Carlos Francisco Echeverría: la buena fe

¿Y cómo se combate a la mala fe? Puede parecer una simpleza, pero yo diría que con buena fe, entendida esta como compasión, solidaridad, desprendimiento, generosidad y tolerancia. Curiosamente, lo esencial de la enseñanza de Jesús de Nazaret.

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Carlos Francisco Echeverría.

El cristianismo evangélico ha sido y es importante para muchísimas personas. Ha conservado matrimonios, contenido adicciones, conciliado enemistades y traído optimismo y esperanza a muchas vidas. Eso se debe en gran medida al sentido de comunidad que caracteriza a las congregaciones evangélicas.

El apoyo mutuo (y la vigilancia recíproca) en el seno de las iglesias cristianas contribuye a mantener a mucha gente en el buen camino, tal como ellos lo entienden. Y ese sentido de comunidad se fundamenta, a su vez, en la convicción que tienen sus miembros de ser «ungidos, bendecidos», de alguna forma privilegiados moral y espiritualmente, por «haber aceptado a Jesús en su corazón».

Pero eso mismo, que tanto beneficia a algunos, paradójicamente envenena la mente y el corazón de otros. Porque de sentirse privilegiado a creerse superior no hay más que un paso, y muchos lo dan sin siquiera darse cuenta. Sobre todo quienes, por las razones que sea, necesitan sentirse por encima de los demás. Necesitan tener algún tipo de poder, que quizá la vida real les ha negado. A ellos la religión les promete eso que más desean: poder, y así se les dice explícitamente. Además, las escrituras y prédicas les dan citas en un lenguaje altisonante, que ellos entienden como indiscutibles. Caen entonces en una arrogancia moral que resulta, en muchos casos, verdaderamente inhumana. Basta con leer las invectivas cargadas de odio que se permiten decir y escribir. Su blanco favorito es la gente sexualmente diversa, que les resulta muy amenazante, y por extensión cualquiera que los acepte o los apoye.

Nada más lejos de la enseñanza de amor y compasión de Jesús, pero nunca falta alguna cita en el Viejo Testamento que sirva para sustentar las más crueles condenas. Y una vez puestas en el terreno de la irracionalidad, sus mentes son terreno fértil para invocaciones mágicas, arrebatos emocionales y, por supuesto, la manipulación y el abuso de líderes inescrupulosos. La suya se convierte entonces en una fe enferma, en una mala fe.

Seguramente quienes padecen ese síndrome no son la mayoría de los cristianos. Pero es fácil que el virus se propague, en especial entre quienes carecen de otro consuelo, otros recursos para salir adelante en la vida. Este fenómeno debe preocuparnos a todos, porque puede tener consecuencias políticas tan graves como la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, un espléndido ejemplo de mala fe, cuyas acciones son potencialmente catastróficas para todo el planeta. ¿Y cómo se combate a la mala fe? Puede parecer una simpleza, pero yo diría que con buena fe, entendida esta como compasión, solidaridad, desprendimiento, generosidad y tolerancia. Curiosamente, lo esencial de la enseñanza de Jesús de Nazaret.

Esa buena fe, practicada a escala personal, social e institucional, es lo único que puede poner límites al fanatismo conservador religioso.

 

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