Bernal Herrera: Una noche en La Peni

Para quienes ya peinamos canas, o les queda muy poco pelo que peinar, La Peni era y sigue siendo sinónimo de horror y temor.

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Bernal Herrera Montero.

Existen edificaciones cuyo destino ha conocido muchos y variadas peripecias. Algunos de ellos son muy famosos, como el Partenón, que tras ser el templo más importante de la Atenas clásica, pasó por diversas vicisitudes que lo llevaron, por ejemplo, a ser utilizado como depósito de municiones y como sitio para extraer obras artísticas, las más célebres de las cuáles están hoy día exhibidas en el Museo Británico. Otros disfrutan de una celebridad local, como el viejo teatro Grand Splendid, de Buenos Aires hoy día convertido en una bella librería. Otros en fin, son muy poco conocidos incluso a nivel local, como la modesta iglesia gótica que había sido convertida en bar-discoteca, y pude conocer en Burdeos. Pero pocos de ellos de ellos habrán sufrido cambios tan abismales en su uso como la Peni, la antigua Penitenciaría Central de San José, hoy día convertida en doble museo: el Museo de los Niños y el Museo Penitenciario. Una conversión que se dice fácilmente, pero cuya realización requirió, primero, de imaginarla y pensarla como posible, y una vez pensada y decidida, de ejecutarla implementando y manteniendo, hasta hoy día, este visionario proyecto con tesón y determinación

Para quienes ya peinamos canas, o les queda muy poco pelo que peinar, La Peni era y sigue siendo sinónimo de horror y temor. Horror a lo que sabíamos, o creíamos saber, pasaba adentro; y horror ante la posibilidad de que la siempre variable mezcla de causas y azares que rigen nuestras vidas, nos llevara a vivir en carne propia lo que allí ocurría. A pesar de su tamaño y del lugar alto y prominente en que se encuentra, que la volvía inocultable, La Peni era una realidad que sabíamos que existía pero preferíamos ignorar. Una especie de terrible cuerpo extraño inserto en el tejido urbano. Lejos de ser casualidad, esto respondía a las tendencias que en materia carcelaria circulaban en la época en que fue construida, muy visibles en su localización y su arquitectura. Ubicarla en plena ciudad pretendía ser un recordatorio para el resto de la población de que “el delito no paga”, o mejor aun, que “el delito se paga”, y de qué espantosa manera…. En cuanto a su arquitectura, respondía a la estructura  denominada “panóptico”, muy utilizada en instalaciones penitenciarias, diseñada para observar y controlar de  manera constante, segura y desde lo alto, a una población numerosa.

La Peni era, por las condiciones que allí prevalecían —y no solo las materiales sino también por las emocionales y vitales en el amplio sentido de estos términos—, una auténtica casa del horror. Dentro de sus paredes ocurrían todo tipo de privaciones, abusos y violencias. Del sistema contra los privados de libertad y de estos entre sí. Tantas fueron y tanto llegaron a pesar en el ánimo del país, que finalmente se tomó la decisión de irla vaciando poco a poco, hasta dejarla casi totalmente abandonada. Y así estuvo, abandonada, hasta que pareció que al gran edificio le tocaría el mismo destino que a tantas otras edificaciones del viejo San José: ser arrasado y, dejando en pie únicamente sus paredes externas, ser convertido, esta vez no en un parqueo como la antigua Biblioteca Nacional, sino en una central de autobuses. En resumen, una utilización práctica y comercial, lograda a expensas de arrasar con el gran  patrimonio arquitectónico y la notoria memoria histórica del lugar. Es en ese momento cuando, para gran suerte del país, doña Gloria Bejarano, siendo Primera Dama, toma la decisión de preservar las instalaciones y darles uso como bien cultural. Emprende la recuperación y restauración de las instalaciones, e inicia una incansable labor que continúa hasta el día de hoy. Gracias a su empeño y al del equipo que la secunda, empieza así la historia que llevaría a que el edificio en el que se condensaba el abandono y el horror que definen una de las peores facetas de nuestro país, se convirtiera en un sitio de alegría y aprendizaje infantil y también adulto. Nace así el Museo de los Niños, muy frecuentado y conocido por innumerables grupos y familias. Pero no es este el que aquí interesa. Decidida a preservar no solo las instalaciones materiales sino también la memoria histórica allí acumulada, crea en el sitio un segundo museo, mucho menos conocido: el Museo Penitenciario, que dispone de instalaciones físicas museísticas que nos dan una cierta idea de las condiciones que imperaban en el sitio. Esta es la parte más visible del Museo Penitenciario, pues este abarca no solo sus instalaciones. En sintonía con tendencias museísticas contemporáneas, también dispone de otros servicios, destacando el montaje alrededor del cual se organiza la experiencia titulada “Una noche en la Peni”.

Invitado por doña Gloria Bejarano, y con ella como anfitriona en compañía de su marido don Rafael Ángel Calderón Fournier, un grupo de colaboradores de La Revista tuvo la oportunidad de vivir dicha experiencia. En lo fundamental, esta consiste en un tour de las instalaciones de la vieja penitenciaría, incluyendo los pabellones dedicados al Museo de los Niños, rodeados por un montaje teatral en el que actores que encarnan a guardas, privados de libertad y a la pareja de uno de estos, escenifican lo que pudo haber sido el ingreso a La Peni de un nuevo grupo de presidiarios, rol este que, quieran o no, corre a cargo de los participantes en el tour. Se trata, en suma, de una experiencia inmersiva, en la cual las personas asistentes al tour son puestos en la situación que más quisieran haber evitado: ir a dar a prisión, y ser recibidos como carne fresca de una tan horrenda y temible como lo era La Peni en sus peores tiempos. El tour es guiado por un actor que que encarna, y muy bien, a un presidiario con muchos años de vivir en ese lugar, quien va dando un tour de lo que era La Peni, así como las indicaciones que todo novato debería saber para su supervivencia en un ambiente tan violento. Este presidiario actúa como Virgilio con Dante, y guía al grupo a un viaje al infierno a través de las mazmorras y pasillos donde deambulan el resto de los presidiarios. El elenco funciona a la perfección, y la recreación de los distintos tipos de celdas, privados de libertad y ambientes es convincente.

Es esta una experiencia que, por su valor histórico y humano, y por recordarnos una faceta a menudo olvidada de nuestra memoria colectiva, sin duda merece ser vivida por una muy amplia población. Pero no se trata solo del pasado, pues en lo que a factores como el hacinamiento se refiere, muchas de las actuales cárceles nacionales no han superado el nivel de La Peni. Se trata, en suma, de una experiencia que nos habla de un pasado en  buena medida olvidado, en alguna medida superado, que es necesario recordar para no repetir; pero también de un presente que debiera ser mejorado y dejado atrás de una vez por todas.

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