Bernal Herrera: Una velada con Carlos Mejía Godoy

Un hombre de quien puede decirse, con palabras de Machado, que es, “en el buen sentido de la palabra, bueno.” Un hombre que, además de reconocidamente talentoso y comprometido, es bueno, y no por ingenuidad, desconocimiento del mal o falta de fuerza para tomar posición, sino por simple y llana bondad

0

Bernal Herrera Montero. bernalhe@yahoo.com

Llegó con un estuche de acordeón, enfundado en un buzo de ejercicio y una camiseta por el estilo, como quien sabe que la apariencia poco importa, o como quien simplemente no tuvo tiempo de cambiarse y poco le importó. Esa fue la primera de muchas cosas que me lo hicieron simpático. Cierto, yo estaba predispuesto a la simpatía, pero en otras ocasiones tal predisposición había dado paso a la desilusión, lo que esta vez no sucedió. La reunión, organizada por personas cercanas al medio digital La Revista, era privada y contaba con pocos invitados y aun menos asistentes, pues algunos no pudieron llegar. Yo estaba ahí de forma algo imprevista, invitado por el anfitrión. Esa tarde íbamos a tomar café y me invitó a la velada, aunque no era parte del grupo previsto.

A diferencia de los cientos de miles de nicaragüenses llegados a Costa Rica los últimos veinte o treinta años, que dejaron su país por razones económicas, la salida de Carlos Mejía, como la de otras personas llegadas los últimos meses, obedece a razones políticas. Una situación que trae numerosas memorias a quienes ya éramos adolescentes o adultos en los años 70s, cuando el exilio político nicaragüense era una realidad cotidiana en nuestro país. En esa época huían de la represión y atropellos del régimen somocista; ahora del régimen instaurado por Daniel Ortega, uno de los comandantes sandinistas que ayudaron a derrocar a Somoza.

Con la fluidez de quien está acostumbrado a moverse en diferentes ambientes y a ser a menudo el centro de atención, pero sin la arrogancia que a veces acompaña a este tipo de personajes, muy pronto Carlos Mejía estaba a sus anchas en el pequeño grupo, cumpliendo con entusiasmo lo que se esperaba de él: que contara algunas de sus experiencias políticas y artísticas. Tal vez cansado de tener que referirse a menudo a la actual realidad política de Nicaragua, rápidamente empezó a contar anécdotas sobre sus inicios como músico. Pero lo musical y lo político siempre fueron en él de la mano, y según narró al puro principio de su carrera musical perteneció a un grupo cultural llamado Gradas, creado y liderado ni más ni menos que por Rosario Murillo, esposa, cómplice y mano derecha de Daniel Ortega.

Desde ese momento afloró en su conversación algo que reaparecería en diversos momentos: la ausencia de odio en sus relatos, aun aquellos que versaban sobre quienes, con su accionar, no solo habían traicionado a la revolución sandinista, sino que dirigen el régimen por cuya causa ha debido salir de su país. Rosario Murillo, contó Mejía con la tranquilidad de quien habla de una amiga a quien ya no se ve, demostraba desde esa época su enorme laboriosidad y capacidad organizativa. Contó anécdotas de su carrera artística con el tono confiado de quien se sabe escuchado con simpatía y atención, y con la llaneza de quien, pese a su éxito y popularidad, se percibe a sí mismo como un simple ser humano a quien la vida le ha deparado diversas satisfacciones, y no como quien se considera una estrella destinado a ello desde su nacimiento.

Habiendo visto el clavicémbalo del anfitrión, se le acercó con la cara y el entusiasmo del niño travieso que no puede evitar pone sus manos sobre un estupendo juguete, y procedió, como quien no quiere la cosa, a tocar un breve fragmento de una obra de Bach. No se sentó ante el instrumento, mucho menos intentó asombrar con la algo inesperada facilidad que él, músico de orientación popular y contestataria, mostraba ante un instrumento tan alejado de su registro musical usual.

En sus anécdotas se presentó como un hombre afortunado, a quien una serie de “chiripas” (fue la expresión que usó) lo habían llevado a muy diversos escenarios y países. Aquí y allá mencionaba algunos indicadores de su éxito, pero como el adolescente que, antes de adoptar la solemnidad de tantos adultos, cuenta la aventura que le ha salido bien. Él narraba y los demás escuchábamos, pero a veces alguien le hacía alguna pregunta, que oía con atención y respondía con amabilidad, respuestas que a su vez lo llevaban a otras anécdotas. Tal vez por lo doloroso que sin duda le resulta la situación de su país, parecía evitar el tema.

Comió los bocadillos con apetito, como quien disfruta los placeres de la mesa. Conforme avanzaba la velada, y tal vez la confianza, empezó a hablar más de la historia de su país en las últimas décadas, siempre con una notable ausencia de odio. Contó cómo fue que el sandinismo, cuando la situación le exigió escoger una cara visible, seleccionó a Daniel Ortega para tal propósito, y su versión coincidió con la que yo había oído, y que acaso también leí en Adiós muchachos, la excelente e igualmente carente de odios crónica de Sergio Ramírez sobre las luchas, triunfos y fracasos del movimiento sandinista.

En resumen: que Ortega había sido designado para tal rol por ser el más gris, apocado y, en apariencia, dócil y llevadero de los comandantes. Ortega era la ficha con la que los demás comandantes se sentían relativamente tranquilos, sin sospechar lo que estaban alimentando, y lo que Ortega y su esposa llegarían a ser. Hablaba de Ortega más como de un conocido a quien en una época se apreció y de quien se había distanciado, que como del hombre autoritario cuyo régimen ha cometido los crímenes que luego él mismo, Carlos Mejía Godoy, ha denunciado en sus canciones. Él que ha denunciado con valentía las atrocidades del régimen de Ortega, no se refirió a las personas que lo encabezan en términos hirientes. Del sandinismo distinguió con claridad, y con nombres y apellidos, entre quienes mantuvieron sus viejos ideales y se comportaron con honradez y entereza, y quienes al calor del poder se lanzaron a la rapiña económica y política. Pero nunca, en las pocas horas que tuve el placer de compartir con él, le oí un solo insulto, por justificado que fuera.

Le pregunté su opinión sobre el rol del ejército en la situación nicaragüense, y manifestó estar convencido de que aquel, pese a su pregonada neutralidad, había participado en la represión facilitando armas y elementos bien entrenados. Su respuesta vino envuelta en el mismo tono tranquilo utilizado para referirse a temas menos espinosos. Comparando lo que dijo de Ortega y Murillo con su forma de referirse a personajes como Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal, es difícil no ver que su renuencia a insultar es el perfecto reverso de su generosidad a la hora de elogiar.

Antes de marcharse cantó varias canciones, sin importarle que su público se redujera a seis personas. Empezó con la divertida musicalización de un poema de Coronel Urtecho, para luego seguir, posiblemente no por casualidad, con una canción en la que estaba presente el tema del exilio. La tercera fue un sentido corrido dedicado a Álvaro Conrado, el muchacho de quince años quien, tras ser tiroteado por acólitos de Ortega, murió tras negársele atención médica en los hospitales públicos. La cuarta y última fue uno de sus clásicos, “Nicaragua, Nicaragüita”, con un estribillo adaptado a la actual situación de su país. Los temas políticos que había sido algo renuente a tocar en su conversación saltaron al primer plano en sus canciones.

Hecho esto se despidió, dejándome la impresión de que había tenido el honor y la alegría de conversar, así fuera brevemente, con un hombre de quien puede decirse, con palabras de Machado, que es, “en el buen sentido de la palabra, bueno.” Un hombre que, además de reconocidamente talentoso y comprometido, es bueno, y no por ingenuidad, desconocimiento del mal o falta de fuerza para tomar posición, sino por simple y llana bondad. Ojalá en Nicaragua acaben prevaleciendo personas como el maestro Carlos Mejía Godoy.

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...