Bernal Herrera Montero.

En la pasada Miscelánea, comenté el reciente surgimiento de un nuevo tipo de movimiento antisistema, de signo ideológico opuesto a los que venían siendo designados con esta etiqueta. Los primeros antisistema son definibles como movimientos que rechazan el capitalismo, en especial su variante neoliberal y globalizadora, desde posiciones de izquierda, y actúan desde fuera de las estructuras estatales. Los nuevos antisistema, en cambio, defienden al capitalismo desde posiciones de derecha, buscan infiltrarse en las estructuras estatales y, de ser posible, tomar el control de estas. Para ello, a diferencia de los de izquierda, no dudan en escoger y seguir líderes, organizar partidos políticos, o apoderarse de aquellos que les den cabida.

Ahora bien, ¿porqué llamarlos antisistema, si defienden el sistema capitalista? En primer lugar, por falta de una categoría más precisa. Además, y esto es lo importante, porque estos nuevos movimientos rechazan y atacan muchas de las normas e instituciones básicas del sistema político en el cual se mueven. No rechazan el sistema económico capitalista, pero sí el sistema político democrático liberal. Un rechazo que, lejos de anclarse en la propuesta y deseo de otro mundo posible, pero aun inexistente, como la del alter-mundismo, exhibe diversas afinidades con experiencias históricas concretas como las de Rusia, Arabia Saudita y China, por mencionar unos pocos pero importantes ejemplos contemporáneos, que evidencian el florecimiento del capitalismo bajo sistemas políticos autoritarios. La conocida simpatía del expresidente Donald Trump por figuras como Putin, Xi Jing Ping y el príncipe saudí Mohammed Bin Salman, y la admiración de Bolsonaro por Trump, ejemplifican los anhelos autoritarios presentes en mucha de esta nueva derecha antisistema, que no es tal en el plano económico, pero sí en el político.

Como ocurre con los antisistema de izquierda, los de derecha también se articulan en redes internacionales, por las que circulan ideas, información, recursos y figuras. Pero además de por sus diferencias ideológicas, también se distinguen por la eficiencia y sistematicidad con que esta nueva derecha va logrando sus objetivos, algo en lo cual influyen varios factores.

A diferencia de los acéfalos antisistemas de izquierda, cuya voluntaria renuncia a organizarse en partidos políticos y elegir líderes les resta mucha de su potencial fuerza política, los de derecha se aglutinan alrededor de partidos y líderes, y utilizan las elecciones de la democracia liberal para acceder al poder estatal. En caso de lograrlo, hacen todo lo posible para perpetuarse en él, en lo cual figuras como Víctor Orbán en Hungría, y partidos como el polaco Ley y Justicia, ultra-conservador y ultra-católico, van teniendo éxito. Cuando pierden elecciones, algunos intentan aferrarse al poder, desconociendo cualquier resultado adverso, caso de Trump en los Estados Unidos y de Bolsonaro en Brasil.

A diferencia de los de izquierda, los antisistema de derecha cuentan con ingentes recursos monetarios, provenientes de organismos financiados, entre otros actores, por organizaciones afines al gran capital. Esta mayor disponibilidad de recursos, y su habilidad no solo para oponerse a todo aquello que rechazan, sino también para organizarse como actores políticos electoralmente competitivos, les ha permitido llegar al poder en varios países, mantenerlo en algunos, y lograr un sorprendente apoyo popular a sus intentos de aferrarse ilegalmente al poder tras haber perdido elecciones.

Pero difícilmente la disponibilidad de recursos y la voluntad de constituirse en actores políticos electorales, les hubiera dado tan buenos resultados, si no fuera por algunos rasgos propios de la actual situación sociocultural, de los cuales me interesa destacar dos facetas. Por un lado, la constante circulación de desinformación y de noticias falsas, y la tendencia a rechazar cualquier argumentación racional basada en evidencias fácticas. Por el otro, la creciente incapacidad, o ausencia de voluntad, de las democracias liberales para redistribuir parte de la riqueza económica, e incluso para atender necesidades básicas de amplios sectores de la población.

Allí donde las democracias liberales han dejado de responder a tales necesidades, surge un creciente malestar con la clase política tradicional, malestar que aumenta el apoyo a figuras autoritarias que afirman estar dispuestas a enfrentarse con dichas clases políticas, y con las normas e instituciones de la democracia liberal. Clases, normas e instituciones que pueden diversos grados de inoperancia y de sesgo en favor del gran capital, y han reaccionado con indiferencia ante la creciente desigualdad de oportunidades en muchos países.

Lo anterior ha venido produciendo, desde hace unas cuatro décadas, un panorama socioeconómico caracterizado por :

  1. Una gran creación de riqueza monetaria, muy concentrada en grupos pequeños pero poderosos.
  2. Una creciente deslegitimación de las estructuras estatales, y un cada vez menor margen de los gobiernos para definir y manejar la política económica de un país.
  3. Un deterioro de los servicios básicos, como educación y salud, provistos a la mayoría de la población.

Todo esto, unido a los efectos económicos y sociales de la pandemia, ha creado un creciente descontento y desafección con la democracia liberal como sistema político.

Ahora bien, ¿a qué se debe que sea la derecha, justo la principal responsable del surgimiento de tal situación, la que ha sacado mayor provecho de esta? ¿Qué ideas e impulsos básicos impulsan a los nuevos movimientos antisistema de derecha?

Estas son algunas de las preguntas que intentaré responder en una próxima Miscelánea.

Sobre los intentos de Trump y Bolsonaro de quedarse en el poder

 

 

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