Bernal Herrera: Vargas Llosa novelista – política y literatura

En resumen: ni el Vargas Llosa de izquierda escribió novelas políticas de izquierda, ni el Vargas Llosa de derecha las ha escrito de derecha, a pesar de lo cual a sus novelas se les ha adjudicado a menudo la ideología del autor al momento de escribirlas

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Bernal Herrera Montero, Filósofo y Literato (Ph.D)

Mucho se han discutido las relaciones entre literatura y política, sin alcanzarse consenso alguno. Un bando afirma que todo texto literario, en tanto representa, transmite, valida o cuestiona nociones sociales es intrínsecamente político. Otro, en cambio, considera como literatura política tan solo la que toca explícita y sostenidamente temas de dicho ámbito. Entre ambos polos se encuentra toda una gama de posiciones, en buena medida definidas por sus respectivas  visiones de qué sea político y qué no. En lo que sigue, para mayor claridad, consideraré como novelas políticas aquellas que expresan de manera sostenida ideas y situaciones políticas.

Plantearé dos hipótesis sobre la creación y la recepción de las novelas políticas de Mario Vargas Llosa aparecidas en dos períodos de la obra. Una: que tales novelas muestran una trayectoria ideológica disímil, e incluso inversa, a la de su autor. Dos: que muchos de quienes han alabado y, más aún, atacado su obra, parecen haberlo hecho de acuerdo a las cambiantes ideas del autor, no a las que sus novelas transmiten; una forma de juicio literario que contradice lo recomendado por el grueso de las teorías críticas: juzgar los textos literarios por sí mismos, no a la luz de sus autores. Tal vez no sea casual que Vargas Llosa haya afirmado reiteradamente en ensayos y entrevistas que la literatura no responde a los deseos, intenciones e ideas de quienes la escriben, sino a lo que llama sus “demonios”, a menudo inconscientes.

Desde muy joven Vargas Llosa mostró gran interés en la política, lo que unido a la fama que ha gozado desde el inicio de su carrera, lo convirtió en un referente para distintos grupos, sea que lo respalden o ataquen. De los escritores latinoamericanos activos de la segunda mitad del XX a la fecha, es quien más ha ejercido esa posición surgida en el XIX y con una larga tradición en América Latina, pero un tanto desteñida o debilitada hoy día: la del literato que también es un intelectual de fuerte presencia en la esfera pública. A lo largo de su trayectoria como intelectual público, el peruano ha tenido fuertes cambios en sus ideas políticas. Es bien conocido que tras empezar siendo un autor emblemático de la izquierda, fue evolucionando hacia la derecha, sin que ello anulara la impronta de ideas y posiciones constantes en su pensamiento, como su defensa de las libertades y normas democráticas y su paralelo rechazo de los regímenes autoritarios, sin importar su signo ideológico. Menos comentado, en cambio, y todavía menos analizado, es la paradójica relación entre los virajes ideológicos del peruano y el signo ideológico de sus novelas políticas.

Durante sus estudios universitarios en la Universidad de San Marcos, y en su muy exitosa etapa inicial como novelista, durante la cual publicó La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1965) y Conversación en La Catedral (1969), fue un seguidor del marxismo y tuvo una intensa relación con Cuba, manifiesta en sus visitas a la isla, sus contactos con el régimen y su colaboración con Casa de las Américas. Luego se fue desencantando de la Revolución Cubana, de la cual terminó de alejarse en 1971 a raíz del “caso Padilla”, originado por la detención, encarcelamiento y confesión forzada del poeta cubano Heberto Padilla. Como haría luego ante muchas otras situaciones, Vargas Llosa denunció públicamente el atropello junto a otros intelectuales, originando el rechazo, a menudo visceral, de muchos de quienes hasta ese momento lo consideraban uno de los suyos. Este episodio es harto conocido, y si lo traigo a cuento es por escenificar la influencia que la persona del autor ejerce a menudo a la hora de juzgar ciertas obras literarias. Muchos de quienes hasta entonces habían alabado la obra de Vargas Llosa como propia de un autor socialista y revolucionario pasaron a calificarlo de autor burgués y contrarrevolucionario, y acaso algunos de quienes lo rechazaban por comunista empezaron a verlo con más simpatía. En resumen, que mientras el autor fue de izquierda, parte del público percibió que su obra también lo era, algo que luego se repetiría cuando, al volverse de derecha, la misma u otra parte del público pasó a considerar su obra como igualmente derechista.

Ahora bien, ¿a lo largo de su carrera, han respondido sus novelas políticas  a las posiciones políticas de Vargas Llosa? La respuesta, para muchos sorprendente, es que no. Todo lo contrario: tanto las de su período inicial como las del más reciente, los dos períodos políticamente más representativos de su autor tanto por el contraste ideológico entre ambos como por la compartida vehemencia con que en ellos defendió sus ideas, desmienten dicha percepción. Empecemos por el inicio: su período socialista.

A como recuerdo las que leí hace muchos años, y la que releí recientemente, ninguna de las novelas de dicho período, el de mayor y más sostenida calidad literaria, se inscribe en la típica literatura revolucionaria o comprometida propia de la época. Ni hay en ellas casi trazas de realismo social, menos aun de realismo socialista, ni sus principales protagonistas son proletarios, campesinos, indígenas, gamonales, patronos explotadores y demás personajes que pueblan tal literatura. Aparecen, sin duda, representantes de estos grupos pero como parte de un mundo social englobante en el que predominan los burgueses y pequeño-burgueses. Un mundo cruzado por tensiones de clase,  pero en el que los personajes populares no aparecen pintados con mejores luces ni como mejores seres humanos que sus antagonistas. Se detecta una simpatía por los personajes discriminados y explotados, pero no porque estos sean heroicos, ni porque la historia esté de su lado, sino cumpliendo lo afirmado por Cioran en su magistral aforismo: “Hay que estar siempre del lado de los oprimidos, pero no hay que olvidar que están hechos de la misma materia que los opresores.”

La notable producción novelística inicial de Vargas Llosa, quien en solo seis años publicó tres de sus mejores novelas, merece todo tipo de elogios, pero no calza con el tipo de literatura que, en especial en esa época, calificara como políticamente de izquierda. Son novelas que denuncian las realidades sociales que describen, crean y recrean, pero nada en estas recreaciones apunta a un cambio revolucionario, ni a la emergencia de actores colectivos históricos en busca de transformar una realidad ciertamente corrupta y desigual, pero carente de alternativas de cambio. No hay momentos en que se atisbe una esperanza real de cambio, una rebelión contra las injusticias y podredumbres del sistema, como si los hay, por poner un único ejemplo de una literatura alejada del realismo social y aun más del socialista, pero sí clasificable como de izquierda, en Los ríos profundos (1958) de Arguedas, con la rebelión de las vendedoras indigenas de chicha. No hubo, en resumen, en la producción novelística inicial de Vargas Llosa un trasvase de su ideología personal a su obra, a pesar de lo cual muchos parecen haberlo asumido.

Posterior a su ruptura con la Revolución Cubana, tanto Vargas Llosa como su producción novelística experimentaron profundos cambios. Si sus primeras novelas habían sido laberínticas, lúgubres y experimentales, aunque siempre atentas al desarrollo de sus tramas, las que siguen inician un abandono progresivo de su experimentalismo inicia, para volverse más claras y lineales. También se da una ampliación de la temática y el tono, con la aparición de dos excelentes novelas humorísticas: Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977); otras dos de corte policial: ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) y Lituma en los Andes (1993); y otras de tema erótico, a mi juicio menos logradas: Elogio de la madrastra (1988), Los papeles de Don Rigoberto (1997), Memorias de la niña mala (2006) y Cinco esquinas (2016). La aparición de estas nuevas temáticas no implicó, sin embargo, el cese de su producción de novelas políticas, como lo demuestra la aparición en la década de los ochentas de La guerra del fin del fin del mundo (1981), a mi juicio su última obra maestra, e Historia de Mayta (1984), seguidas de las que a continuación pasaremos revista.

Tras abandonar sus posturas socialistas, el peruano empezó un viraje político hacia posiciones liberales, al principio afines al liberalismo clásico, y luego crecientemente conservadoras y de derecha, afines al neoliberalismo. En medio de estos cambios ideológicos, también se observan algunas continuidades, siendo la más significativa su rechazo a gobiernos y regímenes políticos autoritarios o dictatoriales, sin importar su ideología, incluso aquellos, caso del de Pinochet, que impusieron políticas neoliberales como las que según sus detractores impulsa el peruano.

Sea que en sus recientes posiciones políticas prive el liberalismo clásico o el neo-liberalismo, lo cierto es que Vargas Llosa experimentó un creciente corrimiento a la derecha. Pero, ¿qué trayectoria ideológica delinean sus novelas políticas de las dos últimas décadas, su período más derechista? En estos años aparecen cinco novelas con temática política, incluyendo tres que se centran en ella, bastando un rápido repaso a ellas para darnos cuenta de que ninguna puede ser descrita como de derecha. La fiesta del chivo (2000) es una novela de denuncia contra la dictadura de Trujillo; El paraíso en la otra esquina (2003) le sigue la pista a Gauguin y, lo que aquí interesa, a la abuela de Gauguin, Flora Tristán, feminista y revolucionaria peruana del XIX, a quien describe con simpatía por su algo ingenua entrega a sus causas políticas; El sueño del celta (2010), donde ataca el colonialismo belga en el Congo y la explotación de lo caucheros en la Amazonía peruana; Cinco esquinas (2016), novela que mezcla lo erótico y lo político, ámbito en el cual denuncia la represión y corrupción del autoritario régimen de Fujimori; y Tiempos recios (2019) obra en que denuncia con fuerza el golpe de estado impulsado por los Estados Unidos en 1954 contra el gobierno legítimo de Jacobo Árbenz en Guatemala. En resumen, que tanto la temática como, más importante aún, las perspectivas que las articulan, están más colocadas a la izquierda del espectro político que no a la derecha.

En resumen: ni el Vargas Llosa de izquierda escribió novelas políticas de izquierda, ni el Vargas Llosa de derecha las ha escrito de derecha, a pesar de lo cual a sus novelas se les ha adjudicado a menudo la ideología del autor al momento de escribirlas. Esta divergencia no solo se observa al clasificar las novelas según el eje derecha/izquierda, sino también desde otras perspectivas. Así, aunque Vargas Llosa siempre ha sido un defensor de la modernidad, sea en su variante socialista o capitalista, una de sus novelas más logradas, La guerra del fin del mundo, plantea la sangrienta lucha entre la modernizante república brasileña y el bando tradicionalista y religioso agrupado en Canudos alrededor del Conselheiro, lucha en la que de manera sorpresiva las simpatías del autor, o al menos las del narrador, están del lado de los rebeldes. Vargas Llosa, que como ensayista ha condenado explícitamente lo que denomina “utopías arcaicas” del indigenismo (La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, 1996), como novelista escribió una novela que, al menos en mí, pero imagino que también en la mayoría de quienes la leen, genera una inmensa simpatía justo por una de estas utopías arcaicas.

Tenemos entonces, por un lado, un autor que al escribir sus novelas, acaso regido por lo que él mismo ha llamado los demonios personales de quiénes escriben, ignora y hasta contradice no solo ideas políticas del momento, sino aquellas que ha defendido toda su vida. Y por otro lado, a un sector del público lector, e incluso de la crítica literaria, que juzga sus novelas política e incluso estéticamente basándose más en las opiniones del autor que en la obra misma. Situaciones ambas que bien valdría la pena examinar con detenimiento por lo que nos pueden enseñar sobre la escritura y la lectura de eso que llamamos literatura.

 

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Bernal Herrera Montero, Filósofo y Literato (Ph.D), ha sido Rector de Docencia de la Universidad de Costa Rica (UCR). Hizo sus estudios en la Universidad de Costa Rica, en donde obtuvo los grados de Licenciatura y Maestría en Filosofía. Posteriormente obtuvo los grados de Master of Arts y de Philosophy Doctor en el área de Lenguas y Literaturas Hispánicas, en Harvard University. Actualmente se dedica a escribir y a la docencia como catedrático de la UCR.  bernalhe@yahoo.com

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