Entre las grandes injusticias del sistema socioeconómico en que vivimos está el que, a menudo, las personas en condiciones de pobreza deben pagar precios más altos por los artículos y servicios que consumen. No solo en el precio económico, sino también en otros precios vitales.

Bernal Herrera Montero.

Desde hace algún tiempo se ven en San José y otros sitios de nuestro país numerosas personas extranjeras, en especial venezolanas, pidiendo dinero para continuar su viaje hacia Estados Unidos, emprendido en condiciones terribles, que nos dicen mucho sobre el tipo de migraciones impulsadas y al mismo tiempo castigadas por el sistema socioeconómico vigente. Verlas también nos recuerda, entre otras cosas, el mucho mayor precio, de diverso tipo, que a menudo se exige a las personas con menos recursos.

Si nos restringimos al precio económico, vemos que son las personas en condición de pobreza quienes a menudo deben pagar más por sus compras. Una injusticia tan evidente como frecuente. Piense, por ejemplo, en la diferencia de precio de un artículo si se adquiere de contado o si, por carecerse de los recursos necesarios, se le debe comprar a crédito. De contado con suerte hasta obtiene algún descuento sobre el precio anunciado, a crédito pagará un gran sobreprecio. Ello es empeorado por el hecho de que las personas con menos recursos económicos a menudo carecen de habilidades matemáticas básicas y no perciben con claridad el sobreprecio, camuflado bajo cuotas en apariencia bajas, que equivalen a un préstamo con altos intereses. Con lo cual muchos negocios, en la práctica, son simultáneamente tiendas y prestamistas.

Pensemos ahora en los precios, en general más altos, asociados a las pequeñas pulperías que abastecen a tantas personas de escasos recursos. Supermercados los hay con precios altos o bajos, según el segmento de población al cual se dirigen. Pero incluso los más baratos no siempre son de fácil acceso para personas pobres, por no hablar de las que padecen pobreza extrema. Hacer una compra grande en un supermercado requiere dinero suficiente para pagarla y transporte para luego llevarla. Si se tiene un automóvil se tiene transporte, y probablemente recursos para pagar la compra. Pero si usted no cuenta con recursos para una compra grande y además debe pagar el transporte, su principal y acaso única opción es comprar lo más urgente en la pulpería más cercana. Algunos negocios con precios bajos excluyen abiertamente a los sectores mas empobrecidos, pues para comprar en ellos debe pagarse una membresía anual y algunos productos solo se venden allí en ciertas cantidades. Disponer de tarjeta de crédito para pagar membresías, compras grandes y transporte no resuelve la falta de recursos, y si quien la usa acaba pagando altos intereses incluso la agrava.

Tampoco la actual bajada del dólar beneficia a los sectores más desfavorecidos. Los artículos con precios en dólares, como automóviles, tiquetes de avión y hoteles elegantes están fuera del alcance de tales sectores. En los demás la bajada de los precios ha sido marginal, no en la misma proporción que el dólar. Es el caso del arroz. La Ruta del Arroz favoreció a los grandes importadores y perjudicó al fisco, sin casi beneficiar a los sectores populares. Otros artículos de primera necesidad, como las medicinas, han seguido subiendo de precio, incluyendo las importadas en dólares. Una bronca que ningún gobierno, incluyendo al actual a pesar de sus promesas, ha podido o querido comerse. Mientras tanto, las fortunas de algunas personas y empresas siguen aumentando.

Pero no solo los precios de los artículos, sino el del dinero mismo es más costoso para las personas en condiciones de pobreza o marginalidad, y esto en al menos dos sentidos. Por tener menores salarios deben trabajar más horas para ganar el que una persona más favorecida obtiene en mucho menos tiempo. Y si desean adquirir dinero mediante préstamos, si no son sujetos de crédito de las instituciones financieras deben acudir a tarjetas de crédito o, mucho peor aun, a garroteras y prestamistas, incluyendo los llamados “gota a gota”, que cobran intereses de usura, y al primer atraso no dudan en apropiarse de cualquier bien dado como garantía, o incluso de agredir física o sexualmente a sus deudores. Una pesadilla que agrava su pobreza.

Usted se preguntará: muy cierto, pero ¿qué relación tiene todo esto con las personas migrantes mencionadas al inicio? Mucha. Tener que viajar de forma irregular, por falta de papeles, no solo es peligroso y arriesgado sino además muy costoso. Mientras grabo esto, un vuelo de solo ida de Caracas a Miami se consigue por menos de $500, y uno de ida y vuelta por menos de $800. Cifras mucho menores que el costo económico de emprender un viaje de Caracas a la frontera estadounidense, incluyendo comida, transporte terrestre, coyotes, cruces de fronteras, etc. Si se añade algún mínimo alojamiento, el costo sube aun más.

Pero el económico es solo parte del precio. Añada costos vitales como la travesía del Darién, el riesgo de asaltos, violencia sexual, y rapto por el crimen organizado. ¿Y porqué estas personas no obtienen el permiso necesario para viajar sin problemas en avión? En la mayoría de los casos porque su condición de pobreza los vuelve indeseables para los países de destino. Idéntica situación corren quienes tratan de llegar a Europa cruzando el Mediterráneo. La Europa que, sin tener visa ni permiso ninguno para hacerlo, colonizó América, África y el Medio Oriente, y envió a muchos de sus pobres por todo el mundo, muchos de ellos a América, ahora se niega a recibir los pobres de fuera.

En resumen, el sistema capitalista, y a nivel global la racializada pirámide socioeconómica, hacen que las poblaciones más empobrecidas a menudo paguen, económica y vitalmente, precios más altos por muchos de los productos y servicios que adquieren, que sus contrapartes adineradas. Una más de las grandes injusticias del mundo nuestro de cada día.

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Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.