Carlos Francisco Echeverría: Auge y caída del coronavirus

Quedan por ver, desde otra perspectiva, los beneficios ambientales, culturales y hasta espirituales que puede traer consigo este tremendo revulsivo social que estamos experimentando.

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Carlos Francisco Echeverría.

En un artículo publicado el 20 de marzo en el New York Times, el Dr. David Katz, director del Centro de Prevención de la Universidad de Yale, se preguntó si la estrategia de distanciamiento social contra el coronavirus no estaría haciendo más mal que bien. Le preocupan sus altos costos económicos y sociales, y además el hecho de que los jóvenes, recluidos en casa con sus familias, transmitan el virus a sus mayores, aunque no sufran ellos mismos los síntomas graves de la enfermedad. Propone, como alternativa, una estrategia que él llama “quirúrgica”, que concentre todos los esfuerzos en proteger a la población más vulnerable (adultos mayores, diabéticos, inmunosuprimidos) al tiempo que permite la circulación de los demás, para que se contagien y vayan desarrollando una base social de inmunidad. Un enfoque similar al que en un inicio quiso aplicar Boris Johnson en el Reino Unido. Sorprendentemente, por venir de tal autoridad científica, esa estrategia parece ignorar la insidiosa tendencia del coronavirus a propagarse muy rápido, permaneciendo largo tiempo activo en superficies y contagiándose incluso desde portadores asintomáticos.
Esa rápida diseminación es lo que termina por saturar a los hospitales de pacientes graves, aunque estos sean solo una pequeña minoría de los infectados. Como se ha visto en Italia y España, los pacientes más enfermos terminan siendo los propios hospitales, incapaces de cumplir plenamente su función. Ese, como sabemos, es el problema más apremiante.

Sin embargo, habrá un momento en que lo más oportuno será aplicar la estrategia del Dr. Katz. Ese momento llegará cuando ocurran tres cosas. La primera será que se alcance el punto máximo, el “pico” de contagios a partir del cual estos comiencen a disminuir, como producto del distanciamiento social y las medidas de higiene. La segunda, que se disponga de suficientes test rápidos para identificar las cadenas de contagio y aislar a los portadores. La tercera, cuando el suministro de nuevos equipos de cuidados intensivos, y de personal calificado disponible, sobrepase a la demanda. Ninguna de esas tres cosas parece estar muy lejos en el tiempo. La Fundación Gates está trabajando en el desarrollo de test rápidos de muy bajo costo y fácil reproducción. Las fábricas de respiradores están trabajando a marchas forzadas. Existen ya diseños de código abierto para producirlos con impresión 3D.

Es casi seguro que en los hospitales muchos médicos y enfermeras estén aprendiendo bajo presión a utilizar esos equipos, aunque esa no sea su especialidad. Todo eso acercará la fecha en que haya suficientes equipos y personal disponibles, y si ello ocurre en la curva descendente de contagios, como es lo más probable, existiría algún margen de holgura en el área de cuidados intensivos. ¿Cuándo sucederá eso? Es imposible predecirlo con precisión, pero en las ciudades más afectadas podrían ser de cuatro a seis semanas después del punto máximo. Conforme ello ocurra, será posible ir reduciendo las restricciones para que se recuperen la actividad económica y el empleo, al tiempo que se concentra el control epidemiológico sobre los más vulnerables. Con la experiencia vivida, de reclusión y privaciones, se puede suponer que las medidas de prevención e higiene serán respetadas con rigor. De no ser así, y si aumentaran en exceso los contagios, habría que volver a la política de distanciamiento social.

El biofísico Michael Levitt, ganador del Premio Nobel de Química, ha venido insistiendo en que el coronavirus, si bien se difunde muy rápidamente, encuentra barreras que impiden su diseminación masiva. Coincide con el Dr. Katz en citar el ejemplo del Diamond Princess, el crucero con 3700 pasajeros adultos, compartiendo comedores y aire acondicionado, donde los contagios no superaron el 20% ni la letalidad el 1%. Las proyecciones meramente matemáticas tienden a ignorar que la expansión de un virus no se da en un medio pleno, en el que el 100% de los individuos son susceptibles de contagio, y en el que cada portador se relaciona con nuevos sujetos todos los días.

Hay barreras naturales y sociales, y más aún si se aplica medidas de distanciamiento social, como se ha hecho. Sin duda, las consecuencias de dos o tres meses de relativa inactividad van a repercutir por mucho tiempo en la producción, el empleo y las finanzas, pero si se actúa con sensatez será posible recuperar cierta normalidad en un plazo relativamente corto. Quedan por ver, desde otra perspectiva, los beneficios ambientales, culturales y hasta espirituales que puede traer consigo este tremendo revulsivo social que estamos experimentando.

 

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