Bernal Herrera: Teatro del bueno

Parte de la programación celebratoria del 40 aniversario de la Sala Vargas Calvo, la presente puesta en escena de Alimento para el olvido es teatro del cámara del bueno, y merece ser disfrutado y apreciado por un público numeroso.

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Bernal Herrera Montero.

La puesta en escena de Alimento para el olvido, del dramaturgo costarricense Álvaro José Martínez Cortés, reúne muy diversos méritos. Empecemos con el texto. Incisivo, sin alardes pero también sin concesiones, la obra toca un tema que, si bien tiene repercusiones en nuestro país, se refiere a otras latitudes: las cicatrices emocionales de una dictadura en sus ejecutores y en la sociedad que la padece. La obra presenta la situación de una manera altamente eficiente, y logra encapsular una situación colectiva en el microcosmos de una pequeña familia. No conozco otras obras del mismo autor, pero a juzgar por esta, estamos en presencia de un dramaturgo capaz de escribir obras teatrales de una gran calidad, que además se sale de los límites de la realidad nacional. En un país cuya literatura y dramaturgia se autolimita mayoritariamente a realidades nacionales, ya esto sería, por sí solo, un cierto mérito. Pero si la obra no estuviera tan lograda como lo está, de poco le valdría su infrecuente audacia. Por suerte no es así, y lo que el público presencia es una obra excelentemente construida, con personajes y situaciones que, no por inusuales, dejan de ser enteramente creíbles. Para mi gusto, el final pudo haber dejado un poco más de campo a la ambigüedad construida a lo largo de la obra, pero esto no es sino un detalle, y acaso el resto del público valore de otra forma su final.

La dirección tiene el alto nivel esperable en veteranos con la trayectoria de Roxana Ávila y David Khorish. Su impecable trabajo logra sacar lo mejor no solo del texto, sino del elenco y del espacio de la sala. Lejos de distraer al público con la abundante parafernalia presente en muchos montajes, este se centra en lo esencial: la eficaz puesta en escena de un texto rico y sugerente, cuya puesta en escena se sostiene gracias a su calidad y al nivel del elenco.

Una de las debilidades más frecuentes en el teatro costarricense, en especial el que requiere de elencos numerosos, es el desnivel de las actuaciones. En este caso, todas y cada una de ellas es de un excelente nivel. Destaca la de Luis Herrera, quien interpreta al personaje principal de la obra, pero el resto: Ana Ulate, Noelia Campos y Camila Campos, también logra actuaciones destacadas y convincentes. Tanto quienes están más tiempo en escena, como quien participa en una sola de ellas (pero una escena clave), todas ellas están a la altura. No hay, entonces, desniveles actorales que afecten el desarrollo y el disfrute de la obra.

Si un buen nivel actoral es uno de los elementos cruciales del buen teatro, más aún lo es en una sala como la Vargas Calvo, en la que el público está casi literalmente metido en la escena. Estar a muy escasos metros de la acción se vuelve un disfrute adicional si el nivel actoral es bueno, y una molestia constante si esto no se logra. El tamaño de la sala obliga a cualquier montaje que allí se presente a usar el escaso espacio disponible de la manera más creativa posible. En este caso, la parca y eficiente escenografía e iluminación cumplen el reto, de forma tan discreta como adecuada, logrando crear la sensación de que estamos en presencia de la casa y el jardín donde transcurre la acción.

La Sala Vargas Calvo, una de mis favoritas, es apta casi únicamente para teatro de cámara, ese  que se sostiene a punta de buenos textos, buenas actuaciones y un uso moderado e inteligente de otros recursos como la escenografía, el vestuario, la música y la iluminación. No lo es, en cambio, por razones obvias, para un teatro en donde el espectáculo sea parte importante de la puesta en escena. Ignoro si la obra estaba pensada originalmente o no como teatro de cámara, pero aquí funciona a la perfección como tal.

Parte de la programación celebratoria del 40 aniversario de la Sala Vargas Calvo, la presente puesta en escena de Alimento para el olvido es teatro del cámara del bueno, y merece ser disfrutado y apreciado por un público numeroso.

 

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