Carlos Denton. Politólogo (Ph.D.) y economista

En el siglo pasado un costarricense se identificaba usando tres variables—por ejemplo, uno decía “soy católico, liguista y liberacionista.” Otro decía soy “saprissista, evangélico y socialcristiano.” No era como en otros países que las personas se identificaban por su ocupación, su lugar de residencia o su edad. Con las tres variables – religión, equipo de fútbol preferido y su preferencia partidaria ya se sabía “todo” de la otra persona.

Ahora con tantos que se declaran “sin religión” y muchos, especialmente católicos, que se declaran de esa fe, pero “no practicantes,” esa variable no funciona. Y en cuanto a partido político, más de la mitad dice no tener preferencia y los que sí tienen están dispersos entre varios que ni siquiera se sabe a que representan. Allí también están Liberación Nacional PLN y el Partido Unidad Social Cristiano PUSC, los dos que gobernaron al país entre 1960 y 2014, pero entre ambos no tienen más de la lealtad de uno de cinco nacionales, predominantemente en áreas fuera del Valle Central. Esa variable tampoco funciona y queda solamente la preferencia de equipo de fútbol, pero por más que algunos dirán que sí son tan diferentes que se puede elaborar un perfil de una persona solo conociendo su preferencia futbolista, no es cierto.

El problema con la desaparición de partidos políticos reales estriba en el hecho que la Constitución Política fue escrita por personas muy activistas en el mundo partidario y dejaron un marco que solo funciona bien si existen estas instituciones, robustas, con planes y seguidores. No es posible ser candidato a ningún puesto de elección popular en la República de Costa Rica si no es en representación de un partido político. Esto es cierto para el puesto de presidente, para diputado, para alcalde, regidor o síndico.

Antes los partidos políticos eran importantes porque los miembros obtenían beneficios tangibles. Empleos, contratos, licencias de taxi, rutas autobuseras, bonos de vivienda y muchos más llegaban a los seguidores, si ganaban una elección. Como había básicamente solo dos partidos, y alternaban en el poder, todo el mundo estaba satisfecho con el arreglo.

Ahora ¿qué beneficio hay para un votante apoyar una agrupación con ideología opaca, con poca opción de gobernar, con un solo líder probablemente, que no inspira con sus discursos mayoritariamente insípidos, y con poco interés en el bienestar de los que lo siguen. El sistema de partidos políticos parece el partido de fútbol en “Planeta de los Simios” – se movía la bola bien, pero nadie sabía que el objetivo era “meter goles.”

La verdad es que hay que crear un par de partidos políticos de los remanentes que andan flotando “por allí” – con principios inspirantes y fáciles de entender, con objetivos, y con beneficios claros para los que los siguen — o hay que reformar la Constitución para minimizar su importancia.

En lo personal no creo que estoy representado por nadie en la actual Asamblea Legislativa. Muchos coinciden conmigo. No creo que los diputados allí sepan que deberían estar representando a los votantes.

Publicado originalmente en La República

Carlos Denton

Por Carlos Denton

Politólogo y economista, académico, investigador y Presidente de la Junta Directiva de CID/Gallup, S.A., cdenton@cidgallup.com