Bernal Herrera Montero.

Definir la creciente presencia e impacto de la inteligencia artificial en el mundo cotidiano, como una revolución que transformará profundamente muy diversos ámbitos de la vida humana, puede parecer exagerado. En tiempos donde los avances tecnológicos, incluyendo los informáticos, se suceden vertiginosamente, la inteligencia artificial, por significativa que sea, puede ser vista como uno más.

Resulta difícil predecir la profundidad de las transformaciones que, sin duda, provocará la diseminación de esta nueva tecnología. No menos difícil es intentar comparar tales cambios con los provocados por anteriores revoluciones humanas. Por ejemplo, la revolución agrícola, ocurrida por primera vez durante el neolítico, que alentó el paso de la vida nómada a la sedentaria. O la revolución científica, ocurrida durante los siglos XVI y XVII, que transformó la manera de entender y representar el mundo. Tal vez el mejor punto de comparación lo sea la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, que transformó las formas de producir objetos y energía.

La reconocida profundidad de los cambios sociopolíticos, culturales y económicos que provocaron revoluciones como estas, puede hacernos creer que la inteligencia artificial difícilmente podrá tener un impacto semejante, pero debemos recordar que quienes vivieron los inicios de esas revoluciones, difícilmente imaginaron hasta dónde llegarían ellas y sus consecuencias. En todo caso, sea que la inteligencia artificial acabe produciendo, o no, una revolución comparable, lo cierto es que provocará cambios de una magnitud difícil de exagerar.

Tenemos, para empezar, la inusitada velocidad con la que se ha extendido una tecnología que hasta hace poco era, para la inmensa mayoría, poco más que una noción algo abstracta, y en muy corto tiempo, estando apenas en ciernes, se ha convertido en una herramienta cotidiana y accesible. Cualquier persona con conocimientos informáticos básicos puede utilizar con gran facilidad diversos servicios de inteligencia artificial. Un par de años después de los lanzamientos de las primeras plataformas abiertas al gran público, existe hoy día todo un ecosistema informático de sitios de inteligencia artificial, ofreciendo servicios gratuitos y de pago. Se trata, entonces, de una tecnología novedosa, cuya difusión y posibles aplicaciones van creciendo exponencialmente.

Pero estar tomando el mundo por asalto es solo una de las razones, y no la más importante, por las cuáles la inteligencia artificial bien podría provocar la próxima gran revolución humana. Mucho más importante es la multiplicidad y tipo de campos en los que su impacto se ha hecho y se hará sentir. En uno de los más conocidos, la escritura de textos, las capacidades de la inteligencia artificial ya va generando abundantes discusiones. Y no es para menos. La escritura, inventada en el mundo antiguo por unas pocas culturas de Asia y América, fue una de las más importantes revoluciones de la humanidad, en tanto posibilitó la búsqueda, acumulación y transmisión de los más diversos pensamientos y conocimientos, y hacerlo de formas antes impensables. A la fecha, los innumerables inventos técnicos relacionados con la escritura, de la tableta de arcilla y el papiro al libro, la imprenta, la computadora y los textos digitales, mejoraron la capacidad de almacenar, reproducir y diseminar lo que los seres humanos escribían. La inteligencia artificial, en cambio, representa un salto cualitativo y revolucionario: por primera vez existe una tecnología para la producción misma de textos.

La escritura, hasta hace pocos años producto exclusivo de la inteligencia humana, ahora también es producida por la inteligencia artificial, y esta entra a competir directamente con la humana. Una competencia en la que la inteligencia artificial tiene todas las de ganar. Las razones son evidentes: su capacidad no solo de almacenar y accesar, en tiempo real, cantidades de información inabarcables para la mente humana, sino también de procesarla, de formas cada vez más complejas y refinadas, a una velocidad igualmente inaccesible a la inteligencia humana, todo lo cual le permite producir textos en una fracción del tiempo que le tomaría a un ser humano escribir algo semejante.

A quienes crean que hay algo en la mente humana, llámese la inspiración, el genio, el talento o como se quiera, exclusivo de la inteligencia humana e inalcanzable para la artificial, puede resultarles significativo el proceso que culminó en 1997, cuando Deep Blue, una computadora, finalmente venció a Garry Kasparov, el campeón mundial de ajedrez de esa época. Al principio, las computadoras que jugaban ajedrez básicamente almacenaban una inmensa cantidad de partidas pasadas y de posibles respuestas a las jugadas del rival, tiempo durante el cual, si bien fueron mejorando su nivel, siempre podían ser derrotadas por un buen ajedrecista. Una situación que reforzaba la creencia de que, sin importar la cantidad de información que ella manejara, la máquina no podía derrotar al talento y creatividad humanas. Luego no solo aparecieron equipos y programas informáticos más poderosos y sofisticados, sino que las computadoras fueron aprendiendo a encontrar jugadas novedosas y a responder a las de su rival. Un equipo de informáticos y ajedrecistas trabajó durante varios años en programar y enseñarle a jugar a Deep Blue. En 1996, la primera serie de seis partidas entre la computadora y Kasparov terminó con la victoria de este, quien sin embargo perdió la primera partida. Y en la revancha de 1997, la computadora derrotó a Kasparov por 4 a 2.

Este acontecimiento, un hito en el futuro desarrollo de la inteligencia artificial, es acaso el mejor anticipo, o al menos el más conocido, de lo que se viene, o, para ser más precisos, de lo que ya tenemos encima, con el auge, que no hace sino comenzar, de la inteligencia artificial. Un tema al que volveré en una próxima Miscelánea.

 

 

 

 

 

 

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Bernal Herrera

Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.