Brasil: metástasis del descontento

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Rosemary Castro SolanoPolitóloga, educadora y comunicóloga.

Brasil elige Presidente a Jair Bolsonaro con 55% de los votos en segunda ronda y el mundo contiene la respiración entre la incredulidad y el miedo de ver al supuesto delfín de la primavera latinoamericana de inicios del siglo XXI entrar de nuevo y por sus propios pies a la caverna del oscurantismo.

“¿Cómo es posible?”, gritan algunas/os desde la academia (y que no siempre resulta lo mismo que el sector intelectual). Sin embargo, dos años después de la victoria de Trump, la elección brasileña – lejos de sorprender – vuelve a subrayar el peligro de gobernar con privilegios estratosféricos para la (auto-denominada) burguesía intelectual y para la oligarquía (peor aún, mancuernadas) mientras se predica “justicia social” a las masas y se les exige austeridad.

Esto es, cuando el cáncer del descontento hace metástasis, las urnas se convierten en el canal para ajustar cuentas y – vista de ese modo – la reacción es absolutamente comprensible y hasta esperable. Entonces, la lección parece ser clara: el repudio a los dobles discursos puede ser tanto (o más) fuerte como el reclamo que se deriva de la represión autoritaria y, en ambos casos, el péndulo gubernamental se inclina al otro lado de un sólo golpe, tras el manotazo que el pueblo iracundo decide dar desde el recinto electoral.

Sin embargo, sería falaz homologar ambos procesos y resultados, pues – a diferencia de Trump, quien nunca había trabajado para el Estado y fuera de un discurso incendiario para las masas, no tenía más cola que especulaciones tributarias y relatos paparazzi de servicios sexuales remunerados – Jair Bolsonaro es militar de carrera y ostentó cargos importantes en la dictadura, lo cual probablemente explica sus tan preocupantes “criterios” en materia de garantías fundamentales y enciende las alarmas sobre la vuelta de los militares al poder por la vía de las urnas.

Así, hay razones de sobra para contener la respiración por el futuro brasileño y hemisférico pero sin gritar incredulidad pues si hace dos años la elección de Trump reflejaba una especie de clímax – tras el Brexit británico y otras perlas – del rechazo popular al neoliberalismo progresista, este giro hacia atrás de la democracia brasileña es básicamente una manifestación hiperbólica de dicho populismo reaccionario que parece cundirse cuando el descontento hace metástasis.

Un rechazo que a simple vista puede atribuirse sólo a la corrupción que lamentablemente permea el aparato gubernamental del neoliberalismo progresista pero que, tras un examen más detenido, repudia a gritos la estafa moral de gobiernos que venden “no discriminación” e “inclusividad” sólo para los llamados “nuevos movimientos” que luchan sólo desde la identidad y nunca desde la clase, y que hoy florecen – en alianza con los sectores burgués y oligarca – con la “emancipación chic”, exclusiva para colectivos afines a la hegemonía y cuyos reclamos “sociales” empiezan y acaban en sí mismos; y el “capitalismo cognitivo” estilo Silicon Valley, aparejado con políticas devastadoras para la clase trabajadora bajo el cintillo de la “libertad de consumo”.

No queda más que esperar – probablemente con la respiración contenida – a ver cómo se perfila el nuevo gobierno que hoy ha sido electo en Brasil y que, paradójicamente, llega al poder exactamente el mismo día que Lula da Silva cumple 75 años: la vida y sus “coincidencias”, tan perennemente elocuentes.

 

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