En momentos de tensión y de discursos encendidos, resulta necesario hacer una pausa y pensar en el futuro del país con serenidad, con un lenguaje apropiado y con un sentido superior de responsabilidad colectiva. Hacer patria también implica cuidar las palabras, el tono y la forma en que nos relacionamos como sociedad.
Veo y leo a distintas personas expresándose con términos duros hacia quienes piensan distinto, recurriendo a la ofensa personal y, en muchos casos, lastimando incluso los vínculos más cercanos. Cabe preguntarnos si realmente queremos ser un país cuya cultura política se degrade al punto de privilegiar el ataque y el hilo destructivo por encima del diálogo y la reflexión. De igual manera, se habla con ligereza de supuestos privilegios que ya no existen, sin una revisión seria de las leyes ni de la realidad institucional que los regula.
La democracia, como todo sistema humano, tiene defectos y limitaciones, pero sigue siendo el mejor tipo de gobierno conocido. En contraste, las dictaduras y las formas autoritarias han marcado nuestra historia con dolor, exclusión y retrocesos durante casi doscientos años. Por eso, es indispensable defender la democracia no solo como un mecanismo electoral, sino como una cultura basada en el respeto, la participación y la responsabilidad.
Hago un llamado al ciudadano decente, al que ama este país, para que medite con profundidad. Necesitamos construir una democracia más sólida y más profunda, donde las decisiones colectivas impliquen un mayor esfuerzo consciente, informado y comprometido. No existen fórmulas mágicas, pero sí existe un deber cívico ineludible: acudir a votar el 1 de febrero de 2026 como un acto concreto de contribución al futuro nacional.
Con el recuerdo de mis antepasados y con la esperanza de que avancemos por el camino correcto, les deseo mejores días

