Bernal Herrera: Tolstoi – La guerra y el otro final (Podcast)

La propaganda militar que presenta al enemigo como un grupo humano malvado suele ser muy efectiva, pero no todas las personas caen en ella. Un ejemplo fascinante es la novela La Guerra y la paz, obra maestra de León Tolstoi, quien al narrarnos los hechos de la terrible invasión napoleónica de Rusia en 1812, toma partido por el bando ruso, pero sin idealizarlo ni deshumanizar al enemigo francés.

Bernal Herrera Montero.

La Miscelánea pasada comenté la violencia simbólica tan frecuente durante las guerras. Las campañas que idealizan el bando propio y demonizan al enemigo, presentándolo como uniformemente malo, suelen ser efectivas, y llevan a una mayoría a creer que la guerra no se pelea contra seres humanos normales, sino contra grupos marcados por el mal.

La mayoría de los conflictos sobre los cuáles tenemos, o creemos tener, suficiente información fidedigna, nos compelen, con toda justicia, a ponernos del lado de quienes consideramos tienen la razón. Pero si bien a menudo debemos tomar partido, no estamos obligados a deshumanizar al enemigo.

Negarse a compartir el maniqueísmo colectivo producido por las guerras requiere el escaso tipo de coraje moral mostrado por quienes denuncian las violencias injustificadas de su propio bando, por los objetores de conciencia que se niegan a combatir en una guerra que estiman inválida o injusta, o por rechazar la forma en que se lleva a cabo, y también por los pacifistas, quienes defienden la paz como un bien superior.

Un ejemplo aleccionador de toma de partido crítica y ecuánime es La guerra y la paz, obra maestra del escritor ruso León Tolstoi, ambientada en la época que culmina en 1812 con la invasión napoleónica a Rusia. La novela nos describe los ambientes aristocráticos de la Rusia zarista y las vicisitudes de la guerra contra Napoleón. Escrita medio siglo después de una invasión realizada sin ninguna razón legítima, el tema se prestaba para una apología del heroico y victorioso ejército ruso sobre el maligno enemigo francés, pero Tolstoi hace algo más interesante, y nos presenta una visión mucho más crítica y equilibrada. Al tiempo que describe la heroica valentía del ejército ruso, ejemplificada en el artillero Tushin, nos presenta a una aristocracia rusa valiente pero también frívola y ambiciosa, dividida en su opinión sobre Napoleón, y cuya lengua cotidiana es el francés, el idioma del enemigo, no el ruso, que en algunos casos casi no usan y conocen mal. Esto responde a una realidad histórica: en el siglo XIX el idioma internacional de las clases altas europeas no era el inglés, sino el francés. Desafortunadamente, este importante rasgo lingüístico se pierde en muchas traducciones de la novela, donde los diálogos en francés del original son puestos en el mismo idioma que el resto del texto.

Tolstoi nos pinta una clase dominante rusa muy influida por la cultura de su nuevo enemigo. Muchos aristócratas son afrancesados que han pasado largas temporadas en París, y esto influye en sus conductas durante la invasión. Es el caso de Pierre, un personaje central, cuyas relaciones con el nuevo enemigo son complejas y variadas. Tras salvar la vida de un oficial napoleónico con quien hace amistad, decide asesinar a Napoleón, pero antes es hecho prisionero por el ejército francés.

La novela muestra los vínculos entre la Rusia zarista en lucha por su independencia, y una Francia que en cuestión de pocos años pasa de ser una nación enemiga a una aliada para luego volverse de nuevo enemiga. Estos vaivenes nos hablan de una clase dirigente más atenta, como en tantos conflictos del pasado y presente, a sus propios cálculos e intereses que a las necesidades de la nación, y muy distante de los demás sectores sociales, de donde provienen personajes tan heroicos como Tushin y Denisov. Incluso asistimos a escenas en las que soldados rusos fraternizan con sus derrotados colegas franceses.

Tolstoi no idealiza al bando ruso ni deshumaniza al francés, actitud ejemplificada en su descripción de Napoleón y del principal líder militar ruso, Kutuzov. Describe el horror y sufrimiento que causa la invasión, pero no demoniza a Napoleón, presentado como un hombre frío y astuto, que ordena batallas sin que lo inmute la muerte de miles de soldados, en una guerra emprendida por vanagloria y para ampliar su poder, pero estas son las mismas motivaciones que antes habían llevado al zar a aliarse con los enemigos de Napoleón.

Kutuzov, en cambio, es presentado de forma positiva y hasta entrañable, pero no como el arquetípico héroe militar, cuya audacia lo lleva a lanzarse contra el enemigo para salvar su nación. Al contrario, en el texto Kutuzov es un general defensivo, que prefiere dejar la iniciativa al enemigo, estrategia que él había recomendado durante la batalla de Austerlitz y que, de haber sido atendida por el vanidoso zar, hubiera salvado al ejército ruso de la carnicería allí sufrida. Pese a haber tenido razón, el zar lo destituye por considerarlo muy pasivo, pero sucesivas derrotas lo obligan a llamarlo de nuevo. Reinstalado en el mando, Kutuzov evita cuanto puede dar batalla frontal al enemigo, como deseaban sus generales, y prefiere dejar que Napoleón avance sin grandes obstáculos, esperando alguna ocasión propicia, y a que el disciplinado ejército francés se vaya transformando en una masa desconcertada que, al verse atrapada en el invierno ruso, solo intenta retirarse cuánto antes. Cuando esto ocurre, Kutuzov sigue a distancia al ejército francés, sin intentar destruirlo.

Siempre ecuánime y atento a los hechos, no a la propaganda, Tolstoi niega la acusación hecha contra Napoleón de haber quemado Moscú intencionalmente. También rechaza que el descomunal incendio fuera ordenado por Kutuzov para dejar sin refugio al enemigo. Moscú, nos dice el texto, se quemó por motivos mucho más prosaicos: era una ciudad de madera y tras tomarla, los miles de soldados franceses se vieron obligados a hacer fuegos en las casas para calentarse y cocinar.

Tolstoi no es, en absoluto, neutral ante el conflicto. Sus simpatías son tan claras como predecibles: es ruso y está del lado de Rusia. Pero se niega por igual a idealizarla y a vilipendiar a su enemigo, la Francia napoleónica. La Guerra y la Paz es una novela fascinante, y sobran los motivos para leerla, empezando por el placer literario que proporciona entrar en su mundo. Una de sus muchas lecciones para estos tiempos nuestros de guerras e invasiones, es recordarnos la posibilidad de tomar partido sin deshumanizar a quienes, en un momento dado, son el enemigo.

 

 

 

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