Bernal Herrera Montero.

La primera biblioteca en la que entré fue la Biblioteca Nacional. Todavía estaba situada en el hermoso edificio, ubicado en el centro de San José, donde estuvo por muchos años. Para un josefino esta experiencia dista de ser original. En una ciudad, y país, donde no abundaban las bibliotecas, y cuya mayoría de las escuelas y colegios carecía de una que mereciera tal nombre, la Biblioteca Nacional debe haber la primera biblioteca que conocieron muchas personas. De estilo neoclásico y de dos plantas, era uno de varios edificios públicos construidos por la clase política liberal que gobernó a fines del siglo XIX y principios del XX. Era uno de esos edificios que, como los del Colegio de Señoritas, Liceo de Costa Rica, Instituto de Alajuela, Edificio Central de Correos y otros, estaban destinados no solo a albergar tales instituciones, sino también a afirmar la presencia y actividad del estado. En un país cuyos principales edificios, a la fecha, habían sido de índole religiosa, estas nuevas edificaciones marcaban, de manera visible, que había surgido un estado con políticas modernizantes, y en el caso educativo de índole pública y laica. Así, nuestra Biblioteca Nacional nació con la impronta de una política ilustrada y progresista, la cual ha sabido mantener a lo largo de su ya casi siglo y medio de existencia.

Para suerte mía, sus instalaciones quedaban muy cerca de la escuela primaria a la que yo asistí, la Buenaventura Corrales, otro de esos edificios emblemáticos del proyecto liberal. En diversas ocasiones fui allí a buscar información para hacer las tareas escolares, a veces solo, otras en compañía de mi gran amigo de la infancia, Rubén Negrini, fallecido recientemente. Recuerdo, por ejemplo, nuestra búsqueda sobre el heliocentrismo, que nos llevó a afirmar que su formulador inicial había sido Tycho Brahe, no Copérnico, como había afirmado la maestra en clase. Los tres estábamos equivocados, pues ya Aristarco de Samos había propuesto, mucho siglos antes, la hipótesis heliocéntrica.

Entrar de niño en la hermosa sala de lectura de la Biblioteca Nacional debe haber sido, para mí, una experiencia impactante. Siempre me encantaron los libros, así que descubrir un espacio amplio cuyas paredes parecían serlo las numerosas estanterías llenas de libros, y una sala especialmente diseñada y amueblada para leerlos, sin duda fue un descubrimiento placentero. Nunca fui un auténtico ratón de biblioteca, pues la seducción que en mí ejerce el mundo externo lo impedía. Pero ademas de ser un bibliómano, la lectura ha sido una actividad central en mi vida, y he frecuentado diversas bibliotecas. A la Biblioteca Nacional le siguió la Carlos Monge Alfaro, de la UCR, y luego otras en el extranjero. En algunas de ellas pasé porciones muy significativas de mis días, a veces durante semanas, en otras durante meses, y en una de ellas por más de cinco años. Se supone que trabajé en ellas, pero lo que  hacía allí: buscar materiales sobre temas que me interesaban, leerlos, pensarlos y tomar notas, me daba tanto placer que llamarlo trabajo no le hace justicia. Lo hubiera hecho por puro gusto.

Tras mis experiencias infantiles en la Biblioteca Nacional, no volví a frecuentarla, pero fue en la sala de la lectura de su viejo edificio donde inició una muy hedónica parte de mi vida. El alejamiento no impidió que, como a tantas otras personas, me indignara la venta y demolición del viejo edificio. Aprobaba, claro está, que se le dieran las nuevas y más modernas instalaciones que sin duda requería urgentemente. Pero nunca he creído que la modernización de una institución, o un país, deba hacerse a expensas de la destrucción de su patrimonio histórico.

Un nuevo acercamiento, muy tangencial, a ella, me ha brindado experiencias muy ambivalentes. Por un lado, he podido comprobar que el ninguneo al que las actuales políticas gubernamentales están sometiendo a las instituciones culturales del país también ha afectado a la Biblioteca Nacional. Políticas que implican, por ejemplo, la no-sustitución del personal que se retira, y el recorte o congelamiento de partidas presupuestarias esenciales para la buena marcha institucional. Pero también he visto que, a pesar de tan equivocadas políticas, cuyas consecuencias ya se hacen sentir y arriesgan con dañar irreversiblemente parte del patrimonio institucional, su personal ha demostrado estar dispuesto a afrontar con entusiasmo y vocación de servicio el doble reto que enfrentan. Por un lado, adecuar las funciones y actividades de la Biblioteca Nacional a las concepciones de la bibliotecología contemporánea. Por el otro, sostenerla a pesar de las restricciones de todo tipo, no solo presupuestarias, a que está sometida la institución en este momento. Este compromiso me hace creer que, una vez pasada la tormenta actual, la Biblioteca Nacional saldrá exitosa de los retos que enfrenta, y que nuestro país seguirá contando con una Biblioteca Nacional capaz de enfrentar las tareas que le traiga el futuro, y digna de la larga tradición que hereda.