Betsy Murray: Pedro y su historia

Betsy Murray.

Estadounidense, residente de Costa Rica. Trabajó muchos años en programas de desarrollo socioeconómico en el país y la región. En este capítulo de su vida convierte su storytelling en obras de ficción

 

Pedro y su historia

Sábado, 5:00pm. Sara y Pedro llegaron al balcón del restaurante del Hotel Balmoral y se sentaron en una mesa cerca de la baranda, con vista hacia la avenida central. El mesero les trajo las cervezas sin bocas, según su orden, y se alejó. Poniendo atención a sus miradas esquivas, se podía entrever que por sus cabezas serpenteaban motivos tan diferentes como disparatados.

Pedro pensó que Sara no se veía nada como su foto en Tinder, pero ya que estaban ahí y habían servido las bebidas, se lanzó a contarle la historia de su vida, casi sin detenerse para respirar, mientras mantenía la mirada en su vaso con cerveza que lentamente perdía su espuma, la condensación goteando hacia la servilleta que se disolvía debajo del vaso. Así que no notó que Sara miraba fijamente a un punto sobre su hombro derecho, hacia alguien que se recostaba contra la baranda, una mujer alta que prendió un cigarrillo y sopló el humo con languidez desde la esquina de su boca. Su maquillaje era teatral y sus ojos se veían enormes. Sus uñas largas tenían dibujos coloridos y lo que parecían joyas incrustadas.

Pedro tomó un sorbo de su cerveza y el silencio repentino hizo que Sara lo mirara con detenimiento. Él tenía los ojos enrojecidos y sonó su nariz con una servilleta de las que se mantenían alertas en su contenedor detrás de las salsas picantes. Mientras ella no le prestara atención, él solito se había emocionado con lo que contaba y sin recordar nada de lo dicho, Sara le susurró:

Ay, qué interesante.

Con ese aliciente, seguro de haberle captado su empatía, Pedro respiró hondo y dijo que le diera un momentito para ir al baño y componerse, que si se le antojaba pidiera algo de comer, tal vez unos taquitos por los que tenía buena fama ese lugar. Bajó las gradas con sumo cuidado para no resbalar con las botas que estrenaba ese día, aun sin raspar bien la suela de cuero, evitando el agua derramada sobre la madera lisa. Cuando ya no se le veía su cabeza de pelo ralito, la mujer de la baranda se le acercó a Sara en una nube de perfume y bufandas vaporosas.

—Hiciste muy bien, chiquilla. Ahora hay que ver si se va a tomar lo que queda de esa cerveza. Solo voy a echarle una pastilla, ese hombre es pequeñillo.

De inmediato, se alejó con su destello particular hasta el fondo del balcón, sentándose detrás de una palmera frondosa, con la mirada disimulada hacia la mesa de ellos.

Pedro volvió con el mesero olvidadizo y después de preguntarle sobre el contenido del menú entero, ordenaron los afamados taquitos. Sara, al morder el taco de concha dura, hizo una maniobra poco elegante que terminó con derramar todas las salsas color sangre y hueso y la pelota de repollo mojado en su regazo, dejando una mancha en su mejilla también.

Agarró todas las atentas servilletas y se disculpó con cara afligida para ir al baño de damas y limpiarse. Bajó las gradas, restregándose la cara y, cerca de la entrada, volvió a ver para asegurarse que no la podía observar. Con un movimiento fluido sacó de su bolso grande una gorra celeste, anteojos rosados y un colorido pareo, triángulo que se amarró alrededor de la cintura. Siguió caminando sin prisa por la puerta abierta de par en par y se alejó del restaurante, mezclándose con la multitud de turistas y compradores en un hervidero por la avenida peatonal.

Pasaron los minutos, más minutos y más minutos. Ya con media hora de esperanzada paciencia, viendo la escalera donde subían y bajaban los sudorosos meseros y ávidos comensales, su taco ya frío comido y su segunda cerveza terminada, Pedro sospechó que Sara no volvería. Cuando trató de ponerse de pie, se sintió mareado y se sentó de golpe, con la vista nublada y el mundo dando vueltas de carrusel. La mujer se le acercó, puso la palma fresca de su mano sobre la frente seca y caliente de Pedro y él la volvió a ver como su ángel de la guarda. El halo de luz de la lámpara sobre su cabeza reforzaba la ilusión, y aunque no podía distinguirle la cara, ni podía mover la lengua para hablar, sintió una sensación de paz emanando de su cuerpo.

Ella sacó la billetera del pantalón de Pedro sin que protestara, pidió la cuenta y pagó en efectivo, haciendo nota mental de cuánto quedaba antes de echarla a su bolso. Le dijo al mesero nuevo en la sección del balcón, quien no pudo disimular su deseo de que se fueran, que no se preocupara-¡qué se iba a preocupar! – que su amigo Pedro tenía una condición que le causaba mareos con cierta frecuencia, que ella se lo llevaría y dentro de poco estaría bien. Ella echó el brazo de Pedro sobre su hombro y lo llevó casi arrastrado por las gradas y hacia la acera, sin que nadie los prestara atención. Agradeció que el hombre era bajito y delgado. Ahí discretamente le registró los bolsillos del pantalón y saco, encontró el tiquete del parqueo y las llaves. Consideraba dejarlo sentado en un banco en el Parque Morazán, pero siguió, llevándolo tembeleque al atiborrado estacionamiento, donde tocó el botón de la alarma del carro para saber cuál era entre tantos autos grises. Lo metió acostado en el asiento trasero, abrió el teléfono de Pedro con su cara, puso Casa en Waze y salió la dirección. Arrancó y pasó por la caseta de pago, entregando el comprobante y los billetes al encargado entrometido desde el carro.

—¿Muchos tragos?

—Sí, mi hermano es alcohólico, tuve que recogerlo en el bar.

—¡Buena suerte!

Waze no defraudó, llegaron sin contratiempos. La mujer pensaba en posibles historias si fuera enfrentada en la entrada, pero suspiró aliviada cuando el oficial de la no tan segura seguridad de ese condominio de clase media ni siquiera levantó la vista cuando pasaron por el carril de residentes con el marchamo electrónico del complejo. Siguió lentamente, tocando el abridor del portón frente cada garaje y cuando uno abrió— claro, color beige como el hombre— metió el auto y cerró el portón de una vez. Pedro estaba ya inerte, dormido y roncando, flojo y difícil de sacar por la puerta del auto, que en el estrecho garaje no se abría completamente. Tenía que quitarse sus tacones y abrazarlo por detrás para poder afianzar el peso muerto que le parecía dos veces más de lo que debería tener ese hombrecito.

Con costos, lo jaló por la puerta de la casa que abría a una sala escasamente amueblada, donde lo depositó en el sofá quejoso de cojines vinílicos. Le quitó las botas, ahora sí, raspadas en suela, talón y puntera, efecto del arrastre por las aceras y garaje. Encontró una almohada desgastada para acomodar debajo de su cabeza floja de muñeca maltratada. Rápidamente requisó todas las gavetas repletas de chécheres, clósets con camisas blancas y celestes, tenis sin usar y pantuflas, muchas pantuflas; y otros lugares donde podría haber objetos de valor. Se fijó detrás de los cuadros baratos de ventas callejeras y levantó el colchón hundido de aburrimiento. Entre todo lo que contaba esa tarde en su triste saga interminable, lo único de interés particular fue que Pedro había mencionado con cierto detalle a semerendas joyas de su abuela y madre, sin decir si las había vendido. Observando la casa tan ayuna de fuerza vital, sería un milagro, aunque cabía una leve esperanza de que podrían estar ahí. Pero no. Lo único que encontró fue una computadora portátil no tan nueva, pero prendida y sin clave, y ese teléfono de hace dos años también. Disgustada, sacó las tarjetas y el papelito con los números PIN y claves y puso la billetera sobre la mesa del centro pintada con círculos añejos de incontables vasos mojados, mientras Pedro seguía roncando en el sofá. Entró al sitio web del banco, llegó a la cuenta y —Carajo, es un pelado. Sí que mienten en Tinder, ¿cuál gran trabajo? Tres mil pesillos, ¡no puede ser! Tanto esfuerzo y ni da para el taxi… Guardó las tarjetas y el papelito de claves de nuevo en la billetera, sumó los recibos del restaurante y parqueo, devolvió dos mil colones y puso el menudo encima de los comprobantes, llevándose veinte mil. Ni cuenta se dará, este pelado pelón.

De su bulto sacó pantalones cargo, sudadera gris, tenis y gorra. Se cambió rápidamente, quitándose la peluca y maquillaje, salió por la puerta principal con cierre automático, caminó tranquilamente por el condominio silencioso con la gorra baja sobre la frente, el salveque sobre un hombro, como cualquier trabajador rumbo a casa.

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