Carlos Francisco Echeverría.

Los monumentos a expresidentes reflejan mal la historia de Costa Rica. Un visitante que recorra el país quedará con la idea de que nuestro estadista más importante del siglo XX habría sido León Cortés, puesto que su fastuoso monumento preside el ingreso a la capital, a la cabeza de su principal avenida. También verá la trascendencia de Rafael Ángel Calderón Guardia, cuya imagen es el centro de un conjunto monumental de siete figuras en bronce, obra del maestro Ólger Villegas conocida como Monumento a las Garantías Sociales. Calderón Guardia goza además del privilegio de tener una estatua hecha por el más grande escultor de nuestra historia: Francisco Zúñiga. Cleto González Víquez tiene su monumento tallado en granito por Néstor Zeledón Guzmán. En un absurdo emplazamiento, en la esquina suroeste de La Sabana, están las piezas de un proyectado monumento a Otilio Ulate, obra de Crisanto Badilla. De Julio Acosta y Daniel Oduber hay estatuas, que por su diseño y escala no alcanzan la categoría monumental.

Si el visitante indaga un poco en la historia de Costa Rica, sin duda preguntará: ¿Y dónde está el monumento a Ricardo Jiménez, el estadista más notable del país en la primera mitad del siglo XX? Habrá que explicarle que unas columnas de concreto, a la entrada a la ciudad de Cartago, pretenden conmemorarlo, si bien casi nadie lo sabe. Existe además una estatua en los jardines del INS, también en Cartago, y un busto en el Parque España de San José, pero lo cierto es que Costa Rica le debe un monumento de verdad, en la escala y ubicación apropiadas, a uno de los grandes pilares de la república.

En mi lista de estadistas que también lo merecen está Alfredo González Flores. Su efigie sedente en bronce, por Crisanto Badilla, está en el vestíbulo del viejo Banco Nacional, esperando que se le abra un espacio en la ciudad.
A José Figueres, el político más significativo de la segunda mitad del siglo, la talentosa Marisel Jiménez le hizo un retrato escultórico, que se quiso elevar a la categoría de monumento ubicándolo en una tarima en la Plaza de la Democracia, en compañía de dos figuras de niños. Son tres buenas esculturas, pero no configuran un monumento. Nuestro visitante se preguntará, además, cómo fue que ese tosco campesino ganó una guerra, abolió el ejército y refundó la república. Un proyecto del maestro Villegas, mucho más apropiado para presentar al Figueres estadista y pensador, no ha encontrado espacio ni patrocinadores.

A los presidentes del siglo XIX les fue un poco mejor, aunque es cierto que a Braulio Carrillo le hicieron un mal favor con la estatua del Parque de La Merced. La de Juan Mora Fernández, frente al Teatro Nacional, es muy elegante. De Castro Madriz no hay más que un busto, pero ingeniosamente exaltado a la categoría monumental, en un pequeño jardín junto a la tienda La Gloria. Don Juan Rafael Mora sí tiene, por supuesto, un digno monumento a la altura de su inmenso papel en nuestra historia. Y, nos guste o no, allí está Morazán, como también Tomás Guardia en Alajuela. Menos suerte han tenido don Próspero Fernández y su yerno, el brillante Bernardo Soto (que tienen carreteras, pero no monumentos), así como José Joaquín Rodríguez y su delfín, Rafael Yglesias.

En otros países y ciudades los monumentos reflejan bien los grandes hitos y figuras de la historia. Por ahora, en Costa Rica no.

 

Carlos Francisco Echeverria

Por Carlos Francisco Echeverria

El autor fue Ministro de Cultura, Juventud y Deportes de Costa Rica de 1986 a 1990, durante la primera administración del Dr. Oscar Arias Sánchez. Ha publicado los siguientes libros: “Una mirada risueña a lo terrible”, Universidad Veritas, 2010; “Fabio Herrera”, Museo de Arte Costarricense, 2010; “La planificación del turismo sostenible”, Uruk Editores, 2010; “Historia crítica del arte costarricense”, Euned, Costa Rica, 1987; “José Sancho”, Editorial Costa Rica, 1984; “Zúñiga”, Editorial Misrachi, México, 1980; “Ocho artistas costarricenses y una tradición”, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, Costa Rica, 1977.