Bernal Herrera: «Los nuevos anti-sistema (III)» en Miscelánea

Las pasadas Misceláneas comenté algo sobre los movimientos antisistema de derecha surgidos en las últimas décadas. En este episodio se comenta su conexión con el nuevo modelo socioeconómico neoliberal, así como sus principales impulsos políticos.

Bernal Herrera Montero.

Las Misceláneas pasadas intenté caracterizar los que he llamado movimientos antisistema de derecha. Veamos ahora su conexión con el capitalismo neoliberal, así como sus principales impulsos políticos.

Con variantes, el modelo socialdemócrata vigente en diversos países durante varias décadas del siglo XX, impulsó dos grandes políticas públicas: estimular el crecimiento de la riqueza, y redistribuir una parte de esta, por ejemplo mediante la ampliación y mejoría de los servicios públicos. Allí donde se implementó, la socialdemocracia redujo la pobreza y aumentó las oportunidades abiertas a la mayoría  de la población.

En la década de los 80s, un nuevo modelo económico, el neoliberal, priorizó la acumulación de riqueza privada, e impulsó un debilitamiento del aparato y la normativa estatal, y de los servicios públicos. El nuevo modelo generó mucha riqueza monetaria, pero también disminuyó las oportunidades de movilidad social disponibles para los sectores empobrecidos de la sociedad. Lo anterior, unido a factores como la mayor precarización laboral, el estancamiento de los salarios, y la pérdida de empleos con bajos requerimientos de capacitación, lejos de generar, como hubiera sido lógico, una reacción contra el debilitamiento de las políticas públicas redistributivas, intensificó el ataque contra el sector público.

Incidió en ello que, como parte de la campaña para imponer el nuevo modelo, se difundieron discursos contra este sector, presentándolo una y otra vez como intrínsecamente ineficiente y corrupto, lo que erosionó su legitimidad. Sin duda el sector público requería correcciones y mejoras, pero mientras sus problemas son magnificados y presentados como síntomas de una situación general, los no menores problemas del sector privado casi nunca se ventilan, y cuando se vuelven inocultables, casos en nuestro país como los de Yanber y ALDESA, son presentados como casos aislados, no como problemas generales del sector.

El malestar creado por el impacto social del nuevo modelo, muy sesgado a favor del sector privado, se agudizó con la crisis financiera del 2008 y su manejo. En medio de tanto malestar, e impulsados por el crecimiento exponencial de desinformación, noticias falsas y mentiras burdas que circulan por las redes sociales, surge un ambiente en el que quienes mienten más y atizan más el fuego, obtienen más apoyo,

Aprovechando al máximo este clima, surgen y se fortalecen los antisistema de derecha. Si los neoliberales vociferaban contra el sector público, los antisistema de derecha, y algunos provenientes de la izquierda, han llevado los ataques al límite de lo imaginable. Así, una campaña de vacunación fue atacada, desde posiciones que van de decir que los vacunados no eran sino conejillos de indias, a afirmar que la vacunación era un plan para controlar, e incluso liquidar, a buena parte de la población.

Si en el ámbito económico esta nueva derecha suele seguir la ideología neoliberal, en el ámbito político sus discursos machacan algunas ideas básicas, siendo la principal que el sistema político de la democracia liberal está podrido, y debe ser intervenido por un líder fuerte, actuando por encima de las normas y restricciones que la democracia impone.

Este culto a un líder dueño de todas las respuestas, cuya voluntad debe imponerse sobre cualquier obstáculo, replica, paradójicamente, no solo el culto al líder propio de movimientos previos de derecha, como el monarquismo absoluto, el nazismo y el fascismo, sino también el culto que sectores de la izquierda rindieron, o siguen rindiendo, a líderes como Stalin, Mao y Fidel.

Figuras como Trump, Bolsonaro y quienes en diversas regiones, Centroamérica incluida, han utilizado sus métodos, llegan al poder mediante elecciones democráticas, pero de inmediato arremeten contra dicho sistema político, por considerarlo corrupto e ineficiente. La promesa básica es siempre la misma, y la resumió Trump en su astuta formulación:  “To drain the swamp”,  “drenar el pantano”, donde el pantano son, a fin de cuentas, las instituciones de la democracia.

Los ataques se dirigen contra dos blancos principales: cualquier institución que represente un posible freno a la voluntad del líder, y cualquier persona que critique sus ideas y decisiones. Con esto socavan un elemento esencial e irrenunciable de la democracia liberal: la división de poderes. División que choca frontalmente con la idea de que el líder debe concentrar el poder de decisión, por ser el único que tiene las soluciones y la voluntad de implementarlas. Por ello, entre los blancos favoritos de la nueva derecha están el poder judicial y el legislativo, presentados como parte de la podredumbre general del sistema o, cuando menos, como obstáculos que impiden que el líder, o la líder, pues figuras como Giorgia Melone y Marine Le Penn demuestran que también las mujeres pueden ocupar esta posición, logre cumplir todas sus promesas. Pues el líder nunca es responsable de ningún fracaso. La culpa siempre es de los demás.

El ideal de esta nueva derecha parece ser un gobierno cuyo único poder real sea el ejecutivo, con el judicial y el legislativo como simples cajas de resonancia. Un ideal que, a diferencia de tantos otros, ya ha sido implementado con alguna frecuencia en la historia, por gobiernos de todo signo ideológico, con resultados económicos muy variados, pero siempre reñidos con el ideal democrático. El actual régimen nicaragüense es un buen ejemplo.

Los antisistema de derecha, entonces, se nutren del malestar social. Un malestar a veces más que justificado, como el de los sectores marginados o excluidos por el nuevo modelo neoliberal. Y otras veces muy injustificado, como el de sectores a quienes les va bastante bien, pero consideran que debiera irles aun mejor.

Justificado o no, el malestar al que responde la nueva derecha es real, y la democracia liberal ciertamente no ha dado ni está dando respuestas adecuadas. Pero el remedio que ofrecen los antisistemas de derecha es bastante peor que la enfermedad.

 

 

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