Bernal Herrera Montero.

Por su potencial impacto en la vida humana individual y colectiva, la inteligencia artificial ha generado enormes esperanzas y temores. Para evitar por igual esperanzas ingenuas y temores infundados, es necesario considerar el contexto en que se va desarrollando.

Hoy día, por ejemplo, tres de las fuerzas más influyentes son el carácter capitalista de la economía y la sociedad; la lucha de Estados Unidos y sus aliados por contener el ascenso de China y la construcción de un mundo más multipolar; y el auge del autoritarismo y la desinformación.

El capitalismo estimulará la aparición de innumerables aplicaciones de inteligencia artificial. Por ejemplo, es casi seguro que se produzcan muchos avances en el ámbito médico, pero posiblemente muchos de ellos saldrán al mercado con un alto precio, obstaculizando así su puesta al servicio de toda la humanidad. Pues a diferencia de muchas revoluciones humanas previas, la actual está siendo desarrollada por instancias privadas orientadas al lucro.

La capacidad de analizar inmensas cantidades de información podría posibilitar que esta nueva inteligencia definiera las medidas más efectivas para mitigar la crisis ecológica. Pero es probable que, como tantas medidas que ya sabemos urge implementar, muchas de ellas no se pongan en práctica por limitar el crecimiento económico. Lo mismo puede decirse, también, de su posible capacidad de proponer medidas para aliviar la creciente desigualdad socioeconómica.

A su vez, dado el peso tecnológico de los Estados Unidos y China, la pugna entre ambos países podría influir negativamente. Primero, impidiendo la transferencia de aplicaciones avanzadas de inteligencia artificial, como ya impide el gobierno de Biden la transferencia a China de los más avanzados componentes cibernéticos. Segundo, priorizando la inversión pública de las potencias en aplicaciones militares de dicha inteligencia, ya utilizada en tareas bélicas como la selección de blancos de ataque, que maximicen el daño al enemigo con la menor cantidad posible de recursos.

En cuanto al auge del autoritarismo y la desinformación, la inteligencia artificial ya juega un papel cada vez más importante en el diseño, creación y difusión de todo tipo de herramientas y contenidos en apoyo de estas tendencias, lo que influye en el clima de opinión pública y en los procesos electorales. Es previsible que el papel de esta nueva tecnología y de sus gurús no haga sino aumentar, por ejemplo creando y distribuyendo de forma personalizada narrativas políticas que influyan las actitudes sociopolíticas de las personas.

En resumen, que el contexto global en que la inteligencia artificial se va desarrollando dificultará que muchos de sus potenciales beneficios se concreten. Si por un lado se abre, por ejemplo, la posibilidad de que la humanidad se vea liberada de una enorme cantidad de trabajo, en un mundo capitalista este es uno de los principales temores creados por esta tecnología. La perspectiva de que esta asuma numerosas tareas efectuadas hoy día por seres humanos, algo que en otro tipo de sociedad sería vista con optimismo, en la práctica significaría la desaparición de millones de puestos de trabajo. Si todas las personas dispusieran de una renta mínima que les garantice una vida frugal pero digna, la posibilidad de dedicarse a labores no-remuneradas libremente escogidas sería la realización de un viejo sueño de la humanidad. En el capitalismo actual, en cambio, la pérdida del trabajo remunerado, por odioso que este pueda ser, significa para la mayoría la entrada en la pobreza o la agudización de esta. Lo paradójico, por no decir trágico, es que si bien implementar un ingreso mínimo universal no es una mera utopía sino una posibilidad real, hacerlo sigue siendo sociopolíticamente difícil.

Así las cosas, si bien es probable que la inteligencia artificial termine proporcionándole a numerosas personas una vida más satisfactoria y saludable, para un número mayor sus resultados bien pueden ser los contrarios. Que muchos de sus principales creadores y conocedores estén entre las personas más preocupadas por su desarrollo, no ayuda a disipar los temores.

Si la faceta legal de la inteligencia artificial genera temores, su uso ilegal los aumenta. En lo micro ya vemos su cada vez más frecuente uso para cometer viejas y nuevas estafas. En lo macro el peligro es aun mayor. La inteligencia artificial se aloja y despliega en los mundos cibernéticos, que gracias al “internet de las cosas” abarcará cada vez más facetas de la vida cotidiana. Y es en dichos mundos cibernéticos donde se mueven y alojan, por ejemplo, la información y transacciones financieras, lo cual vuelve posible que toda esta información sea manipulada, con fines delincuenciales o políticos. ¿Qué sucedería si un día una o varias naciones despiertan con sus bancos fuera de línea, o con su información borrada o alterada? Hoy en día esto puede parecer difícil, pero la distancia entre la actual inteligencia artificial y la que posiblemente exista en unos diez o quince años podría resultar semejante a la que separa las primeras computadoras de las actuales.

Lo dicho en estos episodios no es más que una pincelada sobre los retos de la inteligencia artificial, y no aspira sino a evidenciar lo necesario que resulta discutirla. En Costa Rica, ¿qué pasará, por ejemplo, cuando los call centers pasen a ser mayoritariamente atendidos por robots? No tengo ninguna bola de cristal, y como durante mi vida esperé ver realidades que nunca llegaron, y en cambio he visto otras que nunca imaginé, desconfío, y mucho, de mi capacidad predictiva. Pero por todo lo que he experimentado, sí creo poder decir que el problema de fondo no radica tanto en la inteligencia artificial como tal, sino en la ambición y egoísmo, o simple estupidez, que guían hoy día, como en el pasado, a muchos poderes fácticos capaces de influir el curso de la historia.

 

 

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Por Bernal Herrera

El autor tiene su titulo de Ph.D. en Literaturas Hispánicas y M.A. en Literaturas Hispánicas por Harvard University. Licenciatura y Maestría en Filosofía por la Universidad de Costa Rica. Ha recibido becas de estudio de la Universidad de Costa Rica, Fulbright Program y Harvard University. Ex Vicerrector de Docencia y Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica.