La actual contienda entre discursos políticos va siendo mayormente ganada por los de la nueva derecha. Influye en esto no solo la astucia política de esta, sino las debilidades retóricas de su principal adversario: la izquierda democrática.
Bernal Herrera Momntero.
La eficiente retórica política de la nueva derecha ultra no solo le ha brindado gran apoyo electoral; también ha tenido efectos en otras tendencias políticas. En algunos países su aceptación ha sido tan fuerte que diversos partidos y sectores de centro han acabado incorporando algunos de sus principales mensajes. Tal es lo ocurrido en Europa con las posiciones contra la inmigración, ahora compartidas por casi todo el espectro político, sin importar que de ella dependa, en gran medida, el funcionamiento de su economía y el evitar que se reduzca su población.
Este corrimiento político también ha afectado a la izquierda democrática, que frente al aluvión de ataques de la nueva derecha contra la institucionalidad democrática, ha acabado por dedicar buena parte de sus esfuerzos a defenderla. Una posición necesaria y correcta, dada las actuales amenazas autoritarias, pero a menudo expresada de una forma políticamente desafortunada. Un ejemplo lo da la Caja Costarricense del Seguro Social. El chavismo la ha atacado y debilitado, negándose a financiarla, saboteando acciones importantes como la construcción del nuevo hospital en Cartago, intentado convertir su junta directiva en mera caja de resonancia del gobierno, y afirmando que la institución estaba quebrada. Frente a estos ataques la Caja debe ser defendida, y no solo por la izquierda, sino por toda persona que comprende su crucial importancia en la vida nacional. Pero defenderla sin, al mismo tiempo, reconocer y legitimar la justa frustración de tantas personas frente a problemas tan reales como las listas de espera, la escasez de especialistas y la opacidad de su estructura de costos, solo fortalece las simpatías políticas por la nueva derecha. Un lema como “La Caja no se toca” envía un mensaje técnica y políticamente erróneo. Sí hay que tocarla, pero para mejorarla, no para destruirla. El chavismo ha agravado estos y otros problemas, pero esto no lo afecta, todo lo contrario, pues su fortaleza, como la de toda la nueva derecha, se basa en movilizar y canalizar emociones, y en esto ha sido muy exitoso. Mientras tanto, el tipo de defensa que la izquierda democrática hace de la institucionalidad, va contra las emociones prevalecientes, y la hace ser vista como cómplice del entramado político que tanta bronca y rechazo engendra en numerosas personas.
Esta dificultad para, desde una posición de izquierda, defender la institucionalidad de una forma que conecte con el malestar de la población, es una de las limitaciones de la retórica política de la izquierda democrática, pero dista de ser la única. Otra deriva de su enorme dificultad para deslindarse de la izquierda autoritaria. La Unión Soviética, el socialismo real de Europa del Este, la dinastía Kim en Corea del Norte, la gerontocracia cubana y la Venezuela de Chavez y Maduro, son o fueron regímenes que, tras lograr grandes éxitos sociales iniciales, concentraron el poder en pocas manos y dejaron de satisfacer las expectativas y esperanzas que habían generado. Regímenes, en suma, tan defectuosos y fallidos como sus congéneres pasados y actuales de la derecha autoritaria. Esto no es de extrañar, pues la mayoría de los regímenes autoritarios, sean de derecha o de izquierda, comparten numerosos rasgos y fracasos. Como siempre hay excepciones, caso de los regímenes de derecha que en Singapur y Corea del Sur desarrollaron sus economías y dieron paso a democracias modernas, y en la izquierda el del Partido Comunista en China, que primero logró reunificar el país y en las últimas décadas ha mejorado, de manera dramática, la condiciones de vida de la mayoría de la población. Un tema apasionante pero que cae fuera del que hoy me ocupa.
Pero mientras a la nueva derecha autoritaria sus claros y a veces alardeados vínculos ideológicos con la derecha autoritaria del pasado no le generan ninguna factura, a la izquierda democrática sí, aun cuando sus vínculos son bastante más tenues. Lo cual deriva, en buena medida, de sus dificultades para, siendo democrática, poner distancia frente a la autoritaria. Esto se ve con toda claridad en América Latina, cuya izquierda democrática sigue sufriendo una casi imposibilidad de criticar el autoritarismo y las fallidas políticas económicas del régimen castrista, y hasta hace poco seguía defendiendo, por ejemplo, las matráfulas electorales de gobiernos autoritarios como el de Maduro y el de la pareja Ortega-Murillo.
Otra razón es el énfasis que buena parte de la izquierda democrática ha puesto en luchas socioculturales, en detrimento de los socioeconómicos. Aclaro. Luchas como los derechos de las minorías sexuales son legítimas, deben ser dadas, y yo las apoyo. Pero permitir que sean ellas quienes definan la percepción de su discurso político aleja al grueso de los sectores populares que debieran ser, y antes fueron, la base electoral de la izquierda democrática. Un alejamiento que se refuerza si se pasa de demandas ampliamente compartidas, como el matrimonio igualitario, a otras más radicales y cuestionables, como la capacidad de las personas menores de edad de decidir su género. Este tipo de maximalismo tiene una larga historia en la izquierda, y a menudo le ha costado caro. Un ejemplo reciente lo dio la Convención Constitucional en Chile. Tras obtener en el 2021 una importante mayoría, fuerzas de izquierda redactaron una propuesta de constitución claramente inaceptable para la mayoría de la población chilena, que previsiblemente la rechazó el año siguiente. Se perdió así la muy esperada y buscada oportunidad de abolir la constitución heredada del pinochetismo. Este maximalismo político, socialmente necesario en otro tipo de actores individuales y colectivos, resulta letal para fuerzas políticas de izquierda que aspiran a obtener poder y ayudar a moldear la realidad social mediante procesos democráticos.
Un problema adicional, visible en nuestro país, es concentrar las críticas a la nueva derecha en las muy populares figuras que la lideran, y no en las decisiones que estas toman, y en sus muy visibles impactos en la vida cotidiana del grueso de la población.
Estos son algunos de los problemas del actual discurso político de la izquierda democrática. Explorar algunas posibles alternativas es el tema que espero comentar en una próxima Miscelánea.


