Bernal Herrera: La peste en la literatura canónica occidental

La literatura escrita durante y después de la actual pandemia de COVID-19 inevitablemente registrará, recreará y refractará los cambios y fenómenos (inter)subjetivos producto de la actual experiencia colectiva. Será una de las muchas formas de procesar lo ocurrido hasta ahora y lo que venga después.

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Bernal Herrera Montero, Filósofo y Literato (Ph.D)

Hoy, 2 de agosto del 2020, con la pandemia global de COVID-19 y sus efectos de todo tipo aun en pleno desarrollo, Miscelánea inicia una nueva serie de podcasts, que tratará sobre el racismo: sus orígenes, desarrollo, consecuencias y manifestaciones actuales. Este es el primero y versa sobre el asesinato de George Floyd

Es también el momento de repasar, ahora por escrito, los temas tocados en la primera serie de podcasts, sobre el tema de la presencia de las pandemias en algunos textos canónicos de la literatura occidental.

Las pandemias, antes llamadas “pestes”, han acompañado a la humanidad a lo largo de su existencia, y su presencia y efectos han sido registrados por la literatura. En el caso de la literatura canónica occidental, tal presencia ha sido fuerte y constante, y aquí me limitaré a mencionar algunas de las obras más conocidas en que aparece.

La peste está presente en la literatura canónica occidental occidental desde sus inicios mismos. Uno de sus textos fundantes, La Ilíada, inicia informando que Apolo había  suscitado “en el ejército [griego] maligna peste”, como castigo al ultraje que Agamenón había inferido al sacerdote Crises. Tanta era la mortandad que Aquiles presagia, en la escena inicial, que deberán regresar derrotados a sus casas, “pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos”, y el subsiguiente conflicto entre Agamenón y Aquiles desencadena la acción de la obra.

La misma visión de la peste como castigo divino, y la misma función literaria como elemento desencadenante de la acción, reaparecen en otra obra canónica de la literatura clásica: Edipo Rey, de Sófocles. El drama inicia con un coro de suplicantes que acuden ante Edipo, rey de Tebas, para solicitarle que intervenga para alejar una peste: “la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflije la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos!” En ambos textos la peste es vista como un azote divino, un castigo por faltas humanas cometidas por reyes poderosos: Agamenón y Edipo. Pero mientras en La Ilíada tanto la falta como el culpable están claros desde el inicio, en Edipo Rey no lo está el culpable, pues se desconoce al autor del homicidio de Layo, el anterior rey de Tebas, crimen indicado por el oráculo como la falta a castigar, siendo la averiguación para encontrarlo la que pone en acción el drama.

La caída de Edipo, como la posterior de Agamenón, muertoo por Egisto, el amante de su esposa Clitemnestra, es el tema de tantas tragedias: la caída del poderoso, de quien  disfruta del éxito y los gozos que el destino le ha deparado. En el caso de Edipo las faltas mismas que ocasionarán su caída: la muerte de su padre y el fértil incesto con su madre, estaban escritas desde su nacimiento, y es huyendo de tan terrible destino como el infortunado Edipo cae en él. Los dioses castigan el haber asesinado a su padre (el incesto no es mencionado por el oráculo como causa de la peste, y es descubierto por casualidad durante la investigación), pero dicha acción estaba predeterminada, sin que Edipo pudiera evitarla. Ocurre aquí lo que en otros relatos religiosos: el ser humano es castigado por faltas que habían sido decididas por los mismos dioses que después las castigarán. Una idea expresada en La Ilíada cuando los ancianos troyanos, viendo los destrozos y violencias causadas por una guerra causada por los dioses, afirman que las guerras son causadas por estos para tenerlas como espectáculo. Es la visión de una cultura que, contra lo que a veces se dice de ella, a menudo vió el mundo desde una perspectiva tan religiosa como la del cristianismo.

Edipo Rey parece haber sido escrito y representado por los mismos años en que Atenas sufrió una terrible peste, narrada por Tucídides. En la época dorada de la Atenas clásica de tiempos de Pericles, quien será una de sus más ilustres víctimas, la peste azota la ciudad y la debilita a un punto tal, que nunca recobrará su antiguo esplendor y poderío. La peste, que en el drama de Sófocles desencadena la acción para luego salir de escena, era una peste muy real, vivida en carne propia por Sófocles y por quienes vieron sus primeras representaciones. Tal vez ello explica que allí, como en La Ilíada, baste con mencionarla al inicio para que el público recordara, sin necesidad de insistir en ella, todo el horror, la muerte y el sufrimiento que una peste conllevaba.

La historia puede ser irónica: Tebas, la ciudad que en el Edipo Rey es imaginariamente asolada por la peste, será arrasada, y buena parte de su población esclavizada y vendida, en el 335 a.n.e, casi exactamente un siglo después de la aparición de la obra, por otro tipo de azote de la humanidad, la guerra, en este caso liderada por Alejandro Magno.

Unos milochocientos años después del Edipo Rey, en 1353, aparece otra obra canónica cuya acción es desencadenada por otra peste memorable: el Decamerón, una de las obras más leídas de la literatura medieval. A diferencia de las obras de Dante, a quien admiraba, y de Petrarca, con quien lo unió una profunda amistad, leídas principalmente por estudiosos de la literatura, el éxito del Decamerón de Bocaccio con el público en general sigue vigente con el paso de los siglos, siendo uno de los libros más leídos de la literatura occidental. La razón es simple: está conformado por cien historias de diverso tono y longitud que pueden ser leídas y disfrutadas por aparte, y su mundo es de una riqueza y vivacidad inolvidables. Priva en ellas un tono crítico y humorístico que desnuda por igual a reyes y arzobispos que a campesinos, comerciantes y artesanos. Si el Dante había escrito la Divina Comedia del mundo medieval, aquí tenemos la “Comedia Humana” de tal mundo en los albores del Renacimiento. Dicho mundo nos es presentado en toda su variedad y riqueza, en sus esplendores y miserias, desde una actitud socarrona pero más comprensiva que hiriente. Entre los temas más reiterados delas narraciones están las aventuras y desventuras amorosas, la corrupción predominante en la Iglesia Católica, y el rol de la Fortuna en las vidas humanas. Es un mundo, o una colección de mundos, marcado por las pasiones humanas, entre las que destaca el erotismo y la avaricia, pintado sin complacencia pero también sin condena moralista.

El libro es, aunque no solo, lo que su autor nos dice que quiso que fuera: un libro de entretenimiento. Tan divertido libro fue escrito, sin embargo, durante e inmediatamente después de una de las pestes más fuertes que se recuerden: la que entre 1347 y 1350 asoló a Europa y liquidó a no menos de una quinta parte de su población, una peste que desata la acción literaria y el proceso mismo de escritura. Su estructura es conocida: siete mujeres y tres hombres, habitantes de Florencia durante la peste, deciden huir de esta yéndose a una quinta en las afueras de la ciudad, y para entretenerse cuentan una historia cada uno durante diez noches. Pero antes de que el narrador de paso a la primera historia, e incluso antes de que reúna y presente a sus protagonistas y los envíe a la quinta, nos cuenta lo que fue la experiencia de semejante peste. Es un testimonio conmovedor, que con gran economía narrativa describe cómo se sintió en Florencia, incluyendo sus síntomas médicas, las medidas de las autoridades, las diversas reacciones de la gente, y sus diversas consecuencias. El libro es de entretenimiento, pero antes de disfrutar este, nos dice Bocaccio, es necesario recordar y describir todo el horror y sufrimiento recién experimentados. Es casi inevitable sentir que el entretenimiento proporcionado es, entre otras cosas, una terapia tanto para su autor y sus lectores coetáneos y, porqué no, para los posteriores, incluyendo los actuales.

Si, como en La Ilíada y el Edipo Rey, la acción literaria la desencadena una peste, luego afloran las diferencias. La primera es la descripción misma de la peste, ausente de los otros dos textos, en especial del primero. Ya no basta mencionarla al principio y luego  aquí y allá. Ahora se la describe, brevemente pero lo suficiente para darnos una idea de lo que era vivir una peste real. Además, y esto es aun mas importante, la visión decididamente religiosa de la peste da paso a una idea más laica y naturalista. Bocaccio menciona que si bien  muchas personas vieron en la peste un castigo divino otras, entre las cuáles parece ubicarse él mismo, la consideraron una enfermedad para la cual no había cura conocida. La visión religiosa no ha desaparecido, y acaso seguía siendo la dominante, pero el texto registra y en alguna medida privilegia la emergencia de una visión naturalista, más moderna. Esta visión no se circunscribe a la percepción de la enfermedad sino también a las reacciones ante ella. Mientras el discurso religioso abogaba por una expiación de las faltas y pecados que originaron el castigo divino, Bocaccio y el Decamerón nos proponen dejar atrás el horror, agradecer que estamos vivos y disfrutar la vida mientras dure. Una actitud que, sin haber sido unánime, tuvo la fuerza suficiente para dar origen a la parte más laica y gozosa del Renacimiento, que poco después emergería en lugares como la Florencia de Bocaccio.

El autor reconoce y describe el impacto de la peste, pero luego huye de ella como de, literalmente, la peste. Por eso mismo, antes de describirla se cuida de anunciar que una vez cumplida esa obligación pasará a lo que es su propósito: divertirnos y educarnos. La peste es el disparador de la escritura y el contexto narrativo, pero a continuación sus personajes se refugian en la quinta y en las narraciones, y el texto se convierte en posible refugio ante nuestros propios sufrimientos.

Cuatro siglos y medio después del Decamerón, en 1912, aparece otro texto canónico de la literatura europea: la Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Vinculado con los textos mencionados por la presencia e importancia que en él tiene la peste, el relato de Mann responde a otro mundo mental e histórico, y por tanto literario. A diferencia del Edipo Rey y el Decamerón, y acaso también de La Ilíada, la Muerte en Venecia no alude a ninguna peste histórica. Esta siguió siendo una amenaza constante durante siglos, y en el período que va del libro de Bocaccio al de Mann hubo varias muy significativas, como la Gran Peste de Londres de 1665, que arrasó con una parte significativa de su población, y es descrita en la novela Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, publicada en 1722. Pero la gran peste de inicios del siglo XX, la de la así llamada Gripe Española, solo se produjo seis años después de la aparición de la Muerte en Venecia. Que la peste allí narrada no responda a ninguna peste real es significativo, pues introduce lo que será la nueva tónica de la presencia de la peste en la literatura canónica occidental del siglo XX: su función de metáfora de procesos colectivos e individuales.

Ya en el Edipo Rey aparecía dicha función metafórica, pero esta se anclaba en una peste histórica irreductible a su faceta de metáfora, la única actuante en el texto de Mann.

Reducida a síntoma y metáfora de una descomposición, la peste afecta a casi toda la ciudad de Venecia, pero el interés narrativo se centra en un proceso personal: la caída de Gustav von Aschenbach, un escritor famoso que sucumbe a una pasión homoerótica. Pasión que no solo no se consuma, sino que su joven objeto, con quien Gustav no llega a cruzar palabra, parece no enterarse del proceso que ha desatado. El relato también puede ser leído en clave colectiva y social, con Gustav von Aschenbach como representante de esa Europa aristocrática e imperial ya en proceso de descomposición, que muy pronto será arrasada por la I Guerra Mundial. Una posible lectura que, lejos de atenuar, acentuaría el carácter metafórico que cumple la peste en el texto de Mann, quien parece haber tenido una experiencia que le da a Muerte en Venecia una fuerte base autobiográfica.

Otro cambio notorio en su tratamiento del tema de la peste es la casi total desaparición de la visión religiosa, dominante en La Ilíada y el Edipo Rey y todavía presente en la descripción ofrecida en el Decamerón.  Si este soslayaba la visión religiosa y seguía la tradición medieval de crítica de los personajes y estructuras eclesiales, aquí la narración minimiza las alusiones a lo religioso, siendo una de las pocas el momento en que von Aschenbach entra a la catedral de San Marcos con la única finalidad de observar al joven de quien se ha enamorado. También novedosa es la importancia que en Muerte en Venecia adquiere un tema brevemente mencionado en el Edipo Rey: las implicaciones económicas de la peste, que en el texto de Mann lleva a las autoridades de la ciudad y a la administración del hotel a negar la obvia presencia de la peste, para evitar dañar la actividad turística.

Uno de los principales cambios que Muerte en Venecia introduce de cara a los otros textos mencionados es la aparición de un sujeto moderno, no sometido a los dioses como en La Ilíada y el Edipo Rey, ni tampoco a la Fortuna como en el Decamerón, sino únicamente a sus propias pasiones y decisiones. Aquiles, Agamenón y Edipo, sujetos clásicos, y los todavía medievales personajes del Decamerón, dan paso al sujeto plenamente moderno, capaz de escoger, o al menos de sentir que escoge, su propio destino, aun si este implica su destrucción. Gustav von Aschenbach acabará no menos destruido que sus predecesores, pero este destino no le ha sido impuesto por divinidad alguna ni por la más impersonal Fortuna del medioevo, sino que es voluntariamente construido. Gustav se informa sobre la peste en curso, y mucho le teme, pero aun pudiendo huir de ella, y con ello también de su destructiva pasión, no solo decide no hacerlo, sino que no muestra signo alguno de arrepentirse, a pesar de acabar convertido en aquello que al inicio le había repelido: un hombre mayor jugando a rejuvenecerse. Como suele ocurrir en la modernidad, es el propio ser humano, no los dioses ni la Fortuna, quien siguiendo sus pasiones genera su propia destrucción.

En 1947, treintaycinco años y dos guerras mundiales después de La muerte en Venecia aparece La peste, que junto a El extranjero son las novelas más significativas, o en todo caso las más leídas, de Albert Camus. Es difícil saber si la epidemia de Gripe Española de 1918-19 influyeron en su escritura; lo cierto es que no se le suele mencionar como un elemento desencadenante de su escritura. Pese a que la peste, como lo insinúa su título, parece ser su tema central, y se dan de ella detalladas descripciones médicas y epidemiológicas, en lo básico el texto no parece aludir a una peste real, sino que actúa como situación límite que permite explorar algunos de los problemas filosóficos propios del existencialismo, como la libertad, la responsabilidad y la solidaridad. Al menos esta es la lectura prevaleciente, que la considera como una novela filosófica. Una lectura nada ajena a un momento histórico en que las pestes empezaron a ser consideradas no como una amenaza real todavía posible sino como algo propio del pasado, una visión producto de dramáticos avances médicos y sanitarios tales como la extensión masiva de la sanidad pública, las vacunas y los antibióticos. El control sobre una gran cantidad de enfermedades infecciosas, que abrió incluso la posibilidad de erradicarlas, fue uno de los principales logros de esa misma modernidad que marcaba con toda fuerza el mundo de Muerte en Venecia. La peste ocurre en Orán, en la Argelia todavía bajo dominio francés, ubicación geopolítica que facilitaba el utilizarla como escenario de una peste literaria. El carácter de escenografía accidental que la muy real ciudad de Orán juega en el drama que, en apariencia, es el que realmente se desarrolla en la novela, se ve reforzado por la sorprendente ausencia del grueso de la población de dicha ciudad: musulmanes argelinos nativos, quienes casi no aparecen ni aun como personajes secundarios, “extras” o parte del paisaje humano local, como sí ocurre en El extranjero, donde los musulmanes locales constituyen una masa algo amenazante,, uno de cuyos miembros acabará siendo asesinado por Mersault, el personaje principal. El que la totalidad de los personajes de La peste, cuya acción se desarrolla en una ciudad argelina musulmana, sean colonos franceses cuya religión, cuando la tienen, es cristiana, sin duda refuerza la impresión de que el auténtico drama que se juega es de tipo abstracto, filosófico, y no histórico. Todo ello, sin embargo, paradójicamente le da al texto fuertes raíces en una modernidad histórica que ha considerado como sujetos modernos, tanto individuales como colectivos, únicamente a poblaciones blancas. Las  poblaciones locales, no-occidentales, colonizadas por las potencias occidentales, simplemente no entraban en esa categoría.

Después de La peste aparecen numerosas obras literarias canónicas en las que la peste juega roles de mayor o menor importancia. Es el caso, por ejemplo, de las Crónicas marcianas de Bradbury y de Cien Años de Soledad, de García Márquez, textos en los cuáles se refuerza aún más el carácter de metáfora o símbolo de otros problemas que ya habían adquirido las pestes, un carácter muy alejado de las terriblemente reales pandemias médicas históricas. Si la peste de Crónicas marcianas (1950) todavía era descrita como ocasionada por una enfermedad real, la varicela, la peste de Cien años de soledad (1967) da un paso más en el proceso de metaforización al renunciar a cualquier condición médica transmisible: se trata de la famosa peste del insomnio, cuya consecuencia más nefasta es la amnesia generalizada, que será curada por el gitano Melquíades. Era 1967, y buena parte de la humanidad, en especial en Occidente, consideraba las pestes médicas como cosa del pasado, literariamente utilizables por la literatura canónica como símbolo o metáfora de otras cosas. Muy diferente es la situación en otros tipos de producción literaria no-canónica, tema en el que aquí no entraremos.

Uno de los muchos, y aún en desarrollo, efectos de la actual pandemia de COVID-19 es el reingreso al imaginario colectivo de las muy reales pestes médicas, un fenómeno que sin duda tendrá fuertes efectos en la literatura. Pues si bien los números indican que, al momento de escribir esto, el COVID-19 va siendo una pandemia relativamente benigna si se la compara con las anteriores, en las que moría un porcentaje mucho más alto de las poblaciones afectadas, lo cierto es que su impacto emocional, por no hablar del socioeconómico, es profundo. Opera en ello varios factores. Está el miedo a lo desconocido: el virus es nuevo y con posibilidad de sufrir mutaciones; se desconoce cuantas oleadas puede producir, o si una misma persona puede sufrir reinfecciones; se ignora si los sistemas de salud darán abasto; o cuánto tiempo tomará encontrar medicamentos y vacunas, y una vez encontrados cuán asequibles serán; también se desconoce cuáles y qué tan profundas serán las consecuencias socioeconómicas y culturales. También opera el miedo a lo conocido, como las mortandades causadas por pestes históricas, algunas tan bien documentadas como la de 1918-19. Pero tal vez el impacto más fuerte viene del carácter relativamente democrático de una pandemia de la que, a priori, a diferencia de tantas epidemias que asolan al mundo cotidianamente, nadie está totalmente a salvo. En resumen: estamos ante el fuerte choque sico-sociológico producido por el reingreso colectivo al mundo de la peste, ya no literaria y metafórica sino literal.

En esta situación, el rol de la literatura será el de siempre: explorar, representar y recrear las nuevas realidades socioculturales, en especial las nuevas (inter)subjetividades, que van surgiendo o, si se prefiere ser más cauto, los cambios que sufrirán las actuales. Sabemos que históricamente las pestes acarrean fuertes cambios de todo tipo. Si para la Atenas clásica significó el fin de su época dorada, la Peste Negra de la Italia de Bocaccio marcó el inicio del Renacimiento y, en Inglaterra, el debilitamiento del dominio feudal. De la Gripe Española se dice que aceleró el fin de la I Guerra Mundial. Todos estos procesos implicaron cambios profundos en las (inter)subjetividades, uno de cuyos mejores registros lo da la literatura. El Edipo Rey no nos informa sobre la peste en Atenas como lo hace Tucídides, pero sí sobre cómo la percibían el autor y los personajes. El Decamerón nos informa sobre la peste en Florencia, pero más aun sobre el deseo de sus sobrevivientes de dejarla atrás, de gozar la vida convirtiendo la peste en un relato más, el número ciento uno, que inicia el libro y actúa como pasaje entre la desolación y el gozo. La Muerte en Venecia no nos da información sobre ninguna peste histórica, pero sí la visión del sujeto moderno coetáneo sobre ella, como metáfora de procesos colectivos e individuales sobre los cuáles se tiene control, aunque parcial; una visión que se instala cada vez más, según lo atestiguan La peste, Crónicas marcianas y Cien años de soledad.

La literatura escrita durante y después de la actual pandemia de COVID-19 inevitablemente registrará, recreará y refractará los cambios y fenómenos (inter)subjetivos producto de la actual experiencia colectiva. Será una de las muchas formas de procesar lo ocurrido hasta ahora y lo que venga después. Mientras tanto, durante el distanciamiento y el encierro, la literatura es, para quienes tienen condiciones que lo permitan, una forma de invertir el tiempo antes dedicado a desplazamientos, vida social y otras actividades. Para muchas personas la pandemia ha significado el (re)encuentro con la lectura, o su intensificación. La literatura lo mismo puede hacernos olvidar momentáneamente lo que ocurre, que recordarnos lo que otras personas sufrieron en otras pandemias, caso del Diario del Año de la Peste, de Defoe. En cualquier caso, la literatura será parte crucial de los inevitables procesos colectivos de duelo y sanación. Nos ayudará a convertir una experiencia traumática en relatos que le den sentido, y posibilitará que en el futuro no solo se tenga información sobre lo fácticamente ocurrido, sino también diversas ventanas a las experiencias que hoy vivimos.

 

Listado de capítulos en podcast:

 

 

 

Miscelánea 1: Bernal Herrera

La peste es el detonante de la obra de teatro Edipo Rey. Fue precisamente una «peste», una epidemia, una pandemia la que inicia esta historia de la literatura universal.

Miscelánea 2: Bernal Herrera

En esta segunda parte de Miscelánea, con Bernal Herrera, se analiza «la peste» desde la obra «El Decamerón»

Miscelánea 3: Bernal Herrera

Bernal Herrera nos comenta el Diario del año de la peste es una novela de Daniel Defoe publicada por primera vez en marzo de 1722. La novela es una relato ficticio de las experiencias de un hombre durante el año de 1665, en el que la ciudad de Londres sufrió el azote de la gran plaga.

Miscelánea 4: Bernal Herrera

En este episodio se explora la obra «La Peste» de Alber Camus, muy cerca del contexto de la Gripe Española, pero sin embargo, al igual que otras obras, la peste es una extrapolación de una sociedad corrupta.

Miscelánea 5: Bernal Herrera

En este quinto podcast de Miscelánea, Bernal Herrera nos cuenta sobre varios de los momentos en los que las pestes o pandemias se han mezclado en varias obras de la literatura moderna.

 

 

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Bernal Herrera Montero
Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University.
Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University.
Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica

 

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