Carlos Francisco Echeverría: Biofilia

No hay mal que por bien no venga, decían las abuelas. Tal vez tenían razón.

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Carlos Francisco Echeverría.

He visto algunas publicaciones que señalan que el covid-19 es una enfermedad más, que produce menos muertes que otras, o que los accidentes de tránsito o el hambre, y que por lo tanto no amerita la parálisis económica que se ha provocado, con el aumento consiguiente del desempleo y la pobreza.

Me he preguntado, entonces, por qué los gobiernos y los pueblos del mundo hemos reaccionado así ante esa amenaza. La conclusión a que llego, provisional si se quiere, es que esta pandemia rebasa nuestro umbral de tolerancia social ante la muerte.

Aceptamos que hay millones de muertes por cáncer, infartos o accidentes, o incluso por las enfermedades de la pobreza, como fenómenos normales y en alguna medida inevitables (aunque las muertes por pobreza ciertamente no lo son).

Además, salvo cuando nos tocan de cerca, para la mayoría de nosotros esas muertes son invisibles, como lo es también el sufrimiento que comportan. En cambio, el efecto del covid-19 ha sido súbito, creciente y altamente visible, además de que se propagó al inicio en «ciudades vitrina» del mundo rico, como Milán, Madrid y New York. La visión de personas intubadas en UCIs, rodeadas de personal médico en trajes de protección, son muy impactantes.

Despiertan nuestra sensación de vulnerabilidad y nos atemorizan. El saber que este mal es tan contagioso, que puede estar en el aire que respiramos o en las superficies que tocamos, acentúa ese temor. El miedo es otra epidemia detrás de la epidemia, y es tan real como ella. Visto desde otro ángulo, por supuesto, el miedo a la muerte es amor a la vida. Allí hay un factor importante.

La epidemia nos convoca instintiva, poderosamente, a expresar nuestro amor por la vida, nuestra biofilia, tanto individual como socialmente, más allá de cualquier aritmética o contabilidad. Los gobiernos, que están formados por seres humanos como los demás, responden (con las excepciones conocidas) a ese mismo impulso. Y la mayoría de la gente parece estar dispuesta a grandes sacrificios con tal de preservar la vida, su vida y la de los demás. Aquí no ha habido cálculos o análisis de costo y beneficio, sino una reacción natural y espontánea a lo que se percibe como una amenaza inmediata, que puede conjurarse permaneciendo en casa.

Tal parece que confiamos, después de todo, en las políticas públicas y en nuestra propia solidaridad para contener el mal y atenuar los daños colaterales. Todo esto dice bien de nosotros como especie, y aumenta nuestras posibilidades de responder mejor a esa otra inmensa amenaza que se cierne en el horizonte: la del cambio climático. Al mismo tiempo, la pausa obligada permite revisar prioridades y tal vez orientar mejor nuestros esfuerzos, hacia un mundo más justo y sostenible.

No hay mal que por bien no venga, decían las abuelas. Tal vez tenían razón.

 

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