Bernal Herrera: «USA hoy. Segunda parte: la disfuncionalidad», en Miscelánea

A pesar de su condición de primera potencia mundial, los Estados Unidos son, hoy día, un país cada vez más disfuncional. Las raíces de esta situación son profundas, y remontan al racismo y el supremacismo blanco sobre los cuáles se construyó el país, y a las desigualdades sociales y económicas que ello origina.

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Bernal Herrera Montero.

USA hoy. Segunda parte: la disfuncionalidad

La Miscelánea pasada comenté una de las facetas actuales de los Estados Unidos: su condición de primera potencia mundial. Hoy comentaré otra: su condición de país disfuncional.

Una de las más profundas raíces de esta disfuncionalidad remonta a su pasado colonial, cuyos efectos todavía se sienten. El país nunca quiso o pudo desmontar una estructura socio-racial centrada en el dominio de la población blanca, el exterminio o exclusión de las poblaciones nativas, la esclavitud de la población afro y, una vez abolida la esclavitud, su sistemática y virulenta discriminación, y la que también padecen las poblaciones de origen latino y asiático. Los Estados Unidos fueron construidos sobre un supremacismo blanco que, tras unas décadas de guardar un perfil bajo, hoy aflora de nuevo con toda su fuerza histórica.

Como en los países latinoamericanos con herencia colonial similar, el racismo hace que mucha de su población esté sujeta a algún grado de discriminación, y sea excluida de muchas oportunidades. Esta situación beneficia a los sectores privados que lucran a expensas de una mano de obra explotable, pero daña a las poblaciones marginadas y a la sociedad como un todo. Una sociedad no puede progresar armónicamente si condena a la marginalidad a amplios sectores de su población. Una situación similar a la de los países musulmanes que excluyen a sus mujeres, y a las de Perú y Guatemala, que excluyen a sus poblaciones indígenas. El resultado siempre es el mismo: una desigualdad social y económica muy difícil de superar.

El racismo y la desigualdad no le impidió a Estados Unidos pasar de ser un pequeño conjunto de colonias europeas a ser, a mediados del siglo XIX, la principal potencia americana, y a partir de la II Guerra Mundial, la principal potencia global. Pero sí lastró su desarrollo, su cohesión social y su sistema político. La misma herencia colonial originó, por ejemplo, la creación del Colegio Electoral que escoge a quien ejercerá la presidencia, y nació calculado para que los estados rurales, en especial los sureños, tuvieran un peso electoral desproporcionado respecto a su población. Esto  permite a un candidato ser electo presidente aun si perdió el voto popular, como sucedió con Bush frente a Al Gore, y luego con Donald Trump, quien en el 2016 tuvo casi tres millones menos de votos que Hillary Clinton. Una disfuncionalidad político-electoral cuyo fin no se vislumbra.

Estados Unidos está escindido entre una población urbana educada y a menudo liberal, y otra rural muy religiosa y conservadora, antes favorable al Partido Demócrata, que en el siglo XIX fue el de los esclavistas sureños. En los años sesenta del siglo XX los demócratas se hicieron menos conservadores y apoyaron las luchas por los derechos civiles de la población afroamericana. El Partido Republicano, en cambio, que en el siglo XIX fue el partido abolicionista de Abraham Lincoln, se alió con el racismo y conservadurismo de las zonas rurales sureñas, iniciando una derechización cada vez más radical. La llegada de Trump acabó de radicalizar la agenda republicana, añadiéndole un abierto desprecio por las leyes y procedimientos electorales.

Hoy día los republicanos han hecho suyos otros temas conservadores, como la oposición al aborto legal, la defensa radical del supuesto derecho a tener y portar armas, y la priorización de las ganancias corporativas sobre la protección del ambiente, temas objeto de sentencias recientes de la Corte Suprema estadounidense, cuya mayoría conservadora va imponiendo desde allí la agenda republicana.

El Partido Republicano ha obstaculizado el voto de las minorías, abolido derechos reproductivos y sexuales, en especial de las mujeres, beneficiado la agenda de las grandes corporaciones, rebajado impuestos a los sectores y personas más adinerados en detrimento social y económico de las mayorías trabajadoras, y en su búsqueda del poder ha avalado incluso el intento de golpe de estado ejecutado por Trump.

Todo ello generó una cierta reacción de los sectores más progresistas y liberales, que además de impulsar la popularidad de Bernie Sanders y el triunfo de Biden, se expresó en movimientos como el MeToo contra la violencia sexual, y el Black Lives Matter contra la continua e impune muerte de afroamericanos a manos de la policía y de ciudadanos blancos. La confluencia del conservadurismo republicano y el resurgimiento del liberalismo demócrata ha llevado a una polarización cada vez más aguda.

Con los mecanismos parlamentarios de negociación y diálogo casi totalmente rotos por un Partido Republicano reacio a hacer ni la más mínima concesión, el sistema político estadounidense, cuyo bipartidismo no ha sufrido mengua alguna, se encuentra paralizado. Ejemplos de ello son las reiteradas ocasiones en que el gobierno federal ha estado al borde del cierre técnico por la falta de aprobación de su presupuesto.

A todo ello se ha sumado el incremento en la desigualdad, causada por procesos estructurales como la reubicación de numerosas industrias estadounidenses en países con mano de obra más barata, y otros más puntuales como la crisis financiera del 2008, procesos que afectaron no solo a los discriminados de siempre, sino también a sectores de la población blanca no acostumbrados a la precariedad socioeconómica a la cual fueron lanzados.

La profundidad de las raíces de estos procesos, y los beneficios electorales obtenidos por los republicanos gracias a un conservatismo cada vez más radical, hacen difícil prever una mejoría, menos aún una solución, a esta aguda disfuncionalidad que, por ser los Estados Unidos la potencia global que son, salpica a buena parte del mundo, América Latina incluida. Un tema que comentaré en una próxima Miscelánea.

 

sino su capacidad de responder a sus problemas internos. Una disfuncionalidad que espero comentar en una próxima Miscelánea.

 

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