Bernal Herrera: «Redes sociales y política 3. Una cancha nivelada» en Miscelánea

Además de convertir a casi toda persona en una potencial comunicadora colectiva de opiniones, información y desinformación política, las redes han alterado profundamente el escenario en que estas opiniones, información y desinformación circula. El podcast comenta algunos rasgos de este nuevo escenario.

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Bernal Herrera Montero.

La anterior Miscelánea comenté cómo, al convertir a casi toda persona en potencial comunicadora colectiva, las redes sociales han democratizado la política. Quienes creemos que la democracia es el menos malo de los sistemas sociales, en principio debemos alegrarnos de este proceso, pero la realidad es más compleja. Por la importancia que tiene, veamos esto con algún detenimiento.

Las redes han producido una acelerada nivelación de la cancha de la opinión política. Esta nivelación, nunca total pero sí bastante pronunciada comparada con lo que ocurría antes, parecería darle nueva urgencia a una vieja discusión de la filosofía política: ¿es la política un saber especializado, un arte que requiere ser dominado para ejercerlo adecuadamente? ¿O es más bien una actividad propia de todas las personas, que no requiere conocimientos o habilidades particulares para su ejercicio? Planteada en estos términos, la discusión carece de sentido, pues la política es ambas cosas al mismo tiempo. Por un lado es una actividad a la que todas las personas, en especial adultas, son llamadas a participar, y tienen todo el derecho de hacerlo. Pero también es una actividad especializada, cuyo ejercicio profesional en niveles altos de toma de decisiones, parece requerir conocimientos y, más importante aun,  habilidades que no todo el mundo tiene. Esta era una de las razones por las que históricamente, salvo en grupos humanos muy pequeños, la política la ejercían sectores muy minoritarios de la población. Pero la razón principal era una estratificación social que excluía a la mayoría de su ejercicio. Los sistemas democráticos ampliaron el acceso a la actividad política, pero también en ellos surgió una clase política profesional que, apoyada por burocracias estatales y por cuadros técnicos venidos de otros campos, ejercían buena parte de la conducción política de un país. A veces surgían aquí y allá, de ámbitos como el militar, el sindical o el empresarial, líderes cuyas habilidades u otros recursos les permitían adquirir poder político, pero al hacerlo se convertían en políticos. Así las cosas, también en las democracias el grueso de la actividad política siguió a cargo de una clase especializada, y la principal función del resto de la población consistía en escoger a sus gobernantes de entre las opciones que dicha clase ofrecía.

Esta marcada diferencia entre quienes se dedicaban a la política y quienes, con base en diversas afinidades y razones, apoyaban a unas u otras de tales personas o proyectos, era una de las características de la vida política tradicional que las redes sociales han quebrado.

Confluyen en esto diversos factores. Para empezar, el creciente desprestigio de la clase política tradicional. Poco importa si este desprestigio es merecido o no; ni si todos sus miembros lo merecían por igual. El hecho es que existe una fuerte desconfianza hacia la casi totalidad de la clase política tradicional. Este desprestigio se inscribe en el amplio cuestionamiento y desconfianza actuales frente a las fuentes e instancias tradicionales de autoridad, un fenómeno al que han contribuido razones tan distintas como mucho del llamado pensamiento posmoderno, cuyo auge es previo a las redes sociales, y el surgimiento de estas. Si incluso en ámbitos tan especializados como la medicina, muchas personas prefieren creer casi cualquier cosa que encuentran en las redes antes que a las asociaciones y organismos médicos y científicos, es claro que en ámbitos como la política, en los que ya desde antes todo mundo tenía sus propias opiniones, la tendencia a creer en la desinformación de las redes es aun mayor. Al fin y al cabo, si las redes han permitido el surgimiento de grupos como el que, a pesar de la aplastante y unánime evidencia de que la tierra es redonda, han vuelto a defender la idea de que es plana, ¿qué se puede esperar en campos y temas tan abiertos a debate como el político?

En las redes interactúan y se refuerzan entre sí, por un lado, la democratización de las posibilidades de generar y distribuir información, desinformación y opiniones; y por el otro la creciente confianza que cada vez más personas ponen en mucho de lo que allí circula, por estrafalario que parezca. A esto se suma el incesante y a menudo perverso accionar de los famosos algoritmos, que nos impulsan sin cesar a visitar nuevas cuentas. Esto va de la mano con otro de los fenómenos de las redes con gran impacto político: la creación de grupos cibernéticos que comparten determinadas opiniones, cuya continua interacción facilita la radicalización de estas. Dada la inmensa cantidad de personas usuarias de las redes sociales, resulta casi imposible no encontrar en ellas personas que piensen muy parecido a nosotros, sin importar cuan estrambóticas o radicales sean nuestras opiniones. Racistas y antirracistas, homófobos y partidarios de la diversidad sexual, derechistas e izquierdistas, feministas y machos tóxicos: todo mundo puede encontrar en las redes a numerosas almas gemelas y, si así lo desean, ignorar o excluir casi cualquier opinión que contradiga las suyas. Si antes la vida social nos obligaba a lidiar con personas muy distintas a nosotros, hoy día podemos efectuar muchas de nuestras interacciones sociales de manera cibernética con personas afines, con lo cual nos desacostumbramos a oír y tolerar opiniones distintas.

Algunas de las consecuencias políticas de los procesos de las redes aquí mencionados será el tema de nuestra próxima Miscelánea, con la cual cerraremos esta serie dedicada al impacto de las redes sociales en la política.

 

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