Carlos Francisco Echeverría: ¿Estamos en guerra?

Hemos aprendido además dos cosas de capital importancia: que ante fenómenos de tal magnitud no nos queda sino apoyarnos en dos instrumentos de la civilización: el Estado y la Ciencia. Mejorar la calidad y la representatividad del Estado, y fortalecer y democratizar la Ciencia, para que ambos cumplan sus responsabilidades cada vez mejor, son grandes tareas que tenemos por delante los pueblos de la Tierra.

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Carlos Francisco Echeverría.

Por supuesto que sí. Lo que pasa es que es una guerra muy distinta de las anteriores. Esta vez no se trata del enfrentamiento entre dos naciones, o grupos de naciones, sino que es una guerra de todos contra uno: la humanidad entera contra un virus. En ese sentido, puede afirmarse que es la verdadera Primera Guerra Mundial, en la que está comprometida simultáneamente toda la especie contra un enemigo común.

No sabemos cuánto durará, pero lo más probable es que tenga una fase intensa relativamente breve, de pocos meses, y que luego se prolongue en una inestable “guerra fría” por mucho tiempo más. En las regiones que primero fueron atacadas — el Extremo Oriente, Europa Occidental, los Estados Unidos — la fase más intensa posiblemente habrá concluido, con muchas bajas, privaciones y sufrimiento, en el verano boreal de este año 2020. No sabemos cuánto se prolongará en Asia Central e India, África y Latinoamérica, regiones mucho menos preparadas para enfrentar una epidemia de esta naturaleza, y desde donde podrían venir, en el futuro, “contramareas” que la mantengan activa en gran parte del planeta.

Esta guerra tiene también otras características particulares. La primera es que no destruye la base productiva. El enemigo ataca directamente a las personas, pero no la infraestructura ni las plantas de producción industrial. El retiro temporal de la fuerza de trabajo tiene, sin duda alguna, hondas repercusiones económicas que será difícil y costoso subsanar, pero, por fortuna, los puentes y las carreteras, las fábricas y las ciudades, los puertos y aeropuertos seguirán allí cuando pase lo peor.

Está por verse cuánto se verá afectado el comercio mundial. Se insiste mucho en que la industria occidental va a reconsiderar las cadenas de suministro que pasen por China o por India, ante el temor de posibles desabastecimientos. Probablemente lo harán, aunque los gobiernos de esos países, por su parte, ofrecerán toda clase de garantías de que eso no va a ocurrir. Dependen demasiado de sus exportaciones como para no hacerlo. Hay que tomar nota de que la propia China reanudó sus exportaciones en cuanto pudo, una vez superada la fase crítica de la epidemia en su territorio. En estos tiempos ningún país, ni siquiera uno con un mercado interno de 1400 millones de personas, está en posición de cortar sus lazos comerciales con el mundo exterior.[1]

Los viajes y el turismo sí sufrirán una afectación más profunda y prolongada. La idea de subir a un avión, o incluso a un tren, en el que podrían estar viajando contagiados asintomáticos, no es nada atractiva. Tampoco lo será el ir a museos, centros históricos, espectáculos o restaurantes en los que se concentre gran cantidad de personas. Vamos a presenciar una redefinición de la actividad turística, y posiblemente una contracción muy notable de esa industria.

En eso, como en mucho más, despertaremos a una nueva normalidad, cuyas condiciones dependerán en gran medida de la manera en que se controle la epidemia. Por ejemplo, ¿podrá regresar a sus puestos el 100% de la fuerza de trabajo una vez que pase la fase intensa, o se deberá asimilar el hecho de que un 20% o quizá un 30% deba quedarse en casa? Mientras no se tenga la vacuna, lo cual tomará como mínimo un año, esa es una posibilidad real. Si a ello agregamos la destrucción de puestos de trabajo en turismo, espectáculos y hostelería, la inevitable contracción de la demanda local e internacional, y el desempleo preexistente a la crisis, la opción de una renta mínima vital garantizada por el Estado parece ser la única salida posible. De lo contrario, el panorama puede ser caótico.

Se requerirá además líneas de crédito muy cuantiosas y de bajo costo para que las empresas puedan reactivarse, y un fuerte financiamiento público a los servicios sociales y de salud, todo lo cual nos lleva a la gran pregunta: ¿de dónde saldrán tantos fondos?

Leyendo a los economistas (cuyas opiniones son dispares, como siempre) uno entiende que han saltado por los aires todas las ortodoxias. Se encuentra frases como “financiamiento sin límites” o “ingreso mínimo universal” incluso en medios conservadores. Cobran fuerza las ideas de poner impuestos a las grandes fortunas, o a las transacciones internacionales, pero esas cosas deben pasar por procesos políticos complicados y lentos, y presumen la existencia de mecanismos de control que no siempre existen. A falta de mejores opciones, parece ser que los fondos vendrán del futuro: los grandes bancos centrales están dispuestos a inyectar liquidez en las economías, apostando a que la productividad futura respalde esas emisiones.

Lo que sí es seguro es que habrá un reacomodo entre las grandes potencias económicas: Estados Unidos, China y Europa. De las tres, es posible que Estados Unidos resulte la más afectada por la epidemia, por su carencia de un sistema de salud público centralizado, y por la ignorancia e irresponsabilidad de su presidente. Sin embargo, la economía norteamericana es robusta y altamente creativa. Black Rock, el mayor fondo de inversiones del mundo, estima que experimentará una abrupta caída durante uno o dos trimestres — dependiendo de lo que se tarde en controlar la epidemia — para luego repuntar, también rápidamente, hacia niveles quizá no tan altos como antes de la crisis, pero tampoco tan bajos como los que se dieron a mediano plazo luego de la de 2008–09.

Lo que suceda luego con la posición internacional y el liderazgo de los Estados Unidos estará determinado, lógicamente, por las elecciones de noviembre. Si se reelige Donald Trump, el mundo entenderá que su primera elección no fue un accidente, y que los Estados Unidos son en realidad una nación muy distinta del ejemplo de progreso y democracia por el que muchos le han tenido.

Internamente, el cisma entre los estados “rojos” y los “azules” podría profundizarse hasta niveles hoy insospechados, y el debate en torno a la salud pública ocuparía en ello un lugar central. En cualquier caso, es claro que la primera potencia mundial ha mostrado todas sus costuras y debilidades. El descrédito de su gobierno es abismal. En la pandemia solamente sobresalió de esa nación una figura: Bill Gates, que la había anunciado cinco años atrás, y que ha gestionado desde su Fundación soluciones inteligentes a la crisis.

China tiende a ocupar, lógicamente, el vacío de liderazgo internacional que dejan los Estados Unidos. Le favorecen sus reservas financieras, su potencial productivo, y su visión de largo plazo bajo la autoridad monolítica del partido único. Si bien fue el origen de la pandemia, también es cierto que logró controlarla pronto y sin afectar gravemente su capacidad productiva. En un ambiente de recesión mundial, con las monedas y los sistemas financieros de Occidente fuertemente comprometidos para sostener el empleo, a China se le despeja el espacio para acelerar las inversiones que ya había venido haciendo en todos los continentes. Detrás (o quizá delante) de los “hombres de negro” de los organismos financieros internacionales, vendrán los diligentes chinos con dinero, proyectos y capacidad de gestión. Pocos países estarán en capacidad de resistirse a su hambre expansiva.

Europa, entretanto, es una gran incógnita. La pandemia ha puesto a prueba una vez más la idea medular de la Unión Europea: la solidaridad entre naciones. La tensión entre el Norte y el Mediterráneo ha alcanzado cotas muy altas, en un espacio en que crecen los nacionalismos y el liderazgo unificador de Angela Merkel se va desvaneciendo. Se dice que las grandes crisis generan grandes liderazgos, pero hasta el momento eso no ha ocurrido. Emmanuel Macron está dejando pasar su hora. Se insiste en que ante la crisis actual solo hay dos caminos: o el fortalecimiento del sistema o su eventual disolución. Por lo que se ha visto, sin embargo, pasada esta coyuntura la Unión Europea será más débil, en el mejor de los casos. En el peor, dejará de existir.

El único ganador en todo este proceso, si es que lo hay, es el planeta como tal. El confinamiento a que obligó la pandemia implica una breve pausa, un respiro en el camino hacia el calentamiento global, pero sobre todo una nueva conciencia de vulnerabilidad en la gente de todo el mundo. Nuestras vidas han sido amenazadas, de manera inmediata y actual, por una fuerza de la naturaleza. Eso hará que más gente abra los ojos ante la amenaza de fondo que se cierne en un futuro cada vez más cercano: la posibilidad de un planeta casi inhabitable para nuestra especie.

Hemos aprendido además dos cosas de capital importancia: que ante fenómenos de tal magnitud no nos queda sino apoyarnos en dos instrumentos de la civilización: el Estado y la Ciencia. Mejorar la calidad y la representatividad del Estado, y fortalecer y democratizar la Ciencia, para que ambos cumplan sus responsabilidades cada vez mejor, son grandes tareas que tenemos por delante los pueblos de la Tierra.

[1] La cadena de suministros de productos y equipos médicos debe ser revisada para asegurar un rápido abastecimiento en cualquier lugar del mundo, idealmente bajo la coordinación de la OMS, aun ante epidemias o desastres naturales. Pero se trata de un caso muy particular, que no tiene por qué extrapolarse a otras industrias.

Millenium

 

 

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