La izquierda democrática necesita una agenda política que le permita defender la democracia y atraer sectores populares. Para ello debe reconocer el malestar ciudadano con la institucionalidad democrática y ofrecer soluciones a carencias socioeconómicas de la población.

Bernal Herrera Momntero.

En el actual escenario político, en especial occidental, la nueva derecha ha venido obteniendo un creciente apoyo electoral, que la ha llevado a ser gobierno en varios países, caso reciente de Colombia y Costa Rica, o a convertirse en fuerza política importante, como en Alemania y Francia. También ha llevado a la adopción, por parte de fuerzas políticas de centro o incluso de centro-izquierda, de posiciones impulsadas por aquella, como ha ocurrido en los países escandinavos en el tema de la inmigración. Asistimos, así, a una derechización del espectro socopolítico.

La principal fuente del apoyo a esta nueva derecha es su hábil discurso político, amplificado en redes sociales, que moviliza en su favor sentimientos muy extendidos entre la población. La izquierda democrática, en cambio, muestra grandes dificultades para articular un discurso político igualmente movilizador. Lograrlo exigiría, más allá de reafirmar con claridad  su ideario y prácticas democráticas, atender dos factores claves. 

El primero, y básico, es una mayor atención a los afectos que hoy día movilizan al grueso de sus potenciales bases políticas y electorales. Afectos como el enojo, la desilusión y la desesperanza, han venido siendo atizados y canalizados por la nueva derecha. La cuestión es cómo movilizarlos no, como esta, para destruir la institucionalidad democrática en favor de un poder personalista y autoritario, sino de renovarla y mejorarla. Que esta institucionalidad esté bajo ataque de la derecha vuelve necesario defenderla, pero dadas sus deudas históricas y el enojo ciudadano que estas han suscitado, se vuelve indispensable reconocer sus problemas y errores. Una simple y llana defensa de la institucionalidad democrática, que no reconozca sus problemas y ofrezca soluciones realistas a los que más afectan a la población, ha sido insuficiente. Otro tanto ocurre con el sistema político que las ha creado y alimentado: la democracia.

La única forma realista de defender hoy día la democracia pasa por mejorarla. Una democracia que normaliza la creciente desigualdad; que excluye de sus beneficios a amplios sectores; que permite la destrucción de la naturaleza para favorecer intereses privados; que prioriza las ganancias monetarias a corto plazo en detrimento del bienestar colectivo, está cavando su propia tumba. La nueva derecha persigue objetivos muy concretos para intentar destruir la democracia. Si no se ofrece a la población motivos igualmente concretos para defenderla, no la defenderá. Lo mismo ocurre con numerosas instituciones. La historia es contundente: las instituciones administran mejor los intereses de una sociedad que los liderazgos autoritarios. Pero esto hay que demostrarlo día a día, en especial a quienes no perciben algunos de sus principales beneficios.

El segundo requisito general de un discurso exitoso de izquierda democrática pasa por centrarlo en problemas que afectan a grandes sectores de la población, en especial a los más desfavorecidos. En nuestro país, problemas sobran. Un transporte público en el que tantas personas se ven obligadas a malgastar buena parte de sus vidas. Una jornada regresiva de cuarentayocho horas para la mayoría de la población trabajadora. Citas médicas a dos años para dolencias molestas y progresivas. La creciente distancia entre la educación pública y privada en primaria y secundaria, con todo lo que ello implica para las posibilidades de movilidad social. Escuelas y colegios funcionando en condiciones deplorables. Un congelamiento general de salarios públicos, que daña de forma desproporcionada a quienes tienen los salarios más bajos. Una estructura impositiva fuerte en impuestos regresivos y al trabajo, débil en impuestos a la riqueza, y que exime de tributos al sector más dinámico de la economía. El abandono de los pequeños agricultores por parte del estado. Problemas como estos debieran dominar el discurso de la izquierda democrática. Las luchas socioculturales son importantes, pero dejar que dominen la agenda de la izquierda, o que determinen la percepción de su accionar, es un error que reduce su base electoral a sectores de clase media, alejándola de los populares. Lo vemos en nuestro país en la debilidad del Frente Amplio en las zonas costeras y fronterizas. 

Cada sociedad tiene su propia cultura sociopolítica y problemas prioritarios. Pero también vivimos en un mundo muy interconectado, y lo que sucede en un lugar influye lo que pasa en otros. En América Latina el impacto de los Estados Unidos es enorme. De allí viene el guión y mucho apoyo para la nueva derecha latinoamericana. Ahora, al igual que ocurrió antes en el Partido Republicano, vemos una revuelta de las bases del partido Demócrata, que  impulsada por la victoria de Zohran Mamdani en Nueva York, le ha dado el triunfo a candidatos de izquierda. Aunque galvanizada por temas como el genocidio en Gaza, apoyado o condonado por la dirigencia del partido, la rebelión gira en torno a temas socioeconómicos como el costo de vida y la desigualdad. En América Latina tenemos el caso de México, donde López Obrador duplicó el salario mínimo durante su sexenio, lo que redujo mucho la pobreza y amplió la base popular electoral de su partido. Pese a ser conservador en temas de género, su gobierno mejoró las condiciones laborales de millones de mujeres, ampliando así las oportunidades disponibles en sus luchas por una vida más autónoma y menos sometidas a la opresión patriarcal.

Experiencias como estas indican que la izquierda democrática empieza a retomar agendas socioeconómicas más populares y de clase. Qué tanto esto le permitirá enfrentarse a la actual avalancha de la derecha, está por verse. Pero ayudan a marcar un posible camino, una agenda que le de a la población motivos concretos para defender la democracia, pero también para exigir que esta enmiende los errores y falencias que ayudaron a crear el caldo de cultivo aprovechado por la nueva derecha.

Bernal Herrera Montero

Por Bernal Herrera Montero

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.