Bernal Herrera Montero.

La lista de atrocidades cometidas durante la actual ofensiva israelí en Gaza es amplia. Al desprecio por la vida de la población civil, un crimen de guerra también cometido por Hamas, se suman otros, como los ataques a escuelas, templos, ambulancias, hospitales y periodistas, ataques documentados y denunciados por organizaciones como Oxfam, Médicos sin Fronteras y la Organización Mundial de la Salud. Frente a una historia marcada por tanta violencia, sufrimiento y barbarie, inserta en un intolerable pero tolerado colonialismo moderno, la toma de partido suele ir acompañada por la simplificación de lo complejo. Toda otra forma de comprensión es equiparada a neutralidad, cuando no a un solapado apoyo al bando que, gracias a su fuerza militar, comete las peores agresiones y provoca el mayor número de víctimas. Esta reacción es comprensible y tal vez inevitable, pero es necesario plantear y defender formas más complejas de comprensión y toma de partido.

Para evitar malentendidos en un tema tan cargado ética y políticamente, aclaro que en dicho conflicto mis simpatías están del lado palestino. Condeno las cada vez peores políticas de control, opresión y colonización que Israel ha implementado por décadas en tierras palestinas. Pero ello no me hace avalar los crímenes de Hamas del 7 de octubre, ni ignorar que existe una larga historia detrás de las acciones del estado de Israel, historia que debe ser considerada no para condonar y menos aun apoyar dichas políticas, pero sí para comprender algunas de sus causas cercanas y lejanas. Solo tal consideración permite visibilizar una serie de fuerzas cuyas responsabilidades deben ser expuestas, pues son parte constitutiva del proceso que ha desembocado en la actual situación. Los monoteísmos de raíz abrahámica, el antisemitismo e islamofobia europeos, los viejos y nuevos imperialismos occidentales, y la ya larga crisis política y de liderazgo del muy dividido mundo musulmán, son algunas de ellas.

Esta vieja y nueva historia tiene mucho que enseñarnos sobre los conflictos y horrores del Medio Oriente, pero también sobre muchos otros. Y a fin de cuentas, sobre nosotros mismos. El crimen de Hamas, como los de Israel, nos recuerdan que, como afirmó Cioran con terrible lucidez, siempre hay que estar del lado de los oprimidos, incluso cuando se equivocan, pero sin olvidar que están hechos del mismo barro que los opresores. Una posición que permite, frente a cada conflicto concreto, tomar partido tan decididamente como queramos, pero sin necesidad de idealizar a los oprimidos ni deshumanizar a los opresores.

La historia que desemboca en 1948 en la creación del estado de Israel y en los conflictos consiguientes puede remontarse a tiempos romanos. Tras los largos pero temporales exilios de parte del pueblo judío en Babilonia y luego en Egipto, los antiguos reinos de Israel y de Judá habían quedado reducidos al reino de Judea, formalmente independiente pero en la práctica subordinado al imperio romano, que lo acabará transformando en la provincia romana de Judea, último antecedente del actual estado de Israel. Entre los años 132 y 136 de nuestra era, en tiempos de Adriano, se produce la tercera guerra romano-judía, que culmina con la victoria romana y la muerte o esclavización de buena parte, tal vez la mayoría, de la población judía. Los romanos también transforman la provincia de Judea en la nueva provincia de Siria Palestina, y prohiben que la población judía restante, acaso muy escasa, ingresara a Jerusalén. Ya en esta remota época están actuando dos de las principales fuerzas actuantes en la historia de la región y en el surgimiento del conflicto palestino-israelí: el imperialismo y el monoteísmo.

El dominio romano en Judea ocasiona, junto a las calamidades sociales y económicas que todo dominio imperial impone a las poblaciones locales, un choque religioso. El politeísmo romano le permitía al imperio coexistir con las diversas religiones de los pueblos dominados, cuyas divinidades a menudo acababan siendo incorporadas al panteón romano. Numerosos pueblos colonizados coexistieron sin problema con las prácticas religiosas del invasor romano, y juraron fidelidad al divinizado emperador de turno, pero el monoteísmo militante de judíos y cristianos les impidió tal coexistencia. Esta intransigencia fue una de las causas, pero no la única, de sus frecuentes revueltas, las cuáles culminarían con la guerra del 132 al 136. Contra una creencia muy extendida, no existen datos que indiquen que toda la población judía fuera expulsada de su tierra natal, pero sin duda la derrota ante Roma y sus consecuencias llevaron a buena parte de la población judía restante a dispersarse por el mundo mediterráneo.

Así, a mediados del siglo II de nuestra era, existe una región llamada Palestina, parte de la provincia de Siria Palestina, a la cual llegan numerosos colonos, en especial romanos y griegos. El permiso dado por Constantino, en el siglo IV, para que los judíos pudieran ingresar a Jerusalén una vez al año, el día 9 del mes judío de Av, indica que la población judía del área que no había sido masacrada o esclavizada por Roma, no fue expulsada a la fuerza.

Palestina pasa luego a ser parte del imperio romano de Oriente, con capital en Constantinopla, y entre el 634 y el 638 los musulmanes conquistan la región. Pero aunque durante el largo dominio musulmán, solo interrumpido durante dos siglos, se permitía la llegada allí de población judía, durante siglos esta no emprende ningún retorno masivo.

El segundo gran acto de esta historia inicia a fines del siglo XI, cuando el papa Urbano II convoca a la cristiandad a la primera cruzada. Surge así la ambición cristiana por apoderarse de Palestina, en especial de Jerusalén. Trataré este segundo y crucial acto en una próxima Miscelánea.

 

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