Betsy Murray, escritora
La casa inteligente
Ya regreso, solo voy a recoger a Mario en la estación de tren, me dijo Sonia mientras saca llaves y anteojos oscuros de la cartera, confirmando la hora en su celular.
Ella había dejado un televisor encendido en la cocina. La cháchara del programa matutino sofoca el aire del lugar con risas aceitosas. Busqué el control remoto por toda la cocina sin éxito. Entré a la sala y en la consola vi tres controles: de la marca del televisor de la sala, de la cablera y uno cuasi-universal.
Decidí probar con el todopoderoso universal. Lo dirigí hacia la lucecita azul de la tele y apreté lo que parecía ser el apagador. Silencio. Alivio. Pero de corta duración. Oigo el programa de nuevo y veo la imagen congelada. El sonido no viene del televisor. Viene del lavaplatos. Abro la puerta del aparato y se detienen las voces. Guardo adentro los platos sucios, las tazas y cubiertos para lavar más tarde y cierro. Silencio. Alivio.
Oigo el programa de nuevo y noto que el televisor sigue con la imagen en pausa. Tomo el control para apagarlo del todo, pero no funciona.
Sigue la imagen congelada en la pantalla, y el jingle de un anuncio comercial empieza a sonar. ¿De dónde ahora? De la refri con icemaker y pantalla táctil. Me acerco y aprieto el botón del control universal para apagar el condenado sonido. En la pantalla aparece el programa, ahora con una nueva visita sentada en el sofá contando historias banales, como la cirugía supuestamente secreta de la presentadora de otro canal. Toco pausa y se congela esa imagen y el sonido. Silencio. Alivio. Y empieza mi tortura desde otro lado. Ahora sale de la pantalla de la cámara de seguridad en la puerta principal.
Trato de apagarla con los tres controles y se encienden y se apagan en secuencia todas las pantallas. Me rodea de una cacofonía de risas y conversaciones cortadas, no sincronizadas, sino espaciadas como una ronda, subiendo y bajando de velocidad y volumen.
Salgo de la casa con el control remoto universal en la mano y me siento en las gradas por la puerta principal hasta que vuelve mi amiga con su novio.
Con los ojos desorbitados les cuento lo que me ha pasado en su ausencia y me miran con preocupación, casi con desprecio, sin decir nada.
Entrego el control a Sonia, ella abre la puerta y entramos juntos a la casa silenciosa.

