Bernal Herrera Montero.

La anterior Miscelánea comenté la velocidad adquirida recientemente por el desarrollo de la inteligencia artificial, y la rapidez con que sus servicios van siendo puestos al alcance del público no-especializado.

Entre los servicios más populares hoy día están los relativos a textos escritos. Basta que la persona usuaria defina el tema a tratar, y el programa empieza a producir uno o más textos,  así como a modificarlos siguiendo las indicaciones recibidas. Desde contenidos para publicar en redes sociales hasta trabajos académicos pasando por una amplia gama, la capacidad escritural de la inteligencia artificial parece ilimitada. Igualmente amplias son sus capacidades para trabajar con textos que se le brinden, como responder preguntas sobre ellos y generar resúmenes.

Las consecuencias de esta productividad, que recién empezamos a experimentar, son incalculables. Una de las más pedestres, y polémicas, es la dificultad, cuando no imposibilidad, de saber si un texto lo escribió una persona o la inteligencia artificial. Una preocupación fuerte, por ejemplo, en el mundo académico, acostumbrado a evaluar muchas de las actividades de estudiantes y del personal académico utilizando textos escritos. De hecho, a diferencia del conocido ChatGPT, ya diversos sitios de inteligencia artificial garantizan, pago mediante, que el origen de sus textos es indetectable. Pero siendo muy real, la posibilidad de fraude es solo una pequeña parte de la historia, y no la más preocupante. Por ejemplo, nada impide que en el futuro la mayoría de los textos sean producidos, de manera abierta y reconocida, por la inteligencia artificial. Y no solo de textos escritos, pues lo dicho también vale para la producción de música, imágenes, videos y hologramas.

Como tantas otras tecnologías de alto impacto, salvo la estrictamente militar, de la que no puede esperarse nada positivo, la inteligencia artificial abre posibilidades muy esperanzadoras, y otras siniestras. Una de estas últimas, la que aquí me interesa, es que su capacidad de reproducir y asumir ciertas habilidades humanas lleve al debilitamiento, o incluso pérdida, de tales habilidades por buena parte de los seres humanos. Esto puede sonar exagerado, pero ya hemos visto ocurrir procesos parecidos. La introducción de las calculadoras portátiles, hoy día una simple aplicación más en nuestros teléfonos móviles, provocó que muchas personas nunca adquirieran o perdieran la capacidad de efectuar operaciones aritméticas simples. ¿Cuántas personas, en especial jóvenes, pueden hoy día multiplicar, por sí mismas, 13 x 19 x 2? Pocas. La razón es evidente: si una tecnología omnipresente puede hacer, rápida y eficientemente, tareas que requieren un esfuerzo, la mayoría de las personas la utilizará.

Es importante recalcar estos procesos no responden a decisiones individuales, ni a vagabundería de las personas, sino a las reglas de funcionamiento de una sociedad que impulsa, casi obliga, a adoptar las nuevas tecnologías. Si la calculadora realiza las operaciones en fracciones de segundo y sin errores, es imposible pretender seguir haciéndolas como antes. ¿Para qué, si la tecnología garantiza rapidez y precisión? Hoy día, ni siquiera en pequeñas pulperías suele ser una persona quien sume los precios de los artículos y defina el monto a cobrar.

La inteligencia artificial produce textos en segundos, sin errores ortográficos y utilizando una cantidad de información inmanejable para la mente humana, y sin duda su precisión y complejidad no harán sino aumentar. En una sociedad donde “el tiempo es oro” y la productividad es prioritaria, ¿es acaso previsible que se de preferencia a la inteligencia humana en aquellos campos en que la artificial es mucho más productiva? Se dirá que en campos como la literatura el talento humano es insustituible, que la inteligencia artificial jamás podrá escribir La guerra y la paz o Cien años de soledad. Pero aun si fuera así, la inmensa mayoría de la literatura leída no tiene, ni requiere, la complejidad de Los hermanos Karamazov o de Conversación en La Catedral, sino que es mucho más formulaica y previsible. Además, lo mismo se decía del ajedrez, y al final Kasparov, según muchos expertos y mediciones el mejor ajedrecista de todos los tiempos, acabó derrotado por Deep Blue.

El debilitamiento de capacidades humanas por la tecnología no es un proceso novedoso. La creciente distancia entre los lugares de habitación y los de trabajo, sumada a la disponibilidad de medios mecánicos de transporte, hizo que numerosas personas dejaran de caminar. Cierto, mantenemos la capacidad de hacerlo, pero en la práctica muchas personas han renunciado a caminar distancias más allá de las mínimas. Incluso evitan subir unos cuantos escalones si hay escaleras mecánicas o ascensor. Conforme la inteligencia artificial vaya volviéndose cada vez más poderosa y sofisticada, y lo hará a enorme velocidad, millones de personas podrían dejar de utilizar algunas de sus tradicionales habilidades intelectuales.

El proceso de dejar a cargo de aparatos lo que antes realizaba la mente humana se ha venido acelerando. La sustitución masiva de la movilidad peatonal urbana por la mecánica tomó varias décadas; el traslado de los cálculos aritméticos a la calculadora tomó menos tiempo; y aplicaciones como waze se encargan de llevarnos a nuestro destino, lo que tal debilite la capacidad humana de orientación espacial.

Muchas de las anteriores revoluciones humanas transformaron las formas en que se efectuaban las labores manuales, caso de la Revolución Industrial, o las tareas mentales más mecánicas, como lo hicieron las calculadoras y buena parte de la informática. La inteligencia artificial, en cambio, amenaza con asumir labores mucho más intelectuales, y esto es realmente novedoso y revolucionario. Un tema que espero comentar en una próxima Miscelánea.

 

 

otras publicaciones y podcasts de bernal herrera

 

 

Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.