco es tan difícil de lograr como la lista de los requisitos que mencioné podría hacer creer, pues a fin de cuentas lograrlo depende en buena medida de desarrollar la capacidad de escuchar, y de brindarle respeto intelectual y empatía afectiva a la otra persona.

Si dirigimos nuestra atención a lo que sucede en las muy necesarias conversaciones ya no entre individuos sino entre grupos sociales, veremos que mucho de lo dicho para la conversación individual aplica también a nivel colectivo. Sin embargo, ambas situaciones están lejos de ser idénticas.

Los niveles en que la conversación social puede analizarse son múltiples, y van desde la comunicación entre pequeños subgrupos de grupos existentes al interior de una sociedad, al muy necesario diálogo entre diversas naciones, siendo este último uno de los principales objetivos de organismos internacionales como las Naciones Unidas. Centrémonos aquí en algunos de los problemas que dificultan la conversación entre diversos grupos sociales al interior de una sociedad como la nuestra.

Observando nuestro entorno, podemos constatar una creciente incomunicación, una ausencia de conversación social. Si a nivel individual a menudo nos oímos pero pocas veces nos escuchamos, lo cual hace que hablemos muchas veces pero conversemos pocas, a nivel social la situación es aun peor, siendo cada vez más frecuente que distintos grupos ni siquiera oigan, ni quieran oír, lo que otros dicen. Una de las razones de esta diferencia es que si bien los individuos a menudo estamos obligados a al menos oír a personas cuyas ideas y valores no compartimos, los grupos sociales no sienten una parecida obligación de oír lo que otros grupos puedan estar diciendo.

A veces ni siquiera la existencia de un tema o interés compartido alienta la escucha y la conversación colectiva. Así, los miembros de la barra brava de un equipo de fútbol bien pueden pueden optar por limitarse a oír lo que opinan otros miembros de la misma barra, sin interesarse en lo que sobre lo ocurrido en un partido puedan decir los seguidores del equipo contrario. Esta invisibilización y deslegitimación de otras valoraciones y puntos de vista puede llevar a los miembros más fanáticos de una barra a rechazar visceralmente a las personas pertenecientes a la barra del equipo adversario. Llegados a este punto, nada les impide agredirlos, primero verbalmente, y luego, en los casos más radicales, también físicamente. Este tipo de situación, que ya hemos visto en nuestro país y en muchos otros, ejemplifica uno de los grandes obstáculos para la conversación social: las pasiones negativas, centradas en el rechazo visceral de otros grupos.

Un segundo obstáculo, muy generalizado, para una conversación social significativa entre distintos grupos lo son los prejuicios, que a menudo lleva a los integrantes de un grupo a negarse, ya no digamos a escuchar y tratar de comprender a ciertos grupos distintos, sino ni siquiera a oírlos. Es probable, por ejemplo, que la mayoría de quienes desprecian a quienes pertenecen a ciertos grupos, por el simple hecho de pertenecer a estos, nunca hayan tenido una conversación significativa con algunas de las personas que desprecian, ni tratado de entender su situación y puntos de vista. Pero aun si ello ha ocurrido, a menudo esto no los hace dejar atrás sus prejuicios contra el grupo como tal. En nuestro país, es la situación típica de quien, a pesar de relacionarse y tener buenas relaciones con una o más personas de nacionalidad nicaragüense, sigue sintiendo prejuicios contra la población nicaragüense en general. La posible simpatía por algunas personas concretas pertenecientes a un grupo discriminado, no es suficiente para que muchas personas cuestionen y abandonen su prejuicio contra el grupo como tal. Se muestra aquí, por así decirlo, una cierta capacidad para la empatía y la conversación individual, no así para la empatía o conversación colectiva.

Lo que sucede en un tema como el racismo ayuda a ilustrar las enormes dificultades que los prejuicios representan para la posibilidad de una auténtica conversación social. La ciencia ha demostrado hasta la saciedad que existe una sola raza humana, y la historia nos enseña que el racismo, a como lo conocemos hoy día, es algo cuya existencia no remonta más allá de los últimos cinco siglos. Pero nada de esto convence a los racistas, para quienes sentarse a tener una conversación significativa con miembros del grupo discriminado, y escucharlos con respeto y empatía, les parece totalmente innecesario, cuando no desagradable. Un fenómeno agudizado hoy día, cuando sin salir de la casa uno puede interactuar con personas y grupos de muchos lugares del mundo, y oír únicamente las ideas y argumentos de quienes reafirman, y a menudo radicalizan, nuestras propias convicciones.

Si esto ocurre en temas en los cuáles la evidencia científica es aplastante, ¿qué no podrá ocurrir en aquellos temas y ámbitos que, en tanto dependen mucho de ciertos valores, no son susceptibles de ser resueltos por la investigación y evidencia científicas?

Hemos visto, entonces, que tanto las pasiones negativas como los prejuicios infundados dificultan en gran medida todo intento de sostener una conversación colectiva, a través de la cual dos o más grupos se escuchen y traten de entenderse. Estas pasiones y prejuicios pueden ir asociados, o no, al tercero de los grandes obstáculos para la conversación social que me interesa comentar: la existencia de recursos, económicos o de otra índole, por cuyo control diversos grupos se enfrentan. Luchas que nos llevan directamente a la vida política, y a las características que en este ámbito asume la conversación social o la falta de ella. Un tema que espero tratar en una próxima Miscelánea.

 

 

 

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