Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

Lo que necesita ser justificado por otra cosa
no puede ser la esencia de nada.
Hannah Arendt. Sobre la violencia.

Se abre el telón. Sale un individuo que siempre encuentra justificaciones para sus actos. Se cierra el telón.
Se abre el telón. Sale el mismo individuo negando toda implicación con la culpa y la responsabilidad. Se cierra el telón.
Se abre el telón. Sale de nuevo, esta vez, enmascarándose detrás de una autoridad en la que no cree. Se cierra el telón.

¿Cómo se llama la obra? El canalla.

Supongo que lo primero es empezar por el principio: la definición de canalla.

Un canalla es aquella persona que asume el ejercicio del mal sin necesidad de ampararse en una determinada ideología, es el mal por el mal. Además, obedece siempre a sus propias reglas, bajo la lógica del capricho, que radica en que el sujeto asume en él, como propia, la voluntad que lo mueve.

Sobre este tema, Freud hacía uso de un chiste para hacer comprensible la desconcertante lógica de los sueños, y que, a su vez, arroja luz sobre la lógica del canalla: 1) Yo nunca cogí tu tetera; 2) te la devolví intacta; 3) la tetera estaba ya rota cuando me la prestaste. Esta enumeración de argumentos incoherentes confirma por negación lo que pretende negar: que te devolví la tetera rota. Esta lógica, antinómica de cualquier rectificación subjetiva, destaca especialmente el rasgo de manipular, el cual, ha quedado a nivel fenoménico y social como la característica más sobresaliente de los canallas, popularizado bajo el anglicismo —gaslighting—, y, declarado ya, como una forma de abuso psicológico.

Así, el canalla ocupa el lugar del Otro para manipular al otro. Claro está que, la ostentación del canalla y su brillo nocivo provienen de no aceptar ni al Otro de la ley, que, consideran no es más que una ficción, ni a los otros, que, para ellos, no valen nada.

Asimismo, esta lectura sintomática de carácter psicoanalítico puede demostrar, con convicción, que el canalla es quien proclama la verdad desde el lugar del gran Otro, para operar sobre los deseos de los otros. Recordemos que para Kojève, el hombre se alimenta de deseos como el animal se alimenta de cosas reales, y, en el sentido lacaniano, el deseo no es una demanda, ni una necesidad, ni la realización de un anhelo inconsciente, sino una búsqueda de reconocimiento imposible de satisfacer puesto que se refiere a un fantasma, es decir, a una producción de lo imaginario.

No es necesario emprender una investigación científica para constatar el deterioro psíquico y la fragmentación resultante de una dinámica general, que coloca al deseo de omnipotencia como síntoma social, y, es que, es precisamente sobre este deseo, que el canalla erige sus mitos y narraciones personales. Esto recuerda al pater perverso, que se muestra como interesado en el bienestar de su prole, mientras que detrás de esa fachada cuida únicamente su deseo en perjuicio del de los otros.

Cabe aclarar, que los individuos manipuladores del deseo no se corresponden con el delincuente común ni el asesino criminal, que muestran las series de televisión, sino, con predicadores, dirigentes, terapeutas, etcétera. Sobre esto, puede distinguirse al pequeño y ávido canalla sumido en una lógica de éxito y fracaso, del canalla mayor que, sobre el derrumbe del deseo propio y ajeno, se instaura en el ejercicio del poder para manipular las realidades de los otros.

Es así como, no es infrecuente que el canalla sea colocado en un lugar de figura mítica, a menudo patética, por una horda que lo protege ansiosamente de los peligros de la realidad exterior. Pero algo en todo caso es seguro: el canalla no quiere ser rescatado, ni salvado, ni perdonado. El canalla es el hombre moderno que no cree en el padre.
Se cierra el telón.