Carlos Francisco Echeverría: El cáñamo y el mar

El Gobierno y la Asamblea Legislativa lo único que pueden hacer es preparar el terreno. Quedará en manos de los agricultores, los industriales y los inversionistas decidir si se apuntan en la carrera.

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Carlos Francisco Echeverría.

La fibra de cáñamo se ha usado desde tiempos inmemoriales para tejer velas, cordajes y ropa, pero recientemente la demanda de la industria textil por ese producto ha aumentado en forma exponencial. ¿A qué se debe ese súbito incremento? La respuesta, curiosamente, está en el mar.

A raíz de las famosas islas de plástico que se forman en los océanos, han aumentado sustancialmente las investigaciones sobre la contaminación de los mares. Se ha llegado a comprobar, así, que los llamados “microplásticos” procedentes de fibras textiles son los causantes de buena parte de ella. Esas pequeñas partículas existen en tal abundancia que acidifican los océanos, y al ser ingeridas por la fauna marina llegan incluso a nuestras mesas.

¿Cómo es que llegan los microplásticos al océano en tal cantidad? Muy sencillo: la mayoría de las prendas de vestir que se fabrican hoy en todo el mundo son, en todo o en parte, hechas de fibras sintéticas. Cada vez que se lava una de esas prendas se desprenden fragmentos casi invisibles de material, que no son capturados por los filtros de las lavadoras ni por las plantas de tratamiento, y por tanto terminan en los ríos y en el mar.

Pensemos en el volumen de esos microplásticos que producen millones de máquinas lavadoras en todo el mundo, todos los días y desde hace varias décadas, y entenderemos por qué han llegado a saturar las aguas del mar.

Antes de que el coronavirus ocupara todo nuestro espacio mental, los consumidores, sobre todo en los países ricos, empezaban a preocuparse seriamente por ese asunto, y a demandar más ropa hecha de fibras naturales. El problema es que la producción de lino, seda y algodón es más cara que la de fibras sintéticas, y el caso particular del algodón (la de mayor demanda) tiene a su vez un considerable impacto ambiental, por su alto consumo de agua y su efecto negativo sobre los suelos.

La industria textil comenzó entonces a buscar alternativas. El bambú es una de ellas, pero presenta problemas importantes de procesamiento. La solución más viable parece estar entonces en el viejo cáñamo, que sometido a nuevos procesos de manufactura ofrece condiciones incluso superiores a las de todos los demás, y encima captura grandes cantidades de carbono y enriquece los suelos. ¡No se le puede pedir más!

De allí que hoy exista una carrera internacional para producir cáñamo, que además tiene otros usos industriales (los usos medicinales y “recreativos” son de otra variedad, que no sirve para fibra). Si un país ofrece buenas condiciones, no faltarán las empresas dispuestas a invertir en la industrialización de la fibra, o en todo caso a comprársela a los productores locales.

Costa Rica ya hizo parte de la tarea: el programa Descubre, del Ministerio de Comercio Exterior, hizo una prospección inicial, y hay un proyecto de ley presentado en la Asamblea Legislativa por la diputada Zoila Volio.

Muchos nos sorprendimos de que el Presidente de la República mencionara el tema en su informe anual ante la Asamblea Legislativa, pero tal vez él sabía cosas que otros ignorábamos, y quizá también se dejó llevar un poco por el entusiasmo.

De todas formas, el Gobierno y la Asamblea Legislativa lo único que pueden hacer es preparar el terreno. Quedará en manos de los agricultores, los industriales y los inversionistas decidir si se apuntan en la carrera.

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