Bernal Herrera: Tolstoi – La guerra y el otro (Podcast)

Es bien conocida la violencia física que toda guerra inflige a sus participantes y poblaciones civiles afectadas. Menos visualizada suele estar otro tipo de violencia asociada a las guerras: la simbólica, mediante procesos como la invisibilización selectiva de conflictos, o la producción de imágenes degradadas del enemigo.

Bernal Herrera Montero.

Las guerras, tan lamentables como constantes, han marcado casi todos los periodos históricos, y merecido una muy justificada atención. Pero mientras algunas tienen gran difusión mediática, otras son mucho menos publicitadas y conocidas.

Ello no siempre se relaciona, como podría creerse, con su magnitud, medida en factores como el número de muertes provocadas. Directa o indirectamente, la Rebelión Taiping produjo en China, entre 1850 y 1864, unos 20.000.000 de muertes, pero es poco conocida fuera de ese país. Cierto, se trató de una guerra civil interna, no de una entre países, pero la guerra civil estadounidense, la cual produjo 1.500.000 muertes en esa misma época, es mucho más conocida por el público internacional. Sin duda influyen las repercusiones internacionales de sus consecuencias, como la reunificación de los Estados Unidos y la abolición allí de la esclavitud, pero también opera el automatismo de creer, injustificadamente, que la historia de los últimos dos mil años la determinan unilateralmente sus actores occidentales.

Este automatismo afecta la percepción de numerosos conflictos. Contra lo que su nombre indica, se suele pensar en la I y II guerras mundiales como conflictos europeos peleados por occidentales, ignorando que ambas guerras también se pelearon fuera de Europa, con la participación de millones de personas no-occidentales, incluyendo soldados, en especial de las colonias de la potencias europeas beligerantes. Según datos del gobierno inglés, junto a los 5.000.000 de soldados del Reino Unido, en la II Guerra Mundial pelearon casi 1.500.000 de la India, y cientos de miles de las colonias británicas en África. Soldados que tras pelear junto a sus pares europeos en diversos escenarios, a menudo fueron devueltos a sus países de origen, sin recibir las oportunidades y beneficios otorgados a aquellos.

En todo esto juega un papel crucial el racismo, fiel compañero de la creencia en una unilateral centralidad histórica de Occidente. Así, al final de la I Guerra Mundial, el racismo llevó a los jefes del ejército estadounidense a prohibirles a sus soldados negros participar en el Gran Desfile de la Victoria Aliada, realizado el 14 de julio de 1919 en París. El motivo: Estados Unidos deseaba transmitir en Europa la imagen de una nación enteramente blanca. Tras pelear valientemente, a numerosos soldados negros se les negó el transporte de vuelta a los Estados Unidos en el buque militar USS Virginia, y al regresar allí, los soldados negros siguieron siendo tan discriminados como antes.

Hechos como los arriba mencionados abundan, y nos permiten constatar que, junto a la evidente violencia militar, las guerras también desatan una violencia simbólica, menos visible pero no menos real, la cual se ejerce de diversas formas. Veamos tres. Una es la invisibilización de conflictos que, por razones a menudo teñidas de racismo, se consideran poco dignos de atención, caso de la guerra civil que desde 1998 asola la República Democrática del Congo, cuyas cifras de muertes por causas atribuibles al conflicto oscilan entre 2.500.000 y 5.000.000 de víctimas. Preguntémonos: ¿cuánto espacio mediático tendría hoy una guerra civil parecida en lugares como Europa, Estados Unidos, China o Japón? Este no es un caso aislado. Recordemos la cobertura mediática, al principio escasa y ahora casi nula, del actual conflicto bélico en Sudán, que junto a un número relativamente bajo de muertes, ha provocado el desplazamiento de unos 5.000.000 de personas.

Una segunda forma de violencia simbólica durante las guerras es la forma de presentar y destacar el sufrimiento y la violencia. Mientras el sufrimiento propio y la violencia ajena son ampliamente publicitados, el sufrimiento ajeno es invisibilizado y la violencia propia es presentada bajo la forma de acciones normales o heroicas. La guerra de Vietnam es un buen ejemplo: en Occidente los 65.000 soldados estadounidenses muertos recibieron más atención mediática que los millones de muertes vietnamitas.

La tercera es la deshumanización del enemigo, reducido a una imagen totalmente negativa, que lleva a verlo como la encarnación de algún tipo de mal, sea este político, económico, religioso o de otra índole. El fenómeno suele abarcar a los distintos bandos en conflicto. Abundante propaganda pro-israelí presenta a toda la población de Gaza, bebés y niños incluidos, como culpables o partidarios del atroz ataque de Hamas y por tanto como enemigos que no merecen piedad ninguna, a los que es legítimo bombardear sistemáticamente. Por su parte, algunos simpatizantes de la causa palestina, junto a la necesaria denuncia de las atrocidades del ejército israelí, van reviviendo viejos prejuicios antisemitas.

Tal vez la causa principal de estas dos últimas formas de violencia simbólica sea la necesidad de convencer a amplios sectores de la población de apoyar auténticas carnicerías humanas. Un objetivo difícil de lograr mientras el enemigo sea visto como lo que son: poblaciones compuestas de personas que, en su conjunto, no son ni mejores ni peores que la propia. Los artífices de toda guerra necesitan hacernos creer que el enemigo, con quien a menudo se ha coexistido pacíficamente por décadas o siglos, está constituido por seres humanos cualitativamente diferentes, cuyas características negativas justificarían la violencia extrema que se desata, o se deseara poder desatar, contra ellos. Las consecuencias de todo ello perduran largo tiempo. Así, la extrema violencia militar y simbólica contra la población de Gaza refuerza la política del gobierno de Netanyahu de dificultar cada vez más la única solución hoy día posible a la situación del pueblo palestino y de la región: la de los dos estados, la cual pasa por la creación de un estado palestino viable junto al ya existente de Israel.

No estoy predicando ninguna neutralidad frente a los conflictos. No soy neutral, y creo en la toma de partido, pero afirmo que es posible, y conveniente, hacerlo sin deshumanizar al enemigo. Mantener una imagen balanceada y ecuánime de los grupos humanos enfrentados en toda guerra. Una actitud espléndidamente ejemplificada en la novela La guerra y la paz, de León Tolstoi, escritor ruso del siglo XIX, que comentaré en una próxima Miscelánea.

 

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