Bernal Herrera Montero.

La Miscelánea pasada comenté una posible consecuencia de la inteligencia artificial: que esta acabe asumiendo buena parte de las habilidades y tareas humanas cubiertas por su ámbito de aplicación, el cual aumenta sin cesar. Un ejemplo inocuo lo son las aplicaciones que ayudan a las personas a chatear con éxito en redes sociales como Tinder, generando respuestas que puedan interesar a la contraparte. Aunque pedestre, el ejemplo nos muestra hasta qué punto esta tecnología puede acabar entrando en nuestras vidas, y tomar a su cargo habilidades tan básicas como la de comunicarnos con otras personas.

Una de las principales razones de los temores generados por la inteligencia artificial, es el tipo de habilidades que puede llegar a sustituir. Un punto que considero crucial para entender los posibles alcances de esta nueva tecnología, y la diferencia que la separa de la mayoría de las anteriores innovaciones tecnológicas experimentadas por la humanidad.

La mayoría de las habilidades impactadas por las anteriores revoluciones humanas estaban relacionadas con labores en las que el cuerpo era el instrumento crucial. La domesticación del fuego, por ejemplo, redujo significativamente la energía necesaria para masticar y digerir los alimentos, amplió el repertorio de lo que se podía comer, y liberó para otras labores mucha de la energía corporal necesaria para mantenerse caliente durante la noche y el invierno. Mucho más recientemente, la revolución industrial incrementó de forma exponencial el rendimiento del trabajo corporal. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad de algodón que una persona podía cosechar de forma manual, con la cantidad que esa misma persona puede cosechar con una cosechadora. Lo mismo ocurrió con innumerables tareas y oficios, incluyendo los artesanales, que se transformaron en labores mecanizadas e industrializadas. Claro está que todas estas labores, como la casi totalidad de las labores vistas como corporales, tenían, y siguen teniendo, un componente mental e intelectual. Quienes cosechaban manualmente el algodón debían decidir qué copos estaban listos para ser cosechados, como acomodarlos de la mejor manera en la bolsa que llevaban, y un largo etcétera. La aparición de las cosechadoras mecánicas aumentó la parte intelectual del trabajo, pues no solo su diseño y construcción, sino también su manejo, requiere de habilidades intelectuales significativas. No se trata, entonces, de establecer ninguna línea divisoria tajante entre las labores corporales y las intelectuales. Pero esto no elimina que distintas tareas requieran en distinta medida de ambos tipos de habilidades, ni que la historia de la humanidad sea, entre otras cosas, la del crecimiento de sus labores intelectuales y la disminución de las físicas.

De hecho, lo que buena parte de las anteriores revoluciones humanas permitió fue que las personas dedicaran una creciente cantidad de su tiempo y energía a labores cada más intelectuales y menos corporales. Un proceso cuyo éxito ha sido tal, que ha llevado hoy día a una gran cantidad de personas a tener que pagar por gimnasios, clubs, clases y muchas cosas más, y a tratar de reservar algo de su cada vez más escaso tiempo libre, con tal de volver a utilizar sus cuerpos, y evitar que estos se deterioren por simple y llana falta de uso. La humanidad, en su conjunto, ha venido encargando a todo tipo de tecnologías el trabajo corporal, mientras se concentraba en labores cada vez más intelectuales, incluyendo el diseño, construcción y operación de una creciente variedad de nuevos aparatos.

La escritura fue revolucionaria en tanto permitió registrar diversos procesos de pensamiento y sus resultados, aumentando mucho su alcance e impacto. Recientemente, la informática le permitió a los seres humanos encargarle a máquinas la realización de la parte más mecánica de toda una serie de labores intelectuales, como los cálculos matemáticos involucrados en la resolución de todo tipo de problemas, con alcances y consecuencias cuya profundidad ya conocemos. Veamos uno de los innumerables ejemplos que se podrían mencionar. Un buen programa informático escrito para tales efectos puede realizar, o ayudar a realizar, los cálculos matemáticos requeridos para definir las vigas y estructuras más eficientes y livianas posibles para un edificio. Pero concebir y diseñar el edificio y sus estructuras siguen siendo tareas a cargo de seres humanos. La tecnología ya reemplazó a las muchas personas que antes se dedicaban al dibujo técnico, pero había mantenido intacto el trabajo de las personas profesionales en arquitectura e ingeniería.

Ahora esto arriesga cambiar, pues la inteligencia artificial vuelve factible pensar, si es que no existen ya, en programas encargados de la concepción y diseño mismo de los edificios. Este es uno de los meollos de esta tecnología. Que justo aquellas capacidades que la humanidad se había reservado para sí, las que le permiten sentirse el ápice de la creación, y alrededor de las cuáles ha construido su autoimagen, bastante embellecida por cierto, ahora bien pueden empezar a ser ejecutadas por una tecnología de su propia creación.

Como sucede a menudo, la literatura había anticipado, tal vez sin saberlo ni quererlo, esta situación. Relatos como “El aprendiz de brujo”, popularizado hace décadas en una película de Disney, y novelas como Frankenstein, de Mary Shelley, ya habían esbozado, a su forma, situaciones parecidas. Luego, el muy conocido film 2001. Odisea del espacio, había anticipado el tema de forma explícita.

Podría parecer que tengo una visión catastrofista de la inteligencia artificial. Que ignoro sus potenciales beneficios para la humanidad. No es así. Esta nueva tecnología, como tantas otras, tiene tanto potencial para la esperanza como para el temor. Justamente por ello, cualquier optimismo o pesimismo que pretenda ser realista debe estar fundamentado en lo que la historia pasada y actual nos enseña al respecto. Un tema al que volveré en una próxima Miscelánea.

 

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