Bernardo Aguilar González (Dr.), Vicepresidente de la Asociación Regional por la Transformación Ecológica y Social (ARTES)-JUSTECO, Colaborador, Observatorio Laudato Si´, Universidad Católica de Costa Rica

Antoni Gaudí (1852-1926)

La finalización simbólica de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, en el marco del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, no puede leerse únicamente como un acontecimiento arquitectónico o religioso. Es también una oportunidad para preguntarnos qué tipo de civilización estamos construyendo.

La ceremonia presidida por el Papa León XIV, acompañada por luces, música y drones que dibujaron el rostro de Gaudí sobre Barcelona, hizo visible una paradoja profundamente contemporánea: la técnica puede elevar el espíritu humano cuando está al servicio de la belleza, la comunidad y la vida; pero también puede vaciarse de sentido cuando se independiza del amor, de la ética y de la responsabilidad. En ese contexto, la frase atribuida a Gaudí —“Primero el amor, después la técnica”— adquiere una fuerza especial. No niega la técnica; la ordena. No rechaza el progreso; le exige alma.

La vida de Gaudí fue, en sí misma, una transformación. Pasó de ser un joven innovador, brillante y ambicioso, a convertirse en un arquitecto cuya obra fue cada vez más inseparable de una espiritualidad profunda, una mirada contemplativa de la naturaleza y una disciplina rigurosa del trabajo. La Sagrada Familia no es solo un templo de piedra: es una síntesis de geometría, oficio, paciencia y observación del mundo natural.

Gaudí comprendió que la naturaleza no era un simple repertorio decorativo, sino una maestra de estructura, proporción y sentido. Por eso resulta tan actual su afirmación de que “el gran libro siempre abierto y que hay que hacer el esfuerzo de leer es el de la naturaleza; los otros libros han sido extraídos de éste y además contienen las equivocaciones y las interpretaciones de los hombres”. En tiempos de discursos que reducen la naturaleza a recurso, mercancía o estorbo para el desarrollo, esa frase nos recuerda que la Casa Común es también fuente de conocimiento, límite y sabiduría.

Aquí la conexión con Laudato Si’, la encíclica del Papa Francisco, resulta inevitable. Francisco no planteó la crisis ambiental como un problema separado de la pobreza, la desigualdad, la tecnocracia o la pérdida de sentido. Por el contrario, propuso una ecología integral que vincula la salud de los ecosistemas con la dignidad humana, el trabajo, la justicia social y la espiritualidad. En esa visión, no hay dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una sola crisis socioambiental que exige respuestas integrales.

La encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, amplía ese horizonte al ámbito tecnológico. Su núcleo no es un rechazo a la innovación, sino una advertencia contra toda forma de poder técnico que deje de reconocer el valor irreductible de la persona. En continuidad con Laudato Si’, nos recuerda que la técnica, cuando no está guiada por un marco ético, puede convertirse en una nueva forma de deshumanización.

Aquí se encuentra el punto de contacto más fecundo entre Gaudí, Francisco y León XIV. Gaudí nos dice que la técnica debe nacer del amor; Francisco nos recuerda que la ecología debe ser integral; León XIV advierte que la inteligencia tecnológica debe permanecer subordinada a la dignidad humana. Los tres mensajes convergen en una misma línea: una civilización se enferma cuando separa poder de responsabilidad, conocimiento de contemplación, desarrollo de justicia, tecnología de humanidad y ambiente de comunidad.

La realidad actual, tanto globalmente como en Costa Rica, muestra señales claras de esa fractura. Se normalizan discursos polarizantes que convierten al adversario en enemigo. Se extienden discursos deshumanizantes que reducen a personas migrantes, pobres, pueblos indígenas, mujeres, jóvenes o comunidades vulnerables a categorías de sospecha. También avanzan discursos antiambientales que presentan la defensa del agua, los bosques, los mares, la biodiversidad o las áreas protegidas como obstáculos al crecimiento económico.

La vieja tentación tecnocrática se disfraza hoy de eficiencia, inversión o modernización, pero muchas veces esconde una idea peligrosa: que todo lo que limita el poder económico debe ser removido, aunque ese límite sea un ecosistema, una comunidad o una institución pública encargada de proteger el bien común.

Costa Rica está frente a ese riesgo. Un país que construyó parte esencial de su identidad sobre la paz, la biodiversidad, la abolición del ejército, el ecoturismo y la protección ambiental no puede permitir que su conversación pública se degrade hacia el desprecio por la institucionalidad ambiental, la burla de la ciencia, el debilitamiento de los controles o la descalificación de quienes defienden los territorios. La ecología integral no es una consigna religiosa ni una moda académica: es una forma de mirar la realidad completa. Significa entender que un humedal, una playa, un bosque, un parque nacional, una comunidad costera, una persona trabajadora y una generación futura forman parte de una misma red de derechos y obligaciones.

La Sagrada Familia, precisamente por haber tardado más de un siglo en levantarse, ofrece una lección contracultural. Vivimos en una época obsesionada con la inmediatez, la rentabilidad rápida y la victoria comunicativa del momento. Gaudí, en cambio, trabajó para un futuro que sabía que no vería terminado. Su obra exige perspectiva histórica. Esa paciencia es también una virtud política y ambiental. Restaurar un ecosistema, reconstruir la confianza democrática, formar ciudadanía, proteger el agua o sanar una cultura de polarización no se logra con golpes de efecto. Requiere décadas de cuidado, instituciones sólidas, comunidades activas y una ética de largo plazo.

Por eso el gesto de ver el rostro de Gaudí dibujado en el cielo mediante drones no debería quedarse en el asombro visual. Debería interpelarnos. La tecnología que iluminó Barcelona puede ser homenaje o vacío, según el espíritu que la anime. Si está al servicio de la memoria, la belleza y la comunión de las personas, puede convertirse en lenguaje de esperanza. Si se vuelve espectáculo sin transformación, será solo otra imagen consumida y olvidada. La diferencia está en la frase que la acompañó: primero el amor, después la técnica.

Frente a los discursos que endurecen el corazón, la respuesta no puede ser ingenua ni sentimental. Debe ser ética, racional y pública. La ecología integral exige datos, ciencia, derecho, instituciones, participación ciudadana y políticas públicas; pero también exige una conversión de la mirada. Nos pide ver la naturaleza no como enemiga del desarrollo, sino como condición de toda vida digna. Nos pide ver a la persona no como dato, voto, consumidor o competidor, sino como sujeto de dignidad. Nos pide ver la técnica no como ídolo, sino como herramienta.

En el fondo, Gaudí, Laudato Si’ y Magnifica Humanitas nos colocan ante la misma pregunta: ¿qué estamos construyendo y para quién? Si la respuesta es solo crecimiento, espectáculo, consumo o poder, entonces hemos perdido el centro. Pero si la respuesta es una Casa Común más justa, una tecnología más humana, una política menos agresiva y una cultura capaz de contemplar, cuidar y servir, entonces la obra sigue abierta. Como la Sagrada Familia durante más de cien años, la civilización también está inconclusa. Todavía podemos decidir si la terminamos como monumento al orgullo humano o como testimonio de una humanidad reconciliada con sus convicciones más altas, con la naturaleza y consigo misma.