Betsy Murray: Don Julio

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Betsy Murray.

Faltan cinco minutos para las ocho de la mañana. A mí me encanta estar al frente de la ventana de la sala, corro la cortina y veo pasar los tres carros de siempre. Yo sé que son los que recogen a don Julio desde su casa al final de la calle. Son negros con vidrios oscuras. Apenitas logro ver por el parabrisas uno que lleva adentro a los dos hombres de siempre. Yo sé que cada carro tiene dos, porque una vez hace meses, salí a la acera frente a mi casa para fijarme mejor. Pasan por aquí todos los días a las ocho y a las seis de la tarde. Don Julio se sienta atrás, en el carro de en medio, solo se le ve la pelota negra de su cabeza detrás del vidrio oscuro cuando van rápido hasta el alto. Yo me sentaría adelante, no atrás, se ve todo mejor. Ir en la parte de atrás es para los bebés.

Después de la escuela, prendo la tele y oigo la música de los muertos. Se asoma mami y dice, uy, se murió don Julio, el de la casa al final de la calle. Vamos a tener que ir a la vela para darles el pésame a su señora y las hijas, tus amiguitas. Se quita ese uniforme y se pone el vestido azul y los zapatos de charol.

Odio los zapatos de charol, me prensan los dedos de los pies. ¿Qué será una vela? Debe ser importante si tengo que usar el vestido azul. Y dijo que tendríamos que darles el pésame. El pésame, ¿será un tipo de velas? No veo que mami tenga nada así en su cartera, está llevando la pequeña, no la grandota.

No encuentro a mis amigas en la funeraria, y mientras mami se queda conversando con alguien, suelto la mano y me acerco a la caja del muerto, que está en alto, con un montón de flores alrededor. Hay como una gradita enfrente, donde me subo y veo que tienen a don Julio con almohaditas alrededor de su cabeza, maquillado como una mujer, casi; y habían cubierto una mancha oscura que tiene en la frente con un parche raro, que no se ve bien porque tiene un borde levantado. No hay nadie cerca, así que saco un palito de dientes del fondo de mi bolsillo y, de puntillas con el brazo estirado, toco la orilla del parche para fijarlo como debe ser. Pero, en lugar de quedarse en la cara de don Julio, el pedacito se pega al palillo y al sacar mi mano rápidamente del ataúd, veo asustada cómo el parche vuela hasta las flores cerca de su cabeza. Vuelvo a ver la cara de don Julio, como si me hubiera regañado, y me doy cuenta de que ese parche había tapado un círculo rojo con un tuco verde en el centro. Es plasticina. Yo sé que sí, porque cuando le meto el palillo de dientes, se hunde. Marco una pequeña X ahí. No sé por qué.

Guardo el palito de nuevo en mi bolsillo, y miro a mi alrededor. La gente sigue hablando y riéndose como en una fiesta. Nadie me pone atención. Me bajo de la gradita y me acerco a las flores apestosas, pero no encuentro el parche. Toco las hojas y oigo un ligero ffftt. Miro hacia mis pies y ahí está, el parche color de muerto pegado en mi zapato negro. Guácala, qué asco. Me sostengo con la caja del muerto y levanto mi pie para recoger el parche, pero, sin querer, empujo la caja. Se tambalea en el andamio, y empieza a correrse lentamente para atrás. La agarro fuerte por el borde con las dos manos, pero no puedo, no puedo, no puedo, el andamio se dobla y esa caja se va cayendo al piso, haciendo mucho ruido y cerrando la tapa. Y yo me caigo encima.

Saco los dedos de donde la tapa me prensaba, veo mi zapato sin parche, las manos sin parche y palpo donde tengo el palito de dientes guardado en mi bolsillo. Tres hombres vienen corriendo, ¡qué susto! pero parecen más preocupados por don Julio. Me jalan y me ponen de pie, empujándome hacia mami. Cuando toda la atención va hacia los hombres que ponen la caja de nuevo en la estructura, mientras reacomodan las flores, y antes de que abran la tapa y descubran la cara de don Julio con su plasticina verde marcada con mi X, agarro la mano de mami y nos escapamos.

 

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