Bernal Herrera: Palestina – Historia y horror – Final (Podcast)

La extrema violencia israelí contra la población civil de Gaza es un eslabón más de un conflicto de décadas lleno de atrocidades, que convirtió al pueblo judío, perseguido por siglos en Europa, en opresor del pueblo palestino. Otro trágico ejemplo del abusado que, más que buscar justicia contra su abusador, perpetúa el abuso en nuevas víctimas.

Bernal Herrera Montero.

La extrema violencia israelí contra la población civil de Gaza, desatada en el marco de su lucha contra Hamas, es un eslabón más de un conflicto de décadas lleno de atrocidades.

Desde su creación Israel se concibió como un estado para una mayoría judía, lo cual excluyó, de entrada, toda posibilidad de incorporar a la mayoría palestina que habitaba allí. La Guerra del 48 fue utilizada por Israel para expulsar o aterrorizar a dicha población. La limpieza étnica del territorio asignado por la ONU prosiguió cuando Israel se abrió a recibir a cualquier persona judía, pero impidió el regreso de la población local expulsada o huída de la violencia, quedando allí solo una minoría palestina.

Luego, la ocupación y colonización ilegal de tierras asignadas por la ONU a la población palestina redujo el territorio bajo su control y agravó su situación. Hoy día colonos judíos aspiran a apoderarse de toda Palestina, y las políticas de la ultra-derecha israelí, en el poder desde hace años por votación popular, han vuelto casi imposible la existencia de un estado palestino funcional.

Irónica y trágicamente, esta política incluyó un entendimiento con Hamas, al que Netanyahu creyó podía controlar y usar como contrapeso al gobierno de la Autoridad Palestina. El objetivo era dividir políticamente los gobiernos de Gaza y Cisjordania, para impedir un estado palestino y concentrarse en la colonización de Cisjordania. La política logró sus objetivos hasta que el brutal ataque de Hamas la destrozó y sacó a la luz pública.

La reacción de Israel a los crímenes de guerra cometidos durante el ataque de Hamas, que dejó unos 1.000 muertos civiles en pocos días, ha sido cometer en Gaza crímenes de guerra en una escala mucho mayor. Ha atacado hospitales, ambulancias y periodistas, instalaciones y personal de la ONU y otros organismos internacionales, y obstaculizado la llegada de alimentos y medicinas necesitados con urgencia por la población palestina. Ha bombardeado sistemáticamente un ghetto densamente poblado cuyos habitantes no pueden salir, con bombas de 2.000 libras, casi nunca utilizadas en zonas densamente pobladas. Esto ayuda a explicar porqué, mientras en los primeros 20 meses de guerra en Ucrania murieron unos 10.000 civiles, en Gaza murieron unos 15.000 civiles en los primeros tres meses.

El nivel de violencia israelí es posible por el apoyo público e incondicional de Estados Unidos. Hoy se habla de tensiones entre ambos gobiernos, pero en la práctica Estados Unidos sigue suministrando a Israel todo el armamento que pide. Biden ha llegado a enviarle armamento sin el requerido aval legislativo, lo que no ha hecho con Ucrania, cuya ayuda está suspendida hasta obtener dicho aval. El apoyo de Estados Unidos también es político y diplomático, vetando todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que solicitaban un alto al fuego.

Los sentimientos que operan detrás de toda esta violencia son aterradores, como lo atestigua la cantidad y tipo de afirmaciones emitidas por figuras públicas dentro y fuera del gobierno israelí, llamando a la destrucción de Gaza sin distinción entre combatientes y población civil, afirmaciones bien documentadas en la acusación de genocidio que enfrenta Israel en la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Estos sentimientos parecen ampliamente compartidos por la población israelí. Una encuesta reciente indica que el 80% considera que el sufrimiento palestino no debe ser tomado en cuenta durante la ofensiva. Estos sentimientos, exacerbados tras el atroz ataque de Hamas, ya venían creciendo desde antes. Pero de considerarse justificada la violencia israelí, la de Hamas estaría aun más justificada por los miles de muertos civiles palestinos previos y las décadas de violencia, opresión y colonización. El reiterado éxito electoral de Netanyahu indica que la mayoría de la población israelí considera que su propia seguridad justifica la opresión o expulsión de la población palestina. Israel, que se precia de ser la única democracia de la región, ha venido eligiendo gobiernos de ultraderecha dispuestos a destruir no solo a los palestinos, sino también la estructura de pesos y contrapesos de la democracia israelí, con una reforma jurídica impulsada pese al rechazo de buena parte de la población y, en una votación muy ajustada, por su Corte Suprema.

Si la situación actual es trágica, el futuro no inspira optimismo. Es probable que, con o sin Netanyahu, la ultraderecha laica y religiosa siga gobernando Israel. Del lado palestino, se vislumbra un mayor debilitamiento del gobierno de la Autoridad Palestina y un crecimiento de la resistencia fundamentalista y militar a la ocupación y opresión. El deseo de muchos en Israel de expulsar a la población palestina de Gaza y recolonizarla, es un despropósito que no parece realista. Al justificado rechazo palestino se añade que ningún país árabe, empezando por Egipto, único fronterizo con Gaza, aceptaría una masiva llegada de refugiados palestinos, por las dificultades inherentes a ello y por las experiencias previas de Jordania y Líbano. Con Estados Unidos dando apoyo total a Israel, y Europa incapaz de una política común y atrapada en las pesadas culpas de su antisemitismo de siglos, no parece que ningún poder externo quiera o pueda cambiar, en un futuro cercano, la dinámica del conflicto. Una vez más, la geopolítica es dominada por las relaciones de fuerza, no por el derecho internacional.

La situación actual es insostenible, y nuevamente se habla de la necesidad de crear un estado palestino viable. Pero la realidad práctica creada por décadas de opresión israelí lo han vuelto casi imposible, y es difícil ser optimista sobre el futuro de esta región, donde el conflicto más bien amenaza con extenderse.

 

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