Carlos Mejía Godoy: Carta a Chale Mántica

Tu extrema sencillez y desparpajo -como diría Rubén Darío- era "agua hirviente" para los miserables militantes de la arrogancia.

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Carlos Mejía Godoy, Cantautor centroamericano.

Querido hermano Chale:

Dijo una vez el poeta peruano: «Quiero escribir, pero me sale espuma». Ayer intente en diversos momentos del día sentarme a escribirte. Pero estaba devastado. Como vos dirías en buen nicaragüense: Tenía encocado el corazón como la manila de un barrilete.

Y curiosamente, cada vez que emborronaba una cuartilla, me parecía verte «con cara de circunstancia», en palabras de tu hermano el compositor Tino López Guerra, para decirme con toda esa sinceridad que emanaba de tu temperamento: Ah, no jodido! A mí no me vengás con esos ojos chagüitosos. Anda a llorar a la chingada grande.

Pues ahora sí Chale. Creo que Xochitl y yo ya lloramos lo suficiente para lavarnos el alma. Y aquí me tenés, dispuesto a escribirte, con la sonrisa que te gustaba; coronada por «eso» que un día fue camanance. Y hoy es la arruga que nace en la «pategallo» del ojo y viene a morir en la inevitable papada de la cuarta edad.

Y a lo mejor esto va a ser como tu relato de la Señora de Las Sierritas que, hablando del famoso «Coloquio» a Santo Domingo, habló y habló más de dos horas y al fin no dijo nada. Pero así es esta carambada. Como los célebres Batiburrillos del Profesor Carlos A. Bravo, quien estaba hablando de las esculturas formadas por la lava del Volcán Maderas en Ometepe y se iba al Cerro Picudo de Somoto, para posteriormente brincar a los rápidos del Wangki, donde los miskitos manejan sus pipantes con la misma destreza de los primitivos polinesios, danzando en las crestas de las enormes olas del Pacifico Sur.

Chale, ahora te estoy viendo -como en el flashback de las películas- en la Casa Mántica de antes del terremoto, moviéndote en aquel mar de muebles y electrodomésticos con la naturalidad de un empleado más. Y el somoteño te pregunta si vos trabajás en la empresa o, como yo, sos un cliente de esos que andan del timbo al tambo, indagando precios para nada porque no tenés donde caer muerto. Pero me atendés con el mismo interés y tolerancia, posiblemente seguro de que «ese piche» lleva tatuado en la frente el rótulo de palmado. Y cuando te alejas a averiguar un dato sobre la refrigeradora que jamás voy a comprar, se acerca un tipo de camisa blanca y corbata y me pregunta: ¿Qué se hizo Chalito? Y yo, más perdido que un perro en procesión, le contesto que no sé quien es el tal Chalito. Y lo único que atino a decirle es que mejor le pregunte al chavalo que me está atendiendo. Y el de la corbata se ríe y en tono de burla me comenta:  ¿O sea que vos no sabes que ese chavalo es el hijo del dueño? Y yo ingenuamente le respondo:¿ Ah si? Pues yo no le veo cara de ser hijo del dueño.

Y la verdad Chale es que, cincuenta años después de esa anécdota, sinceramente te digo: jamás te vi la cara de ser uno de los empresarios más acaudalados de Nicaragua. Ni tenías el talante de ser el prestigiado académico de la lengua, con mas de quince libros publicados. Al contrario: tu extrema sencillez y desparpajo -como diría Rubén Darío- era «agua hirviente» para los miserables militantes de la arrogancia: esa lepra moral que sin distingos de raza, religión e ideología, es tan devastadora como la Pandemia que hoy arrasa a toda la bolita del mundo.

Y esa fue, entre tus virtudes, la más hermosa faceta de ese prisma maravilloso que fue tu vida. Una llaneza que, unida a tu acervo y sabiduría, se convirtió en uno de los referentes de este pueblerino metido- por circunstancias de la vida- en   trovador andariego.  Y que, siendo diez años menor, hoy abre su corazón de barro para seguir aprendiendo de un magisterio que -lejos de interrumpirse con tu partida- se afianza más que nunca para ser coherente con tu herencia, profundamente enraizada en el mas fecundo AMOR A NICARAGUA.

Hermano del Alma.

Te lo juro. Nunca te defraudaré.

Carlos Mejía Godoy

 

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Carlos Mejía Godoy 

Es un músico, compositor y cantautor de folklore nicaragüense. Nació en Somoto, departamento de Madriz (Nicaragua), el 27 de junio de 1943. Hijo de Carlos Mejía Fajardo, músico popular, constructor de marimbas y de María Elsa Godoy, maestra de escuela y artesana de pan. Su hermano Luis Enrique Mejía Godoy, tres años menor que él, es también un renombrado músico nicaragüense.

Es uno de los más importantes compositores e interpretes nicaragüenses. Participó activamente en el período de gobierno sandinista (1979 – 1990). Su obra, de contenido altamente social, es muy importante en la historia de la música de Nicaragua y de toda la desarrollada en español. En 1977, su tema «Quincho Barrilete» gana el Festival de la OTI que se celebra en Madrid interpretado por Guayo González.

 

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